Dicen que en toda persona hay tres distintas: la que uno cree ser, la que los demás ven y la que es en realidad. Las dos primeras son una apreciación mediatizada por la subjetividad, por lo que no sirven para calibrar de qué pasta estás hecho y la tercera, se supone que te la revela Dios el día del juicio final. Así que yo, permaneceré con esa duda un poco más, hasta que llegue mi hora. En Chicago, eran sus calles quienes te medían desde que eras un niño.
Tuve una niñez como tantos otros chicos, feliz mientras podía serlo. Íbamos al colegio para cumplir esa parte del contrato que un niño tiene con la sociedad sin haberlo demandado, pero a la salida del mismo éramos espíritus libres que nos dedicábamos a construir nuestro propio mundo, quizás porque el que se nos ofrecía era mucho menos atractivo que el que nos cabía en la cabeza. Los recuerdos de aquella época están asociados a los juegos y correrías de un niño, a las tardes de juego con mis amigos del barrio y a esos veranos eternos en los que hacíamos del callejón de la calle 23 nuestra base de operaciones. Allí, de manera mágica, una escalera de incendios se convertía en la entrada de un castillo y un hierro viejo de un forjado mutaba en espada de modo instantáneo. Cualquier residuo tenía una utilidad. Los cubos viejos eran sombreros, los cristales de colores de las botellas rotas, esmeraldas y piedras preciosas pertenecientes a algún tesoro escondido y la vida transcurría como en un sueño porque a un niño no le hace falta dormir para soñar.
Un día, mi padre llegó con una caja de hojalata de galletas francesas que un cliente agradecido le había regalado. De inmediato tuve una idea y le pedí a mi madre que me diera la caja cuando se acabasen las galletas.
– ¿Para qué la quieres Luca? – me preguntó.
– Quiero tener una caja de los recuerdos.
– ¿Y eso, qué es?
– Pues ahí meto cosas para que me acuerde de ellas de mayor – le expliqué.
Mi madre sonrío. Seguramente en mi cabeza estaba más claro el concepto que la explicación que le di a mi madre, pues yo tenía poco más de seis años, pero ella comprendió y me dio la caja. Desde entonces es mi caja secreta y los objetos que encierra hablan de la parte más íntima de mí: mis recuerdos.
El primer objeto que creí digno de ser guardado fue una cuchilla manchada de sangre, envuelta en una hoja de periódico. Era el verano de 1916, una tarde junto con mis amigos del alma Lewis Archibald y Jimmy Johnson, al que llamábamos Jota Jota. Vivíamos en el mismo bloque y casi podría decirse que éramos como hermanos. Teníamos siete años y la vida por delante para comérnosla a grandes bocados. Esa tarde, habíamos estado en el callejón de la 23 jugando a piratas cuando una hoja del Chicago Tribune medio desvencijada fue arrastrada por el viento adonde jugábamos. Tenía un par de días de antigüedad y en ella se leían noticias de la Guerra Europea. Leímos que el 27 de Agosto, Rumanía le había declarado la guerra al imperio Austro-Húngaro y que se había conocido que cinco días antes, un contingente de doscientos mil soldados italianos había desembarcado en Salónica. Nuestra imaginación infantil hizo el resto. Mis dos amigos me juraron que si yo, como italiano, tenía que ir a la guerra, ellos no se separarían de mí y me acompañarían. Para ello hicimos un juramento de sangre. Nos auto denominamos Los mosqueteros de Chicago. Los términos de la hermandad estaban claros: si uno estaba en peligro, los otros dos acudirían al rescate. Tomamos prestado de Dumas el “todos para uno y uno para todos”, y con una cuchilla de afeitar que Lewis cogió de su casa, nos hicimos un pequeño corte en el pulgar para, a continuación unir entre si nuestros pulgares sangrantes.
Lewis, Jota Jota y yo, éramos inseparables y así fuimos siempre hasta que la tragedia vino de visita al barrio. Cuando, acompañados por otros quince o veinte muchachos, jugábamos a la guerra, a piratas o a exploradores siempre íbamos en el mismo bando y no había fuerza en la tierra capaz de separarnos. La inocencia de un niño le tiene alejado hasta la ignorancia de los peligros que la vida esconde. De esa forma, se mantiene a salvo de la crueldad que ésta demuestra en ocasiones y así, puede dedicarse a ser feliz.
Uno de nuestros sitios favoritos para jugar era un solar abandonado que tuvo que ser en algún remoto momento parte de las cocheras de la compañía de ferrocarriles, pues había restos herrumbrosos de las vías y enseres dispersos y abandonados. El solar estaba delimitado por un muro en el que, en diversos puntos de su amplio contorno se leía, pintado a brocha hace muchos años. “propiedad privada de la M & M”. Nos colábamos por un agujero en el lateral del muro. El descubrimiento lo hizo Jota Jota un día que, casualmente vimos una rata enorme colarse por el agujero. Decidimos investigar adónde había ido pues se le ocurrió hacer una cacería de ratas.
En efecto, por donde se había colado el roedor, los ladrillos que había pegados al suelo tenían la argamasa que los unía podrida por la humedad y era sencillo apartarlos lo justo para que el menudo cuerpo de un niño se colara por él. Al llegar al otro lado, encontramos lo que debían ser restos de algún anexo a la estación antigua, que debía haber sido trasladada hace años. En todo caso, un mundo mágico lleno de rincones para poder explorar. Todo el amplio solar que podría tener más de cien metros de largo por casi lo mismo de ancho, estaba devorado por la maleza, pero entre la misma, emergían cómo testigos del pasado las ruinas de lo que debió ser ese hangar de reparación o lo que fuese.
Los tres mosqueteros nos miramos entre maravillados y sorprendidos. La tarde tocaba a su fin y las siluetas de antiguos asientos, ventanas, tuberías, bielas, calderas y demás testigos mudos de un pasado más esplendoroso, nos miraban con extrañeza.
Las hierbas crecían a sus anchas desde hacía años allí hasta el punto de ser más altas que nosotros en algunas zonas. Cogimos un listón de madera apoyado en la pared y lo utilizamos a modo de machete para avanzar en esa maraña vegetal. Al fondo de aquella intrincada selva urbana sobresalía una mole metálica comida por el óxido. Mientras nos abríamos camino a machetazos, decidimos investigar qué era aquella estructura y, conforme avanzábamos, hacíamos conjeturas sobre si aquella estructura era la casa de los demonios o bien la nave nodriza de una invasión de marcianos.
El misterio se resolvió cuando estábamos cerca de la mole y descubrimos que en realidad era un vagón de tren volcado sobre un costado. Poco nos importó descubrir la naturaleza del mismo, para nosotros seguía siendo una nave marciana, otro día era un castillo encantado y otro un fuerte confederado. Volvimos en solitario los tres mosqueteros dos o tres días más hasta quisimos revelar el secreto a los demás niños con los que jugábamos a diario. Eso si, bajo “pena de muerte” al que revelase su paradero.
Con el paso de los días, el solar abandonado se convirtió en el sitio preferido para pasar las tardes de verano y cada día, el viejo vagón volcado se convertía en un escenario distinto. Una tarde, un viejo nos sorprendió al salir del solar. Estaba tranquilamente sentado en una piedra y fumando en pipa.
– Así que habéis descubierto la forma de entrar en la vieja base ¿verdad? – nos dijo.
Algunos, asustados, empezaron a correr en dirección a casa pero el abuelo nos tranquilizó.
– No corráis. Apuesto a que no sabéis nada de este sitio.
– ¿Y usted sí, señor? – le pregunté.
– Yo lo sé todo hijo ¿queréis escuchar la historia de lo que este sitio esconde?
A los chicos y a mí nos encantaba oír historias, por lo que nos fuimos sentando en silencio alrededor del abuelo a escuchar la suya. Él, dando una calada a su pipa, comenzó a relatar.
– Chicago fue de las primeras ciudades de América en tener red de metro, concretamente desde 1892. Se trata de nuestro Metro L, abreviatura que como sabréis, se acabó imponiendo porque es un metro “ele-vado”. Pero antes de que fuese elevado se intentó ver si era posible una red de metro subterránea como la que, por lo visto, estaban construyendo en Londres. Y ahí es donde arranca mi historia muchachos.
Hablaba despacio, con la serenidad propia de las canas que peinaba y la cadencia marchita de quien lo único que tenía, era tiempo.
– Comencé a trabajar en la Milwaukee and Mississippi, la compañía de ferrocarril de Chicago cuando era un joven de veintitrés años. Era el año sesenta y al principio estos terrenos eran la prolongación trasera de la estación. Estaba destinada al mantenimiento y reparación del material del ferrocarril. Vagones, locomotoras, máquinas de vapor, vagonetas y también todo lo que había dentro de los trenes. Cuando un simple cristal se rompía, se desenganchaba ese vagón, se traía aquí y, además de reponer el cristal se aprovechaba para engrasar y otras cosas. Pues bien, hacia el año sesenta y siete, el director de la M & M visitó Londres y vino con nuevas ideas: la construcción de un ferrocarril urbano aquí, en Chicago. De la noche a la mañana convirtió las cocheras de la estación en la base experimental de metro M & M. Desde aquí se pretendía construir el primer túnel del metro de Chicago. Pero esta ciudad tiene el trasero mojado y se encuentra asentada en tierra pantanosa. Esa es la razón por la que tenemos un metro elevado, pero en aquellos años, el sueño de un ferrocarril suburbano ocupaba la mente de los que mandaban. Este debía ser el primero de otros tantos túneles en diversas partes de la ciudad para medir la viabilidad del proyecto. Comenzamos el túnel en 1868, cuando ya los ingleses casi lo habían logrado. La tierra por la que avanzaba el túnel no era la mejor ni la más firme. Eran frecuentes los derrumbes y había que poner cuidado en entablillar bien todo lo avanzado. En tres frustrantes años avanzamos sólo un kilómetro en dirección al lago. La M & M estaba perdiendo mucho dinero en esta empresa y el gran incendio de 1871 que devastó parte de la ciudad puso el punto y final al sueño arrasando la base.
– ¿El incendio? ¿Qué pasó? – preguntó alguien.
– El 8 de Octubre de 1871 se declaró un incendio en un establo situado en el 137 de Dekoven Street. Se extendió como la pólvora. Chicago estaba entonces construido en madera y, a pesar del esfuerzo del cuerpo de bomberos, el fuego avanzaba sin control.
Por la mañana, grandes columnas de humo se elevaban en el horizonte. Nadie pensó que el fuego podría llegar hasta aquí y la gente comenzó su jornada como una más. Sin embargo, las rachas de viento y lo seco de aquel octubre gestaron el peor de los horrores.
El fuego nos cercó a mediodía de forma súbita. Casi no hubo tiempo de avisar a los que trabajaban dentro del túnel. La policía nos desalojó a toda prisa cuando las llamas llegaron. Los compañeros atrapados en el túnel fueron saliendo hasta completar una veintena, pero seis no lo lograron, entre ellos mi propia esposa. En esos momentos llevaba agua fresca y toallas secas a los obreros que picaban. Tenéis que saber que, dentro del túnel la temperatura podría llegar a los cuarenta y cinco grados y ella se encargaba de esas funciones para aliviar el trabajo de los hombres. Quedaron atrapados en aquella ratonera del infierno cuando el túnel cedió y se vino abajo – contó hundiéndose en sus recuerdos.
Dos lágrimas le resbalaban regando la reseca piel de sus mejillas, pero continuó relatando.
– Aquel incendio se comió parte de la ciudad en tres días.Del túnel se rescataron cinco cuerpos sin vida. Mi esposa nunca apareció. Cuando las autoridades dieron por finalizada la operación de búsqueda una semana después, yo continúe por mi cuenta tres meses más, pero no la encontré. Su cuerpo permanece allí, en alguna parte, sepultado por unos escombros que no pude descubrir – dijo con la voz rota, reviviendo aquellos terribles días.
– ¿Dónde está el túnel? No hemos visto nada – preguntó Jota Jota.
– Lo más seguro es que haya quedado enterrado por el paso del tiempo, pero hay pasadizos que conectan el exterior con el interior del túnel. Se diseñaron como corredores de emergencia. Yo clavé una estaca de madera señalando una de esas puertas. Debe de estar a unos diez metros a la derecha de las vías, donde éstas acaben. Cuando busqué a mi mujer accedía por ahí al interior. Dentro, el túnel está derruido en parte. Cavé en todos los montículos de tierra que encontré, más nada hallé. Acabé derrotado y desde entonces, siempre que puedo, me acerco aquí a rezar una oración mientras me fumo una pipa – concluyó.
A veces en la vida hay que morir para volver a nacer. Eso ocurrió con aquel dantesco incendio que segó trescientas vidas y dejó sin nada a más de cien mil. La ciudad se reconstruyó, pero en base a otros principios. Se dejó de construir en madera para hacerse con hierro y hormigón. Los edificios ganaron con éste material en altura dando origen a los rascacielos, seña de identidad de los Estados Unidos. Gracias al desastre, la humanidad aprendió a construir de otra forma, pero eso no consolaba a nuestro viejo que esparcía sus húmedos recuerdos por su ajado rostro.
Al marcharse, al viejo se le desprendió un botón de la camisa. Me di cuenta después. Fue el segundo objeto que guardé en mi caja secreta para acordarme de aquella historia.
Le prometimos que buscaríamos en el túnel a su esposa, pero al menos nosotros, nunca lo logramos… pero eso, es otra historia.

Comments

  1. Un giro muy curioso, el de las crónicas de la calle 44 relatando las de la calle 23. Pero escrito con gran acierto e intensidad, como todos los relatos de gangsters que hasta ahora nos traes.
    Me gusta esa reflexión inicial: “que en toda persona hay tres distintas: la que uno cree ser, la que los demás ven y la que es en realidad” y “que nos dedicábamos a construir nuestro propio mundo, quizás porque el que se nos ofrecía era mucho menos atractivo que el que nos cabía en la cabeza”. Me ha hecho pensar en que siempre he sido un inventor de historias por esa misma razón (incluso ahora).
    Enhorabuena por tus, siempre grandes (y tremendamente documentados), relatos.

     
    1. Gracias Juan. No lo concibo como giro, pero me gusta que aprecies eso, me hace reflexionar. En realidad calle 23 y calle 44 son una misma cosa. En este segundo capítulo pretendo llevaros a conocer al Luca niño hasta que entra en la organización. Entonces será el momento de desarrollar lo que tengo previsto para él…espero sorprenderos. En cuanto a las reflexiones, las hace el narrador.Ahí me meto en la piel de un hombre en el ocaso de sus días que escribe sus memorias. Los abuelos son muy dados a reflexionar y en cada crónica él lo hace regresando al pasado. En ese sentido, creo que los niños son así, tienen un mundo paralelo en la cabeza más atractivo que en el que viven. Algunos, como nosotros, escribimos esos mundos. Yo fui una niña que escribía cuentos…Un saludo Juan.

       
      1. Seguro que me encanta ese personaje. La serie te está quedando de lujo, una auténtica novela.

         

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