Una noche, un tipo acodado en la barra del Capri al que no había visto nunca por allí, me contó que era un secreto a voces que Carlo Rossi era fuerte con los hombres y débil con las mujeres. Por eso, cuando alguien quiso liquidarlo, supo por dónde atacar. Después de contarme la historia del primo de mi padre, le di veinte dólares y le dije que se marchase de la ciudad.
– Si vuelvo a verte por aquí te meteré un tiro – le dije.
Fue lo mejor que pude hacer por aquel hombre. Alguien a quien el alcohol suelta la lengua con un desconocido, no tenía mucho futuro en la calle 44, salvo alguna cuneta que le sirviera de mortaja.
Carlo Rossi Salerno había prosperado con la venta de leche a domicilio a principios de siglo.Comenzó convenciendo a algunas vecinas, que fueron sus primeros clientes, y repartía en una bicicleta a la que había acoplado un carrito con ruedas. Se levantaba de madrugada y compraba la leche fresca en bidones a una granja de las afueras, cerca de donde vivía. Ya en casa, la envasaba en botellas de litro, dejándola lista para el reparto. Acabado el mismo, antes de que el sol se desperezara, se iba a trabajar a la fábrica de caucho. En el distrito en dónde se enclavaba el barrio italiano, no había grandes distribuidores de leche. Sólo había otro tipo, un viejo mas gastado que el colchón de una casa de citas y él mismo, que repartían en bicicleta a un puñado de clientes. Entre los dos, no cubrían ni de lejos la demanda del barrio y por eso las mujeres, debían ir más allá de Winchester Ave a buscarla a una lechería. Lo que empezó siendo un complemento a su trabajo en la fábrica, a medida que fue creciendo la clientela, terminó convirtiéndose en su medio de vida.
Toby, el saxofonista del Capri, solía decir que la suerte y la desgracia son vecinas que viven en el piso de arriba, y nunca sabes cuándo una de ellas llamará a tu puerta a pedirte azúcar. En efecto, un día, el viejo repartidor de leche amaneció más frío de lo normal tirado en un callejón, con los bolsillos vacíos y dos puñaladas en el vientre.
Aquel suceso fue para Carlo Rossi una afortunada carambola. Tuvo el presentimiento de que la muerte del viejo era una mano de cartas ganadora que la vida le repartía. Podía ampliar el negocio con los clientes huérfanos del pobre viejo y su cadáver sería el abono que haría florecer su negocio.
Invirtió una buena parte de sus ahorros de años trabajando para comprar una flamante camioneta Oldsmobile a la que bautizó con el nombre de Margaret, su mujer, porque ambas se gastaban los mismos malos humos.
– Si nos va mal, cojo a los niños, me voy con mi madre a Cleveland y no nos vuelves a ver el pelo. Te arruinarás tú solo, pero no me arruinarás la vida a mí y a mis hijos – le advirtió Margaret muy molesta con la decisión.
Pero la cosa funcionó y Margaret supo callar en beneficio propio como siempre había hecho.
Aquella camioneta era en esos años toda una revolución y Carlo, con aquella formidable herramienta vio multiplicar clientes y beneficios. El trabajo seguía siendo duro. Trabajaba toda la noche para poder repartir a su creciente clientela y llegaba a casa cuando los primeros rayos de sol rasgaban el horizonte. Dormía hasta la tarde, que era cuando comía y veía a su mujer y sus tres hijos. El carácter se le agrió un poco por el cansancio acumulado pero Carlo siempre fue tan buen padre como descuidado marido.
– Fue la mejor decisión que tomé en mi vida hasta que pasé a trabajar con Beppe Bartali – solía decir.
Los viernes por la tarde pasaba a cobrar a sus clientes y, a menudo con los bolsillos llenos, terminaba acudiendo a un burdel de las afueras que regentaba Madame Marley, una morena de mediana edad con una turbadora mirada, que escondía un tormentoso pasado y una automática bajo la falda. Me contó Bobby Farrell que cuando miraba o desenfundaba eras hombre muerto, pues jamás le tembló el pulso ni erró nunca ocasión o disparo.
Las chicas, que ya conocían que Carlo, el lechero, acudía cargado de billetes, se lo rifaban pues sabían que había una suculenta propina si cumplían bien. En el fondo, Carlo era un incauto con fortuna y las chicas se las ingeniaban para engatusarlo hasta la memez y cobrarse así unos extras sin que el lechero se diese cuenta.
Cuando volvía a casa con olor a perfume caro Margaret callaba. Siempre supo leer en esos aromas su infidelidad pero Carlo tampoco preguntó nunca por su hijo pelirrojo. Así que, se podría decir, que pactaron la paz sin haber ido antes a la guerra.
Carlo tenía tan buen ojo para los negocios como desatino se gastaba en un matrimonio del que lo único que funcionaba era el reloj de cuco del recibidor…pero eso, es otra historia.

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