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Tanana Creek era un pequeño poblacho perdido en Alaska. Durante el invierno, lo único que se podía hacer, era ver caer la nieve y quitar a golpe de pala y riñón la que se acumulada en las puertas para evitar quedar encerrado. Cuando cesaban las nevadas y la tierra se desperezaba en el tiempo del deshielo, sus habitantes se dedicaban a la caza y la pesca como único modo de entretenerse y de vida.
Cuando Jackson Preston llegó a Tanana Creek tenía ciento cinco habitantes, entre los que se contaban un cura, el sheriff, su ayudante, el dueño del almacén del pueblo y un par de criadores de ganado. Toda la población vivía en mayor o menor medida gracias a la fábrica de pieles que había en las afueras. En realidad, descontados las mujeres y los niños, todos trabajaban en alguna medida para la “Curtis leathers Company”. Los tramperos y los ganaderos le vendían la piel de sus animales. En esa industria se curtían pieles de todo tipo para fabricar cuero de primera calidad y también se hacían prendas de abrigo. La materia prima abundaba: osos, castores, nutrias, serpientes y un largo etcétera, además de los animales domésticos, terminaban convertidos en carteras, bolsos, cinturones, mantas y mil artículos más. Se podría afirmar que sin la fábrica, el pueblo no tendría razón de ser. Buena parte de la población eran indios nativos por lo que en sus genes, estaba escrito el respeto a la madre naturaleza y el aprovechar todos los recursos que esta ofrecía.
El señor Barrymoore regentaba el único almacén en donde se podía comprar desde herramientas a cigarrillos pasando por ropa, latas de conserva o la carne de los animales capturados. También era lo único parecido a una taberna en donde tomar un trago. La ley seca no llegó hasta allí por orden del sheriff, que opinaba que eso era asunto de la Gran América (como llamaba al resto del país), y que nadie vendría a aquel rincón del mundo a meter las narices en sus asuntos y mucho menos los federales. Además, por aquel entonces, Alaska no era un estado de pleno derecho sino una especie de territorio autónomo.
La llegada de Jackson Preston fue, en realidad un castigo. Ni siquiera había una oficina del FBI allí y los federales decidieron alquilar un despacho en la propia oficina del sheriff. Esa gestión la tuvo que hacer el propio Preston, pues desde el principio se encontró más sólo que un corazón herido.
Todos los días tenía que enviar un informe a la oficina de Chicago y como ni siquiera había telégrafo en Tanana Creek, el agente Preston lo realizaba en una cuartilla que metía en un sobre numerado con la fecha del día. La oficina postal más cercana distaba noventa millas, así que el buzón se vaciaba, con suerte, una vez en semana. A pesar de lo humillante de su situación, Jackson Preston se tomaba su trabajo en serio y cada día realizaba un informe. Ponía en el encabezamiento el nombre del pueblo, la fecha y en la redacción del informe, una sola frase:
“Nada reseñable en Tanana Creek”
Un día Jackson Preston redactó un informe distinto y más extenso.

“Tanana Creek, 20 Mayo de 1922. Informe nº 253.

Hoy se ha producido un hecho extraordinario que quizás merezca su consideración por si quieren que abra una investigación más amplia.
Un alce se ha colado en el jardín del señor Kaplan por la mañana. Kaplan, al ver que se estaba comiendo sus flores, ha intentado espantarlo con su escopeta disparando al aire. La mala fortuna, junto a una serie de infortunios y una puntería de carambola hizo que con el primer tiro, el retroceso del arma (ayudado por una fina capa de hielo que cubría el césped), diese con el trasero del orondo señor Kaplan en el suelo, consiguiendo que el animal lo mirase extrañado como a un bicho raro que se autolesiona. El segundo disparo, ya con Kaplan en el suelo tuvo la mala suerte de cortar los cables del tendido eléctrico que cayeron a pocos metros chamuscando a Kaplan y al alce por igual. Ambos salieron corriendo cada uno a sus respectivas guaridas, pero lo lamentable del asunto es que dejaron al pueblo sin luz durante una semana.
Lamento importunarles con nuestras pequeñas cosas, pero es lo más extraordinario que ha ocurrido desde que estoy aquí. Baste decir que el señor Kaplan, cuando recuperó el sosiego, tuvo un ataque de dignidad y se presentó en la oficina del sheriff a presentar una denuncia contra el alce. El ayudante del sheriff, el señor O’Hara, le advirtió de los peligros de beber tan temprano, pero percatándose de que el señor Kaplan no estaba ebrio sino sólo herido en su orgullo se dispuso a rellenar el formulario de la denuncia. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no tenemos impresos para formular denuncias. No habían hecho falta hasta entonces.

Atentamente: Jackson W. Preston agente federal nº MM28/1971 ”

El agente Preston estaba allí desde que custodiaba a un testigo que fue asesinado encima de sus narices. Guido pagó con la muerte y él con el destierro.
Pasados los años, el agente Preston abandonó el FBI asqueado y se convirtió en un cínico detective privado que colocó su oficina en Chicago, cerca de La Taberna del ahorcado. Cuando yo lo visité, se había convertido en un huelebraguetas de primer nivel, si bien no desdeñaba otros trabajitos con tal de que le reportaran beneficios. Fue esa habilidad suya de saber estar debajo de la cama apropiada y sacarle los dólares al cornudo de turno a cambio de confirmar sus sospechas, la que me llevó a él.
El soplo me lo dio Meco, mi callado amigo escuchante de mis tiempos en Alcatraz. Alguien le había contado algo hacía algún tiempo. Algo que a mí me podía servir para resolver un crimen por el que juré venganza. Unos oídos tan acostumbrados a escuchar como los de Meco conseguían que esas historias se almacenaran en sus recuerdos. Un día le hablé de mi caso y él me contó una historia que me podía servir para empezar a unir piezas del puzle. En realidad fue él quien unió dos historias que había oído.
– Hay un huelebraguetas en Chicago que fue federal y que ahora vive muy bien: un tal Preston. Y hay una historia de un cuartucho en una pensión de mala muerte que solía alquilar el servicio secreto y después el FBI. Por ahí habrán pasado decenas de agentes y otras tantas rameras. El caso es que esa habitación tiene un cuadro de un arlequín. Pues bien, detrás del cuadro se esconde un agujero que comunica con el apartamento contiguo y deja ver lo que ocurre en el dormitorio. Te interesa hablar con ese tipo. Las historias que se cuentan de esa habitación son famosas entre los agentes y hay un par de ellas que te pueden interesar. Hoy no te cobraré Luca, estamos en paz – dijo Meco levantando su trasero de la dura piedra de las gradas del patio de la cárcel.
Cuando fui a verlo, nunca pude imaginar que aquel tipo era quien vigilaba a Guido el día que lo mataron y que, en cierta medida, nuestros caminos llevaban discurriendo en paralelo muchos años.
Pero no era por eso por lo que venía a verlo, sino para que me contase lo que sabía…pero eso, es otra historia.

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