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He visto más hombres con el corazón roto que con un balazo en las tripas. Los primeros ahogan sus penas en ginebra, sin parar de hablar. Yo prefiero a los segundos porque son más callados.
La primera noche que pasé con Monique, me dijo algo que me marcó.
– Nunca te enamores de una mujer bonita. A la larga, te destrozará el corazón.
Me sorprendió que me lo dijera precisamente aquella preciosa rubia platino y quizás por eso, justo un minuto antes de enamorarme de ella, decidí no hacerlo jamás. Por mi cama han pasado decenas de mujeres. A una, incluso la llevé al altar. Pero aparte de mi madre, puedo decir que la única mujer de mi vida ha sido Ornella. Pero para hablar de ella hay que remontarse a la travesía del Nebraska tal y como me lo contó mi madre años después.
En la tarde del tercer día atracamos en Palermo. Allí, junto con el resto de la carga embarcaron unas veinte personas. Entre ellas, había un matrimonio con dos niños pequeños: un bebé como yo y una niña de dos años. Nuestras familias pronto congeniaron y mi padre les hizo un hueco junto a nosotros apartando unos sacos de trigo. El espacio era reducido, pero el tener cosas en común mitiga las aflicciones y une a las personas. Nosotros compartíamos niños, un sueño y una historia de fracaso que dejar atrás.
Pero la desgracia era una pasajera más en el Nebraska y el pequeño Sandro embarcó ya enfermo. Su madre estaba muy preocupada porque la fiebre no le bajaba desde hacía dos días. Apenas mamaba y para evitar males mayores, daba de mamar a la niña de dos años.
Pasaron unos diez días, quizás más. Habíamos dejado atrás Gibraltar y navegábamos por el Atlántico sin que el pequeño Sandro mejorara. El ambiente en las bodegas se empezaba a enrarecer y corrían voces soterradas de rechazo al estado del pequeño.
Bobby Farrell comentaba a menudo, que sólo el hambre es más fuerte que el miedo. Por eso él nunca mataba a nadie en ayunas, pues hambrientas las personas se vuelven peligrosas e imprevisibles y entre aquellos infelices viajeros del Nebraska, se empezó a instalar el miedo.
Comenzaron a tratarnos como apestados y evitaban que sus hijos se acercasen, por miedo a un contagio. Mi familia y los Tognazzi, que así se llamaban, comenzamos a vernos aislados del resto de la gente.
Una noche en la que el niño no paraba de toser, alguien comentó en voz alta que si no hacían callar al niño lo haría dios.
El padre del pequeño se levantó y arremetió con furia hacia las sombras de donde había partido la andanada.
– ¿Qué has querido decir hijo de perra?
Se organizó un buen alboroto y un par de marineros tuvieron que bajar a poner orden. La tensión doblaba las cuadernas del barco y la luna se escondió tras una nube, avergonzada por lo que veía. La cosa se calmó y todos pudimos dormir, pero al alba, un grito desgarrador atronó las bodegas despertándonos. El pequeño Sandro había fallecido en los brazos de su madre que ahora lloraba desconsolada.
He matado más de un hombre que se lo merecía y quizás alguno que no lo mereciese, pero lo que ocurrió en el Nebraska a continuación me dio motivos para jurar ante mi madre que si alguna vez tenía enfrente aquel tipo, lo mataría.
Volvieron los marineros ante el nuevo alboroto. Cuando comprobaron de qué se trataba, intentaron llevarse al pequeño Sandro con la vaga explicación de que había que dar parte al capitán de lo sucedido. Eso no hizo más que encrespar aún más los ánimos. Los Tognazzi no estaban dispuestos a separarse de su pequeño muerto por nada del mundo. El padre, incluso llegó a dar un puñetazo en el forcejeo a uno de los marineros que querían llevarse el cadáver a la fuerza. Al final, los marineros desistieron y volvieron sobre sus pasos regresando a cubierta.
Pasaron unos minutos. La señora Tognazzi, recostada en los sacos de trigo, sollozaba desconsolada abrazada por mi propia madre y se aferraba a su bebé sin vida con la mirada perdida. Lloraba su nombre desolada cuando entró el capitán Wladimir con aspecto de haber dormido vencido por el vodka. Llevaba un revólver metido en la cintura y se aseguró que éste, fuera bien visible, pues su talante no era el de alguien que viene a mostrar sus condolencias.
– Les dije al salir de Italia que no me causasen problemas.
– El bebé de ésta familia ha muerto y sus marineros querían arrebatárselo de las manos a su madre – contestó mi madre levantándose.
El capitán dio tres pasos en dirección a Isabella Marconi.
– Con usted tengo una cuenta pendiente, pero ya hablaremos de eso – dijo acariciando levemente el revólver en un gesto amenazador –. Ahora tengo trabajo que hacer. Mi tripulación sólo cumple órdenes. Ustedes, acompáñenme con el bebé, que hay que rellenar el papeleo. – les dijo a la familia Tognazzi
Se levantaron los dos, con el niño muerto, dejando a la niña de dos años con nosotros y a mí en sus brazos como solía hacer antes con su hermanito muerto. En el ambiente se respiraba abatimiento y culpabilidad, pero supimos que algo iba mal, cuando al salir por la puerta, los marineros cerraron con llave la bodega. Durante el viaje no estábamos encerrados, pero en ese momento, sí. La gente se puso nerviosa y comenzó a murmurar. Quizás por esa razón no se oyeron con nitidez algo que parecían disparos. Dos o tres, quizá alguno más. La sala de máquinas no estaba lejos y los ruidos se confundían y solapaban unos con otros, pero todos oímos unas extrañas detonaciones sin saber precisar qué eran. Salimos de dudas cuando el capitán, acompañado sólo por miembros de su tripulación, entró de nuevo en las bodegas blandiendo el revólver en la mano y gritando para que se le oyera bien.
– A ver si lo entienden. Ustedes no existen, son paquetes de contrabando y no vamos a llegar a Nueva York con un cadáver en la bodega.
– ¿Dónde está la familia Tognazzi? – le espetó mi madre.
– No los verán más por aquí. Decidieron bajarse.
– ¡Hijo de…! – mi madre se abalanzó sobre el capitán, pero éste apuntó con el revólver a su frente frenándola en seco.
– De un paso más y será la cuarta rata que muera hoy…y a usted se la tengo jurada – dijo amartillando el arma.
El resto de marineros también sacaron sus pistolas de donde no habíamos advertido que las escondieran. Eran seis o siete hombres armados apuntando a la gente y el ambiente se tornó más tenso que la cuerda de un arco. Wladimir se dirigió a ellos mientras guardaba su pistola y se acercaba a Isabella Marconi.
– Si mueve un músculo, ¡disparad! Ésta zorra esconde un cuchillo en alguna parte y no me voy a ir sin él.
Wladimir se empleó a fondo y magreó a Isabella a conciencia comenzando por los tobillos y subiendo lentamente por las piernas por debajo de la falda. Obviamente no buscaba el cuchillo sino humillar a mi madre delante de mi padre y de todos. Tomarse la revancha por lo que ella le había hecho antes. Sus dedos recorrieron toda su anatomía deleitándose en aquellos rincones en donde una mujer guarda su honra. Llegó a palpar el cuchillo en uno de los bolsillos pero prefirió seguir subiendo sus manos hasta sus pechos para comprobar su firmeza. La ira de Isabella se leía en los destellos azufrados de sus ojos. Mi padre tenía, por su parte, un marinero con el cañón de la pistola apoyado en su espalda. Impotente, lloraba mientras apartaba la vista para no ver. Por fin Wladimir dio por finalizada la vejación pública quitándole el cuchillo del bolsillo.
– Juro que te mataré puerco asqueroso – maldijo Isabella Marconi mirándolo con furia y escupiendo al suelo.
– Veremos…– contestó con cinismo volviéndose.
Aquel incidente marcó todo el viaje. Yo aquel día me quedé dormido en los brazos de aquella niña de dos años. Desde entonces, Ornella se convirtió en mi hermana mayor y la mujer de mi vida, aunque eso, lo fui descubriendo con los años…pero esa es otra historia.

 

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