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Una noche en el Capri me tocó asistir a una discusión divertida entre Mike “el tuerto” y Toby, mi viejo amigo de Nueva Orleans. Todo empezó porque Mike afirmó que en este oficio no se deben de correr riesgos innecesarios a lo que Toby, muy amigo de jugar con las palabras, observó que eso no existía: que si se toma un riesgo, por pequeño que este sea, es porque era necesario hacerlo. No creo que Mike llegase a entender el trabalenguas, cosa que hacía más divertida su obstinación por mantener sus postulados.
La única afición que se le conocía a Dean O’Banion eran las flores y Bartali se presentó una mañana en su floristería. Se bajó del Buick conducido por Frank y ordenó a este que se marchara. Quería que O’Banion viera que venía solo y sin escolta, un signo amistoso. Quizá Mike hubiera opinado que aquello era un riesgo innecesario y quizá Toby hubiera pensado que era un movimiento calculado y carente de peligro. Lo cierto es que el viejo saxofonista del Capri siempre fue más juicioso y reflexivo que Mike y aquello fue una visita imprevista pero muy lejos de un motivo para liarse a tiros. En todo caso, sí era sorprendente el hecho de que uno de los capos de la ciudad fuera, en persona, a comprar flores a la casa del otro sin pistoleros que lo acompañasen.
Bartali recorrió con parsimonia los escasos tres metros de anchura de la acera que lo separaban de la entrada. Uno de los hombres de O’Banion ya lo había visto y había avisado al jefe. Bartali se detuvo en los ramos que adornaban el exterior de la tienda e incluso acercó su nariz a un ramo de rosas rojas.
Cuando Bartali entró ya lo esperaban aunque O’Banion no salía de su asombro.
– Buongiorno Giuseppe – saludó O’Banion –. Creí que a los italianos las plantas os interesaban si se podían comer: tomate, orégano, albahaca…Esas cosas.
– Buenos días Dean. En realidad tengo que regalar un ramo. Una amiga… ya sabes.
– ¿A qué has venido?
Beppe Bartali se quedó un instante en pie acariciando el tallo de un gladiolo mientras miraba de reojo al gorila irlandés que se había quedado de guardia en la puerta. O’Banion le hizo un gesto y el pistolero salió a la calle quedándose en la puerta para que nadie pasara.
Aquella visita se saldó con medias verdades y mentiras veladas. Toda la conversación transitó por terrenos pantanosos asediados por la nebulosa forma de preguntar y de responder. Bartali sabía que aquel irlandés querría una explicación creíble del motivo de su visita y Bartali, que quería comprobar hasta qué punto O’Banion estaba al tanto de los líos de faldas que afectaban a las mujeres de sus chicos, no estaba dispuesto a hablar de ello. Así que, habría que hablar de otra cosa y deducir de los silencios si el irlandés sabía algo.
– Habla sin miedo. No hay nadie más.
– Tus hombres han estado haciendo preguntas por la oficina del gobernador.
– No se te escapa una ¿verdad?
– Sigo siendo asesor adjunto del gobernador – recordó Bartali.
– Entonces ¿Sabes con quién se acostaba la señora O’Donnell?
– No es algo que me interese en especial saber con quién jode cada cual, pero sí: he oído los rumores.
– ¿Rumores? – preguntó con ironía Dean O’Banion.
– No me interesan los líos de faldas, pero tus chicos han armado un poco de jaleo preguntando por allí y ese ruido ha puesto en guardia a mucha gente. Venía a advertirte que te andes con cuidado, te andan vigilando.
– ¿Y a ti no te han seguido ahora?
– Les llevo una pequeña ventaja. Han asignado un par de federales para vigilarte. Ahora aún duermen en un hotel después de pasar la noche con dos de mis chicas. Por eso vine pronto, se dice que no duermes.
– ¿Por qué me estás haciendo este favor? ¿Me va a costar algo?
– Estamos en tiempos de paz. No somos socios, pero siempre he creído que si andamos a la gresca, nos irá peor.
– ¿Conocías a Susan?
Bartali se sonrió ante la insinuación.
– No es mi tipo, si es eso lo que preguntas.
– Era. Falleció anoche.
– No lo sabía. Eso manda a tu chico directamente a la silla eléctrica.
– O’Donnell estaba condenado y francamente, sus pocas luces ya me estaban causando más de un dolor de cabeza.
Tiempo después, el propio Bartali me contó que O’Banion no le había confesado que fue él quien vendió a O’Donnell pero aquella evasiva le dio a entender que sí. Lo que nunca supimos fue qué llevó a aquel irlandés a husmear cerca de la gobernación sólo para saber quién se tiraba a la mujer de uno de sus hombres y a la vista de los acontecimientos futuros, nunca lo sabríamos.
Bobby Farrell siempre tuvo la teoría de que quiso saber la verdad, no por ajusticiar a nadie, sino por descubrir si había a quien poder chantajear a cambio de su silencio. Aquella teoría de Bobby era compartida por más gente ya que no era mala jugada descubrir al pez gordo para que mirase para otra parte cuando fuera conveniente.
La sensación que Bartali se llevó de O’Banion en aquel encuentro fue la de un hombre hermético y poco expresivo, desconfiado y sin duda inteligente. Pero si algo sacó en claro Bartali fue que O’Banion no sabía nada del asunto que nos traíamos con el hermano de O’Donnell. Por alguna razón, había preferido dar palos de ciego en el entorno de la oficina del gobernador.
En cuanto a mí, lo más probable es que tampoco conociera mi existencia, lo cual significaba que Susan no había hablado antes de que la dispararan. Nunca supimos qué ocurrió en los minutos previos al suceso. En eso basaría meses después la defensa de O’Donnell su tesis para pedir su absolución en el juicio. Lo que parecía una evidencia es que debió producirse una discusión antes, ahora bien, el contenido de la misma es algo que quedó sin esclarecer. Puede que, por algún momento, ella confiase en que la buena estrella también existía en esta ciudad, que todo podía acabar con una bofetada y una posterior huida a San Francisco en el puente de plata que le tendía Bartali. Puede que en esa arriesgada partida, Susan lo apostase todo a no revelar con quién se acostaba. En aquel asunto yo me creí el ombligo del mundo en algún momento, pero dado que Susan también se veía con su cuñado, calló por un motivo aún mayor que un jovencito como yo. El Patrone lo que hizo fue darle una salida a la vez que protegía al hermano de O’Donnell y ella es de suponer que vio una escapatoria en ello a su problema.
– ¿Cuándo la entierran?
– Esta tarde a las cuatro.
– Allí nos veremos.
– Gracias Giuseppe.
– ¿No te llevas un ramo? La casa invita.
– En realidad nunca vine a por flores, pero ahora que lo dices… Sí, me llevaré uno.
– Entonces déjame aconsejarte – se prestó O’Banion –. Ella ¿está casada o soltera?
– Es una gran señora, una verdadera dama. – dijo Bartali obviando la envenenada pregunta del irlandés.
–En ese caso, llévate este – dijo entregando a Bartali un precioso pero sobrio ramo que mezclaba hortensias, claveles y margaritas con dos grandes gladiolos en el centro
Bartali era un hombre poco dado a dejarse llevar por intuiciones. Todos sus movimientos solían estar calculados por lo que no supe por qué quiso que yo fuera a ese entierro. Primero me protegía ocultándome en la granja y después me exponía a ser visto por todos. No parecía lógico, pero Bobby Farrell me desveló tiempo después que alguien bien informado le había dado un soplo esa misma mañana. Por eso se presentó en la floristería y por eso, una vez que conoció el fallecimiento de Susan, quiso que fuera a su entierro. Quería verificar sobre el terreno que el peligro había pasado. Según esa información al irlandés le pudo la codicia en aquel asunto y aunque no se creía la versión del misterioso cargo de la gobernación, quiso asegurarse de ello y descuidó otros flancos quizás más evidentes. Ese soplón le aseguró a Bartali que O’Banion no sabía una mierda de quienes eran los amantes de Susan.
No obstante a mi madre no le dirían que íbamos al funeral de Susan O’Donnell. Cuando Bobby y Mike se presentaron en la granja, tenían una versión más dulce y falsa por completo, para que mi madre no se preocupara.
– Ponte un traje negro, nos vamos a un funeral – dijeron al llegar a la granja a media mañana –. Ha muerto el padre de uno de los muchachos – añadieron para despejar mis dudas y la zozobra de mi madre.
Días después, disfrutando de café y charla con mi madre, me confesó que intuyó la mentira en los ojos de aquellos hombres pero no dijo nada ya que se sentía cansada y mayor. Me confesó algo que no quería oír quizá porque tampoco quería verlo, pero que era evidente: que la muerte de mi padre le había dejado una profunda cicatriz. Tenía treinta y nueve años, pero un envejecimiento cruel y anticipado la invadía. Para mí, mi madre era el centro del universo, por eso, en la mejor tradición de los hijos italianos, sólo quise ver una mala racha y no la dulce decadencia que comenzaba a desgastarla.
Nos fuimos de la granja dejando que mi madre ocultase la preocupación debajo de la alfombra. La tarde se tornó gris tormenta y un viento del norte traía la humedad del lago hasta el cementerio. Los paraguas y las pistolas aguardaban dentro de sus fundas el momento de ser necesarios, pero si todo iba bien, sería como mucho contratiempo, día de los primeros.
El cortejo fúnebre avanzaba despacio tras el coche en el camino de entrada al cementerio. Las familias iban delante, separadas unos metros entre sí. Justo detrás, O’Banion y su gente. Yo iba junto a Bartali, flanqueado a los costados por Mike y Bobby. Torrio y algunas otras bandas también quisieron estar presentes. Eran tiempos de tregua y una buena presencia de las distintas familias, era vista como una señal de respeto. Por eso muchas otras familias aportaron alguien de peso que los representase ante los irlandeses. Se dice que algunos aprovecharon para hacer negocio en aquel funeral.
El jefe del clan irlandés no había reparado en gastos y el féretro con los restos mortales de Susan O’Donnell estuvo cubierto de todo tipo de coronas de las más vistosas flores.
Parecía cosa del destino, que el día en que Susan fue enterrada se pareciera tanto en el color del cielo a aquel otro día en que todo empezó. De repente, me acordé del señor Brody, el fugitivo del túnel y me vi acosado por un sentimiento de culpa, un remordimiento que me culpaba de las dos muertes. Con dieciséis años, aún no había matado a nadie, pero había ayudado a abrir dos tumbas y eso me pesaba. Sin matar aún a mi primer hombre, ya cargaba con el peso de dos cadáveres.
Bartali había dado orden a algunos de sus hombres de confianza de no perder de vista a los hombres más cercanos a O’Banion y estar atentos a cualquier gesto que delatarse sorpresa o incredulidad por mi presencia.
Yo fui ajeno a aquel tinglado que se tejió a mí alrededor. Sólo sé que el entierro transcurrió con normalidad, que expresamos con respecto nuestras condolencias a la familia irlandesa y que volvimos al Capri sin novedad y esperamos allí al Patrone que había salido en el último coche después de intercambiar a solas unas palabras con el jefe del clan irlandés.
– No hay peligro de que volváis a casa – me dijo El Patrone cuando llegó.
Esa misma tarde fue el propio Bartali quién me acompañó a la granja de los Olsen de regreso. Le había dicho una pequeña mentira a mi madre para no preocuparla y además era, ante todo un caballero, por lo que quiso ser él mismo quien pusiera al tanto a mi madre sobre todo lo acontecido durante el día. Contaba para mitigar el posible enojo de Isabella con su capacidad de seducción y con cierto ramo de flores que aún olían a recién cortadas.
Atrás iban a quedar aquellas dos semanas con los Olsen. De ellos aprendí que la tranquilidad es un buen sitio para vivir y que el amor para siempre, también existía. Ellos se cogían de la mano como aquellos dos muchachos que un día fueron porque cuando se ama, cincuenta años son sólo un suspiro. De allí me traje también la costumbre de charlar con mi madre de modo reposado al caer la tarde, frente a un café.
Pero sobre todo para Ornella y para mí, allí, en el maizal de los Olsen, se plantó la semilla de un fruto que nos acompañaría el resto de nuestras vidas… pero eso es otra historia.

Comments

  1. Te escribo para recordarte que te seguimos leyendo, Luisa. Y que eres única para este estilo de historias. Los gangsters son lo tuyo; me pregunto si no habrás sido uno de ellos y no nos lo dices…
    En fin, que nos haces vivir en este mundo tan particular; enhorabuena…

     

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