Un emisario del Patrone había dado a Frank instrucciones muy concretas que pasaban por dirigirnos de inmediato al Capri. Quería a Bobby a su lado y a mí con las espaldas protegidas. En esos momentos sólo conocíamos que habían disparado a Susan O’Donnell, pero ningún detalle más del asunto.
Nos encaminamos al Capri con el maletero lleno de mis bártulos. Cargué durante esos minutos con la duda de saber sí estaba o no en peligro y con el remordimiento de ser el causante indirecto de la tragedia. A juzgar por el gesto serio de los muchachos, todo hacía indicar que el asunto estaba justo en la frontera que hay entre la incertidumbre y la gravedad. Mike, que iba a mi derecha en el asiento trasero del coche, tenía esa tensión en los hombros, tan leve como reconocible para mí, mientras comprobaba que el cargador de su pistola estuviera lleno.
Al llegar al Capri, pasamos la puerta de entrada de largo y seguimos dando vueltas por las calles cercanas en torno al local. Después de unos minutos giramos a la derecha para enfilar el callejón posterior a la puerta principal y así entrar por la puerta de atrás, la misma por la que salí la primera noche que pasé con Monique.
– A estas horas está cerrado y El Patrone no quiere que llamemos la atención – explicó Frank con el gesto muy severo –. Quiero asegurarme de que no hay gente de O’Banion en la zona.
Entramos los tres en el Capri sin llamar la atención de ninguno de esos ojos que la ciudad tenía donde menos convenía. Al menos eso pareció a tenor de las precauciones que tomamos al salir del coche. Primero Mike, con el arma en la mano, después Bobby por la puerta contraria mirando en todas las direcciones y cuando ambos se aseguraron de que nadie nos veía, salí yo a una indicación de Mike que me señaló la puerta con ese movimiento de cabeza suyo que indicaba siempre el final del trayecto hacia el que mandaba andar.
– ¿Por qué tantas precauciones? – pregunté cuando los tres íbamos por el pasillo que conducía al salón principal del Capri.
– Si Frank ha sido tan cauteloso, nosotros también. De momento no sabemos nada, pero ahora nos informará El Patrone – contestó Bobby.
Cuando entramos al salón, me sorprendió ver a mi madre y a Ornella sentadas en la mesa del Patrone. Iba a preguntarles qué hacían allí pero el gesto serio de todos me hizo contener la pregunta. No debía comportarme como en casa. Allí era uno más de la banda, uno de los hombres de Bartali y lo que se esperaba de mí era que me comportase como dictaba el guion, de modo que fue Bobby, el que ostentaba un rango mayor, el que preguntó al Patrone por la situación después de saludar a los presentes.
Bartali, que estaba sentado junto a Paolo fue quien comenzó a hablar. De vez en cuando consultaba algo con Paolo, que al parecer era quien tenía toda la información, y proseguía.
Nos contó que hacía un par de horas habían disparado a Susan O’Donnell en su propia casa. Se habían oído al menos seis disparos coincidiendo con el paso de un coche patrulla por la zona. Esa venturosa casualidad fue determinante pues, de momento, Susan O’Donnell seguía con vida gracias a la rápida intervención policial. El tipo que la disparó salió huyendo por la puerta trasera al oír la sirena dejando a Susan malherida. Tenía tres disparos en el abdomen y uno en una pierna y milagrosamente aún vivía aunque había perdido mucha sangre.
No hacía falta ser un lince para saber que aquello era obra de O’Donnell. De hecho, éste había desaparecido y la policía lo estaba buscando. Un bolsillo agradecido de la comisaría central era quien nos pasaba la información. No teníamos noticias desde dentro de la banda de O’Banion y eso era lo que preocupaba a Bartali ya que desconocíamos en esos momentos si O’Donnell estaba al tanto de quién era el padre de la criatura. Habíamos creado un fantasma sin nombre para desviar la atención de aquél maldito irlandés, pero no sabíamos hasta qué punto había comprado el rumor.
Mi madre estaba visiblemente disgustada con todo lo que estaba ocurriendo. Supongo que una madre no encaja bien ese tipo de cosas, ni ahora ni en aquella época. Su niño volaba por su cuenta mucho más lejos de lo que ella suponía y su vuelo no era todo lo limpio que cabría esperar. Era un gánster, de tres al cuarto si se quería ver así, pero un gánster. Y ella, que era napolitana, sabía lo que eso suponía. Había crecido conociendo ciertos códigos internos que gobernaban esas organizaciones y podía sentir en el vacío de su pecho que su hijo, en cierto modo, ya no le pertenecía. Su rostro transmitía contrariedad, pero con un barniz de melancolía por el hijo que partía.
Ornella, sin embargo, me miraba con la comprensión de quien era cómplice de mis anhelos, sueños y correrías. Había tapado mis travesuras y errores mil veces cuando era niño.Me protegía, me entendía y me complementaba y siempre fue algo más que una hermana. Perdonaba mis errores y eso estaba haciendo mientras me miraba. Era la única que conocía mi historia con Susan y decenas de veces me había dicho que la dejara, que no era un buen asunto y que sólo podría traerme problemas. Siempre trataba de darme buenos consejos y si lo creía necesario, recriminar mis actos cuando no me conducía con el buen juicio que siempre tuvo ella. Creo que con los años te vuelves más sensible pues ahora que recuerdo cómo me miraba aquel día, siento que mis ojos cansados se humedecen al recordarla y al recordar que las cosas se sucedieron de manera tan natural, que nunca entre ella y yo tuvimos la agitación del cazador furtivo sino más bien la paz del pescador.
En aquellas primeras horas tras el suceso, Bartali no tenía ninguna información sobre el paradero de O’Donnell. Lo normal es que hubiera contactado con O’Banion y éste lo tuviera escondido fuera de la ciudad, pero El Patrone no estaba dispuesto a correr riesgos innecesarios. Podría ser que aquel maldito irlandés estuviera acorralado en algún sitio y no pudiera salir. Lo peor de la situación es que no sabíamos si O’Donnell conocía a esas horas que el padre del niño podría ser yo, o bien le habían llegado los rumores de que el fantasma creado por Bartali era el responsable. Susan agonizaba en una cama de hospital y de su marido nada se sabía.
– Os iréis de la ciudad hasta que las cosas se calmen – le dijo a mi madre –. No hay otra solución por el momento. Si os quedáis en vuestro apartamento y O’Donnell sabe la verdad estaréis muertos al amanecer. Frank os llevará a una granja en el condado de Will. Son gente de fiar: un adorable matrimonio de ancianos que conozco, ellos os esconderán.
Mi madre iba a hacer alguna objeción, quizá una pregunta. Cambió el gesto levemente y Bartali que vio la incertidumbre en su rostro preguntó.
– ¿Isabella?
– No… nada Don Giuseppe, supongo que no tenemos elección.
– Por el momento no querida, confíe en mí – le dijo mientras alargaba su mano por encima de la mesa hasta posarla encima de la de mi madre en un gesto protector.
Nos encaminamos a la puerta trasera del Capri escoltados por Mike, Paolo y Bobby. Estábamos a punto de traspasar las gruesas cortinas de fieltro rojo que comunicaban con el corredor trasero cuando la voz del Patrone me llamó.
– Luca.
Bartali nos había acompañado unos pasos por detrás en señal de cortesía hacia mi madre. Me giré y respondí.
– ¿Patrone?
El resto de la comitiva siguió andando a una indicación de Bartali que, al parecer, quería decirme algo a solas.
– Esos rumores de que a O’Donnell no se le levanta ¿son ciertos?
– Si Patrone.
– Debías de habérmelo dicho.
– No me lo preguntó Patrone, creí que no tenía ninguna importancia.
– Verás Luca, como te dije el primer día que te conocí, debes de aprender muchas cosas para manejarte en este oficio. Una de las más importantes es que no debes ocultarme ninguna información…
– Lo siento, no volverá a ocurrir, yo…
– ¡No me interrumpas, cojones! – bramó.
Bartali estaba molesto y el silencio invadió el Capri al instante. Yo permanecí sin abrir la boca mientras él daba una calada al habano que sostenía en la mano.
– La noche que los muchachos te trajeron aquí te pregunté si sabías que estaba embarazada ¿lo recuerdas?
– Si.
– Yo lo supe esa misma mañana. Al día siguiente, después de que pasases la noche aquí con Monique, te dije que propagaríamos por la ciudad el rumor de que Susan O’Donnell se veía con alguien de la oficina del gobernador para desviar la atención sobre tus líos de faldas ¿Me sigues?

– Si Patrone.

– También te comenté que cuando Susan se lo dijera a su marido, éste se pondría muy contento hasta que empezase a oír los rumores sobre la posible infidelidad de su esposa. Cuando esto ocurriera no queríamos que el foco de las iras de O’Donnell fueras tú sino ese pez gordo fantasmal que habíamos creado nosotros mismos. Había varias razones de peso para obrar así ¿Crees que si hubiera sabido el problema que tenía O’Donnell en la cama hubiera pensado por un solo instante que al principio le alegraría la noticia?
– No Patrone pero es que…
– ¡Silencio! Tuviste que habérmelo dicho en ese momento, no me gusta quedar como un gilipollas ¿Me sigues?
Guardé silencio mientras él le daba una calada más al cigarro y jugaba a hacer volutas de humo con una pausa que percibí tensa.
– No quiero que vuelva a suceder. Me prometerás fidelidad absoluta ¿Me sigues?
– Si Patrone, por supuesto. No me volveré a callar algo así pero es que…
– ¡Silencio! No eres el único al que Susan mete en su cama. Como te dije, puede que el niño no fuera ni tuyo. Lleva viéndose con un tipo en un hotelito desde hace algo más de un año ¿te lo contó?
– No Patrone, le juro por la tumba de mi padre que no.
– No jures sobre la tumba de los muertos por tan poca cosa. Suponía que eso no te lo había contado – dijo esbozando una sonrisa – ¿Has oído decir que en esta ciudad un irlandés sólo puede ser gánster o policía?
– Claro ¿quién no?
– Pues ese tipo es policía, pero además es el hermano de O’Donnell: su cuñado.
Me quedé mudo ante el impacto de aquella noticia ¿Por qué no dejó Bartali que se matasen entre sí los dos hermanos? La respuesta no tardó en llegar pues Bartali siguió hablando.
– Steve O’Donnell es comisario en la zona norte. Mis destilerías están en allí y los cargamentos que me llegan desde Canadá también deben atravesar el territorio de O’Banion hasta llegar aquí. Tenemos un trato con ese tipo desde que la ley seca se instauró y por una suma nada despreciable hace la vista gorda. Cuando nos enteramos de que se follaba a su cuñada renegociamos el acuerdo: nosotros cerrábamos la boca y él se volvía menos codicioso. A Susan le prometimos una buena suma si contaba a su marido la versión del pez gordo de la gobernación. Le ofrecí papeles nuevos y una casa en San Francisco para que iniciara una nueva vida con su hijo. Ante todo queríamos salvaguardar nuestros negocios y no nos convenía que, por un ataque de cuernos, mataran al comisario. Nunca pensamos que O’Donnell la iba a matar, puede que se llevara una paliza, pero no que la dispararía. Lo que no sé es cómo diablos no se quedó en estado antes y cómo demonios le pensaba decir la noticia a su marido cuando se quedara preñada. Será una zorra pero no parece tonta.
– Puede que yo sepa algo de eso Patrone – dije al fin.
– Habla.
– Verá Patrone. Cuando terminábamos, ella se iba al baño y se lavaba con una solución de agua, vinagre y unos polvos que diluía en la palangana. Decía que evitaban el embarazo.
– No del todo como se ha visto.
– Hay algo más Patrone. Ella no debería de estar muy convencida sobre la fiabilidad de ese método, así que con su marido hacía algo distinto.
– Cuenta.
– Su marido era incapaz de penetrarla desde aquella patada que recibió, por lo que ella lo ayudaba con la boca o las manos para aliviarlo. Cuando él quedaba satisfecho, ella se untaba la mano en aquello y se lo metía dentro. Le decía que así tendrían un hijo. Por eso no le dije nada a usted Patrone. Yo también pensé que O’Donnell podría tragarse el engaño. Eso es lo que trataba de decirle.
– Está bien muchacho, vete con tu madre, te esperan en el coche. Nos veremos en unos días cuando todo se aclare.
Me marché con mi madre y mi hermana mientras me daba cuenta de que todo el asunto había sido un juego de intereses, chantajes y silencios pagados. Cada cual protegía su parte del negocio pero eso no terminaba de explicar por qué Bartali me protegió. Podría haber dejado que O’Donnell me matara y, además sin pagar a Susan para que mintiera. Las cosas para Bartali no hubieran cambiado. La sensación era la misma que se tiene después de haber acudido a un espectáculo de magia: ves los trucos, aplaudes, te sorprendes y sabes que no lo has comprendido todo. Había algo más que se me escapaba pero para saber la razón última tuve que esperar muchos años…pero eso es otra historia.

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