La historia contó que fue Johnny Torrio quien propuso a Dean O’Banion dividir Chicago en territorios definidos para evitar disputas sobre sus límites. Hasta entonces y desde la implantación de la ley seca, algunas de esas diferencias habían acabado bañadas en sangre. Sin embargo, a veces alguien mueve los hilos en la sombra y ya sea ejerciendo poder sobre un colectivo o bien valiéndose de la astucia, gobierna la jugada como un jugador de póker. Bartali era buen estratega y aficionado al ajedrez por lo que su mente estaba acostumbrada a ir un paso por delante. Hay historias que se esconden detrás de otras historias mayores y cuya mayor virtud es permanecer en el anonimato pues saca más réditos de ello que estando en primera fila. Yo sé algo del asunto. Por eso sé cómo comenzó a tejerse aquel tinglado. Aquel guiso se empezó a cocinar cinco días antes de que Bartali y Torrio se viesen en la barbería de Floyd Newman. Permítanme que les cuente un par de breves historias.

Era viernes y Walter Peck, un agente de policía de la comisaría sur se disponía a coger su flamante Ford T azul cobalto a las ocho de la mañana. Dio dos besos, uno en cada mejilla, a su mujer a la puerta de su casa y ella le entregó una bolsa de papel con un sándwich y una manzana.
Walter se acercó a su automóvil. Saludó a la señora Madison, que a esas horas paseaba a Trumbo, su viejo Collie y echó una ojeada a la bolsa. La abrió y comprobó que estaba su almuerzo.
Walter Peck era un agente atípico en aquella comisaría. Siendo un agente joven y en plena forma que bien podría ser un agente de campo, estaba sin embargo recluido en labores de oficina junto a los viejos agentes que ya no tenían edad para andar persiguiendo rateros de tres al cuarto y que en la oficina habían adaptado con los años su trasero a la medida de sus sillas agrandándolo. Pero Walter Peck era universitario, aficionado a la psicología y policía por vocación, mala combinación para aquella comisaría un tanto oxidada y a la que le costaba crecer al ritmo del crimen en Chicago. Lo destinaron en administración por saber redactar con precisión y sin faltas de ortografía. Sin embargo Walter, en lugar de deprimirse por ser ubicado en un puesto para el que no había soñado y que se le quedaba pequeño, trató de adaptarse y ser útil desde la oficina. Hacía múltiples y pequeñas investigaciones en relación a casos abiertos y que recaían en los inspectores y policías más avezados. A veces conseguía una dirección o un nombre que hacían avanzar una investigación. Lo único que tenía a su alcance para investigar eran un teléfono, unas fotografías y los informes policiales del caso, pero contaba con sus propios medios y entusiasmo. Analizaba el crimen desde otro punto de vista. Estudiaba en detalle la escena del crimen y lo que se conocía del caso. Leía las declaraciones de los testigos cuando los había y estudiaba el conjunto desde un punto de vista psicológico. Trataba de meterse en la piel del criminal buscando sus motivaciones, sus posibles hábitos, frustraciones y debilidades. Con ello elaboraba un posible perfil del criminal y buscaba en esa dirección. Lo que Walter hacía podía parecer lo mismo que se llevaba haciendo toda la vida en una comisaría, la diferencia era que lo que los viejos sabuesos hacían por intuición o experiencia, él lo realizaba aplicando la ciencia. En muchas ocasiones se llevaba trabajo a casa y pasaba horas leyendo informes, apuntes, revisando fotos. Su actitud no cayó bien entre sus compañeros en un principio que de manera velada o de forma más contundente y directa le hacían ver que estaba metiendo las narices en asuntos que no eran de su incumbencia. Sin embargo, Walter no se dejaba desanimar y cumplía con su trabajo con más rapidez y eficacia que nadie. De esta forma le quedaba tiempo libre para husmear por su cuenta. Y ocurrió que las pistas que Walter descubría, solían acabar con la detención del sospechoso. Sus conclusiones desconcertaban en muchas ocasiones al inspector de turno. Al revisar los casos llegaba a conclusiones como que “el asesino no podía ser fumador”, “el marido miente, le era infiel” o “el ladrón era zurdo”. Tenía que explicar a sus superiores como había deducido semejantes detalles partiendo de una fotografía o de la redacción del informe pero era tan brillante que ellos no alcanzaban a comprender la deducción. A veces, y más bien a regañadientes, se seguían las pistas que él descubría casi con ánimo de demostrar que estaba equivocado. Pero ocurría que Walter solía tener razón.Por todo ello fue ganándose una buena reputación entre sus mandos y la envidia de sus iguales.
Peck abrió la puerta de su automóvil y se dispuso a arrancar. Miró hacia atrás para comprobar que podía incorporarse a la calzada y comprobó como otro Ford T exactamente igual que el suyo le obligaba a esperar para incorporarse al tráfico. Durante unos segundos tuvo tiempo de pensar que el azul cobalto era el preferido de la época. El coche se detuvo a la altura del de Walter Peck que saludó, mano en alto, a modo de cortesía aun sin haber visto bien si conocía a los ocupantes. Al policía apenas le dio tiempo a ver que en el asiento trasero había un tipo con abrigo y sombrero que escondía algo en las manos fuera del alcance de su vista. Un segundo más tarde el tipo del sombrero levantó lo que escondía y la ametralladora comenzó a escupir fuego. Apenas fueron unos segundos, cinco, quizás diez, pero suficiente para que un infierno de plomo y fuego abatiera sin remisión al policía dejando su coche y a él mismo como un colador. El coche aceleró la marcha dejando atrás un reguero de sangre y muerte que se escurría calle abajo. La mujer de Walter Peck salió de su casa horrorizada corriendo hacia el coche mientras Trumbo, el perro de la señora Madison, ladraba a lo lejos. Fue lo último que vieron los tipos del coche azul cobalto que ya se encontraba doblando la esquina.
Los rotativos de la tarde ya tuvieron tiempo de titular que un agente de policía había sido acribillado a tiros en la puerta de su casa. Los periódicos hablaban de que Walter Peck era un joven y prometedor agente de policía, un tipo brillante, a tenor de las declaraciones que sus superiores y compañeros habían hecho a los chicos de la prensa. Los periódicos elucubraban sobre los motivos para asesinar al agente. Alguno incluso decía que Walter había logrado infiltrarse a través de un contacto en asuntos turbios que tenían relación con el crimen organizado y que el modo en que murió parecía apuntar en dirección a la mafia. Los diarios en realidad teorizaban sin ninguna base sólida pero en sus mangazos al aire sí que habían acertado en algo, aunque dudo mucho de que ellos mismos supieran en qué.
No obstante en algún punto de la ciudad se leían los periódicos con atención. El artículo que se aproximaba de modo más certero a la verdad estaba firmado por un tal Andrew Laguardia, un tipo que se cayó accidentalmente desde la azotea de un edificio de cuatro plantas al día siguiente…

Un día antes de que muriera Walter Peck, Colin Lamarck salía a las siete de la mañana de su casa en Pickerington (Ohio), para dirigirse a la fábrica de productos químicos en donde trabajaba. Vivía a unos diez minutos a pie de la misma, por lo que todas las mañanas caminaba hasta su trabajo fumándose tranquilo el primer cigarrillo del día. Caminaba relajado pues ni siquiera tenía que apretar el paso para llegar a tiempo. Un poco antes de llegar a la fábrica hacia una breve parada en un bar que le pillaba de camino y se tomaba un trago de coñac del que Matt, el camarero, guardaba debajo de la barra. Matt aseguraba con un cinismo simpático que era una falsificación auténtica de coñac francés. Lo cierto es que era un brebaje algo áspero pero te entonaba el cuerpo y Colin no pedía más. Aquella mañana Matt echó de menos a Colin Lamarck.
Su camino se vio interrumpido justo al abandonar las inmediaciones del parque y tomar la calle Columbus. Había tirado ya la colilla en el suelo del parque y ahora iba botando una pelota de béisbol. A veces la tiraba contra una pared mientras andaba y la recogía con un guante. Iba abstraído en su juguetón paseo matutino, por lo que no vio al tipo del abrigo largo que salía de un callejón cortándole el paso. Aquel hombre le apuntó con una pistola.
– Adentro – dijo mientras ladeaba la cabeza y la pistola en perfecta sincronía en dirección a un Ford T azul cobalto en el que otro tipo lo esperaba de pie con la puerta abierta.
Al bajar la cabeza para entrar en el auto algo lo golpeó en la cabeza haciendo que perdiera el conocimiento dejando varada en la acera la pelota que botó unos metros hasta que las leyes de la física la obligaron a detenerse. Colin recobró el conocimiento con el viejo procedimiento del cubo de agua fría. Para entonces estaba atado de pies y manos en una silla en medio de lo que parecía ser un viejo almacén abandonado.
– El tipo que lo golpeaba cuando no respondía a las preguntas que le hacía, lucía un aparatoso vendaje con manchas de sangre seca que le cubría el ojo derecho. Una herida reciente latía debajo de aquella venda.
– Tendremos que ser más contundentes con este hijo puta – dijo el hombre del traje caro y sombrero que, plácidamente sentado en otra silla, aún no había abierto la boca.
Al día siguiente, justo la misma mañana que falleció Walter Peck, unos campesinos encontraron un cuerpo tirado en una cuneta a las afueras de Pickerington. Al cadáver le faltaban varios dedos de la mano y la lengua.

Photo by naotakem

Comments

    1. Gracias Mª Ángeles.
      Los nombres son extranjeros porque la acción se desarrolla allí. Hace unos meses escribí un relato que publiqué en desafiosliterarios.com que se titulaba “Historias de la calle 44: el Capri”. Lo había concebido como una trilogía de crónicas pero me pidieron que si quería escribir una columna semanal en la página. Acepté y decidí tirar del hilo que mi propio relato me había proporcionado. Ahora publico una crónica por semana, todas con la etiqueta de “calle 44”.
      A mi me cuesta llamarla novela, pero supongo que es lo que más se aproxima. Son unas crónicas escritas en la piel de un anciano que escribe sus memorias allá por los años noventa. El tipo fue un mafioso de los años dorados del Chicago del hampa y en ellos está ambientada la acción. En la novela (o lo que sea…) se mezclan mis personajes y tramas de ficción con personas y acontecimientos reales de la época. Así desfilan por sus páginas Torrio, Colosimo, Al Capone y otros personajes de la época. También hechos reales y datos que me llevan a hacer un trabajo de documentación antes de escribir.
      Dejo que las tramas y personajes crezcan a su antojo y yo me limito a “gestar al niño” dándoles libertad. Hubo un momento en la narración que “sentí” que ahí debía concluir el primer capítulo y comencé con el segundo que abarca los años juveniles del protagonista, Luca Salerno, hasta el comienzo de la primera crónica. Ahora estoy terminando ese capítulo al que le deben de quedar pocas crónicas. En el tercero tengo pensado darle a la historia un pequeño giro y encarar lo que quiero contar…así que no sé adónde me conducirá todo esto. Sólo sé que cuando “nazca el niño” lo daré en adopción.
      La crónica que has leído tiene su origen y conexión con otra cercana en el tiempo y pronto se desvelará el porqué de esos dos crímenes (bueno…tres realmente jejejej)

       

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