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Hay ríos que corren paralelos toda la vida sin sospecharlo. Un pez que viviese en uno de ellos jamás sabría de otro aunque hubieran recorrido todo el trayecto vital juntos. Sin embargo, a veces esos ríos se enredan y se cruzan para después seguir su camino. Es en ese momento de fortuna cuando esos dos peces pueden hablar y darse cuenta de lo mucho que tienen en común ya que han atravesado la vida por los mismos paisajes. Jackson Preston y yo éramos peces de ríos distintos y sin embargo nuestras vidas habían coincidido en muchos puntos, pero no fui consciente hasta que no lo visité.
Tardé un par de meses desde que salí de Alcatraz en recordar lo que mi escuchante amigo Meco me había contado de aquel tipo de Chicago al que debía ver. A mí me dejaron suelto en las navidades del 53, así que esa primera vez tuvo que ser en Febrero del 54.
Cuando lo vi, era un tipo de buen aspecto y cabellos blancos que había hecho del cinismo un medio de vida. Alguien que entendía la palabra dinero en todos los idiomas del mundo y para el que la moral se medía en billetes de dólar. Tenía un despacho coqueto en el 1265 de la Avenida Michigan atendido en primera instancia por una rubia platino que le hacía las veces de secretaria. Por su peculiar voz aflautada reconocí que era la misma que me había dado cita con su jefe cuando telefoneé.
Preston estaba al otro lado de la puerta con su nombre pintado en el cristal, recostado en una confortable silla detrás de un escritorio.
– ¿Me conoce señor Preston? – pregunté después de los saludos de rigor.
– En cuanto le he visto entrar he sabido que no era usted Gary Cooper como le dijo a Lucy cuando pidió la cita. Lo he sabido porque Gary Cooper llevaba el revólver colgado de las cartucheras por fuera y usted señor Salerno es…un hombre de negocios ¿verdad?
– Le advierto que no sé captar muy bien la ironía y también que la paciencia no es una de mis virtudes.
– No se ofenda amigo. Aquí quien más, quien menos, da un nombre falso. Esto es como un motel de carretera para parejas casadas…pero no entre sí – rió satisfecho del chiste que acababa de hacer.
–Parece conocer bien de lo que habla. Supongo que frecuenta esos moteles con…
– ¿Lucy? – atajó el detective privado sin dejarme acabar la frase –. ¡Oh! por supuesto señor Salerno ¿Quién no lo haría si pudiera? ¿Usted la ha visto bien? A su novio lo mandaron el año pasado a la guerra de Corea y aunque el conflicto acabó hace meses sigue allí en misión de vigilancia, no sé bien por donde andará el muchacho. Yo sólo me ocupo de que a su yegua no le falte ejercicio mientras vuelve. Hay que aprovechar cuando están en la veintena, luego les da por ensanchar el trasero ¿sabe?
– Es suficiente, me importa un bledo con quién se acueste usted – alcé un poco la voz para cortar la verborrea de aquel tipo, que ya empezaba a irritarme.
Jackson Preston sacó una pitillera de oro y me ofreció un cigarrillo.
– Son franceses. Pruebe uno ¿Sabe que Guido iba a cantar de plano?
Le acepté el cigarrillo mientras sopesaba si ese tipo era el mismo que Meco me había dicho que me convenía oír. Pasé por alto el comentario sobre Guido para ir adonde yo quería.
– En la cárcel conocí a un tipo que me habló de usted. Delgado, ni alto ni bajo, de unos cincuenta, ojos oscuros, poco pelo, barba blanca cuidada. Usa lentes para ver y tiene cierto aire de científico despistado.
– No sé. Supongo que conozco varios hombres con esa descripción.
Saqué un fajo de billetes del bolsillo de la americana y los puse encima de la mesa.
– Le pagaré porque me cuente lo que sabe. Ahí hay mil dólares ¿Pagan su tiempo de una mañana? – dije poniendo el dinero encima de la mesa.
– No sé si lo que yo sé vale ese dinero. Lo cogeré porque se me hace incómodo hablar con eso delante – dijo guardando el fajo en un cajón –. Usted manda amigo.
– Le llamábamos Meco – comencé a hablar –, aunque no era su verdadero nombre. Los carceleros se dirigían a él así, por lo que no sé si alguien en La Roca sabía su nombre. Hablaba poco y en la cárcel se las ingenió para cobrar por escuchar. Para nosotros era una especie de confesor al que íbamos con nuestros cuentos a descargar frustraciones. Él se limitaba a escuchar. A veces cuando le preguntabas el porqué de su estancia allí, siempre contestaba lo mismo: mi problema siempre fueros las rubias.
– Melvin Connors, de Colorado, si no recuerdo mal.
– ¿Como dice? – pregunté sorprendido.
– Que su hombre creo que es Melvin. Lo conocí hace unos diez años. Vivía aquí en Chicago. Era un tipo reservado y lleva razón en que parecía un científico despistado. Si no recuerdo mal, trabajaba en un laboratorio de potingues para mujeres: cremas y cosas por el estilo. Tenía una desmedida afición por la cerveza pero cuando la bebida liberaba sus miedos prestaba atención a las otras rubias que lo volvían loco: las mujeres. Una noche en un bar le entró a una rubia cuando se vio con valor. El problema es que iba tan borracho que no se fijó en que su acompañante estaba jugando al billar con un par de amigos mientras aquel bomboncito hacía de su trasero sentado en el taburete la mejor vista de Chicago. No sé si Melvin le contó algo, el caso es que la rubia le plantó la palma de su mano en pleno rostro como quien aplasta un mosquito. Se organizó un buen follón y tuvo la mala suerte de que en el forcejeo con el acompañante de la rubia lo empujó con tan mala fortuna que se desnucó contra una mesa. Se salvó de la pena de muerte pero le cayó la perpetua. Al final del juicio me dijo eso mismo de que su problema fueron las rubias.
– Pobre Meco – exclamé con pesar –. Si: parece que Meco y Melvin son la misma persona.
– Supongo que habrá venido a que le cuente lo que sé respecto del asesinato de su padre.
En realidad no era eso lo que me había llevado allí, pero preferí callar a ver qué tenía que contar. En mi oficio, aprendí que alguien que habla sin la ayuda de una pistola era oro molido, así que un poco de información adicional no me vendría mal.
– Ya le he dicho que Guido había cantado de plano ¿verdad?
–Continúe por favor.
Me contó que Guido les reveló que fue O’Donnell quien disparó a mi padre pero en el FBI dejaron pasar la presa por si había suerte y les conducía a O’Banion. Los federales preferían la caza mayor y a O’Donnell, en el peor de los casos, lo tenían cogido por los huevos. Sabían que la gente de O’Banion vigilaba de cerca a tío Carlo, Guido y Salvatore, así que montaron un dispositivo de vigilancia y protección del testigo que habría de conducirlo sano y salvo delante del juez, pero trataron de que fuera una vigilancia discreta para que O’Banion no se sintiera presionado. El rocambolesco plan consistía en ver si esa discreta vigilancia a Guido ponía nervioso a O’Banion y realizaba algún movimiento que lo inculpase para lanzarse sobre él en ese momento.
– Como usted ya sabrá, mis antiguos jefes eran unos auténticos idiotas y ese irlandés era mucho más listo que ellos como para dejarse atrapar. Mi opinión es que debíamos haber arrestado a O’Donnell mientras pudimos. El final ya lo sabe usted. A su amigo lo mataron casi en mis narices y yo conseguí un bonito destierro con gastos pagados en Tanana Creek, Alaska – me explicó.
Aquel detective no paraba de hablar y decidí escuchar un poco más.
Me contó algunos pormenores y anécdotas de su etapa en Alaska hasta que decidió mandarlo todo al infierno. La vida allí transcurría a cámara lenta y la gente vivía tranquila integrada con el paisaje, algo que no iba con Preston.
– Un día decidí mandarlo todo al carajo. Dejé en depósito la placa y la pistola en la oficina del sheriff y mandé un último informe de despedida al FBI.
Se puso a revolver cajones de su escritorio buscando algo, hasta que sacó un libro. Aquel informe estaba escrito en él.
– Aquí está. Página ciento catorce – dijo dándome el libro abierto por esa página.

“Tanana Creek, 3 de Septiembre de 1923. Informe 359.
Les dejo. Han conseguido hartarme. Ustedes ganan.
Dejé la placa y la pistola bajo la custodia del sheriff. Me firmó un recibo que adjunto al informe. Pueden venir a recogerlo cuando quieran. Traigan víveres, esto está muy lejos. No se molesten en mandarme el cheque, se lo pueden meter por el trasero.
Adios.

Atentamente: Jackson W. Preston EX agente federal nº MM28/1971”

Eché un vistazo a la portada del libro y comprobé que llevaba su nombre.
“Las cloacas de la ciudad” ¿Es suyo?
– Si. Se lo regalo.
Me contó que se vino de Alaska a su casa en Lexington (Kentucky) para comprobar al llegar, que su mujer lo había dejado harta de que no tuviera tiempo para ella y se había fugado con un charlatán ambulante que supo venderle el fuego y la palabra aliñados con las caricias que le faltaban, dejándo una nota prendida en la puerta del dormitorio.
Asqueado de su mala estrella se dio cuenta que su infortunio era abundante en una sociedad antipática y decidió cambiar su vida sacando tajada de los desesperados ¿Y adónde acuden estos? Descartado el sacerdocio se decidió por montar su negocio de investigación privada en Chicago, ciudad que conocía bien y le aseguraba un cierto grado de anonimato.
Hizo todo tipo de trabajos hasta que se dio cuenta de que el dinero más fácil de conseguir estaba en los líos de alcoba. Se terminó especializando en descubrir infidelidades femeninas debido al gran número de infelices que acudían a él para confirmar sus sospechas.Empezó a frecuentar bares adonde acudían mujeres solas en busca de aventura y terminó creando un archivo con ellas. A veces algún marido receloso preguntaba por su mujer y Preston la conocía de algún tugurio nocturno. Dado que él cobraba por días de investigación, alargaba el plazo para sacarle el dinero al marido hasta que le confirmaba que su mujer tenía una aventura. Así lo hizo hasta que descubrió otra fuente de ingresos jugosa y comenzó a chantajear a las mujeres cuyo marido era poderoso sacando sus buenos dólares en ello. Tenía tan pocos escrúpulos, que en ocasiones planteó el chantaje a la dama mientras ella se vestía.
Se podría decir que Jackson Preston hizo de la falta de principios un negocio próspero.
Pasados los años, trabó gran amistad con un picapleitos de bajos vuelos que contaba sus casos por derrotas. Cuando algún infeliz caía en sus manos se podía dar por condenado.
Una noche, crecidos de optimismo por el whisky, acabaron dando tumbos en la misma cama con la misma prostituta. Esa noche alguien tuvo la idea de escribir un libro, quizá la prostituta, una veterana curtida en mil fangos que en realidad lo que señaló fue que en el estado en el que estaban ambos les resultaría más fácil escribir un libro que dar la talla. El caso es que Jackson Preston recogió el guante y se dispuso a hacerlo. Quería aprovechar su experiencia en el FBI y como investigador privado para hacer un retrato de la ciudad desde lo más oscuro de su seno. Podía ser un libro escrito a modo de informe periodístico en el que destapase muchas verdades o bien lo podría hacer de forma novelada, aunque no lo tenía claro a la mañana siguiente cuando el dolor de cabeza lo castigaba recordándole la noche pasada.
El caso es que Preston empezó a escribir. Estrechó aún más su relación con aquel picapleitos de oficio y lo acompañó en unos cuantos casos a asistir a los detenidos y a los posteriores juicios. Quería contar toda la mugre que se escondía debajo de la epidermis de la sociedad y nada mejor para ello que salpicar sus casos como detective con los casos llevados por un inepto abogado y trufarlo todo con aquellas historias que conocía desde dentro del FBI. Le pareció que con tanto material podría construir una buena novela y de paso darse el gustazo de escupir a la cara a sus antiguos jefes.
Al final se decidió por contar su historia como si no fuera él. Daría datos y hechos concretos pero cambiaría los nombres. Se inventó un narrador, Frank Brave, que era quien contaba la historia como si Preston le hubiera contado su vida en una serie de entrevistas. Él mismo se cambió el nombre y se llamó Wells, sin más. El señor Wells le iba contando al narrador su experiencia en los federales y posteriormente cuando inició su andadura profesional como detective privado. Tomó algunos casos de los que vio en las largas jornadas que pasó con aquel picapleitos como propios y fue construyendo trama y personajes.
La novela fue tomando forma en su mente y cuerpo en el papel. Se titularía “Las cloacas de la ciudad”, le parecía un título redondo y haría una gran obra. Cuando un año más tarde estaba a punto de acabar su novela, alguien decidió que aquel picapleitos era prescindible para la sociedad por su absoluta incompetencia. Encontraron su cadáver adornado con cuatro agujeros de bala y una cínica nota encima de la chaqueta que rezaba “Ya has ganado tu primer juicio: el juicio final”.
– Acudí al entierro a acompañar en el duelo a la viuda que no dejó y a los hijos que nunca tuvo. Así que se podría decir que fue un sepelio poco concurrido: el cura, un par de trabajadores del cementerio y yo mismo. Pero me dio tiempo de acabar mi libro, ya tenía material suficiente.
– ¿Qué tal fue la cosa? – pregunté.
– Conseguí publicar con mucho esfuerzo una primera edición de quinientos ejemplares que al final casi tuve que costearme yo mismo en su totalidad.
– ¿Y?
–Veintitrés ejemplares. Vendí esa bonita suma contando los diez que yo mismo me quedé por si hacía algún amigo al que regalárselo – dijo riéndose de sí mismo –. En fin, que pasaron mis sueños de escritor. Ahora que ya pasó el tiempo, me doy cuenta de que en realidad era bastante malo.
– Muy interesante, pero en realidad había venido a que me contara lo que sabía usted de un cuadro que tiene o tenía pintado un arlequín.
– Ummmm…¿Así que era eso? ¡Demonios! Haberlo dicho antes – rió con ganas –. Eso fue mucho antes.
Se hacía tarde y las tripas ya indicaban que era hora de comer. Jackson Preston consultó su reloj y me ofreció bajar a una pizzería que había debajo, almorzar algo y contarme lo que sabía de aquel cuadro. Acepté la invitación. Dejamos a Lucy en el recibidor, nos pusimos los abrigos y los sombreros y bajamos.
– Dice que se quedó con diez ejemplares de su libro y que, contando con el que me acaba de dar aún le quedan ocho ¿Sólo ha regalado otro más?
– Si amigo. Lo que se dice todo un escritor de éxito – se rió de sí mismo secundado por mí.
– ¿Y quién tuvo tamaño honor? – pregunté mientras bajábamos las escaleras sin abandonar el tono jocoso.
– Ah, esa es buena – dijo levantando el brazo con aires de grandeza impostada –. Se lo di a todo un capitán de barco. En realidad una rata a la que había defendido aquel picapleitos y que conocí en aquellos días.
– ¿Un capitán dice?
– Un tal Wladimir. Un tipo de cuidado con una cicatriz en la frente.
Me quedé parado en seco en el último escalón provocando que Preston se girara para ver dónde me había quedado. Yo permanecía en silencio sopesando si aquello que pensaba podía ser realidad.
– ¿Lo conoce?
– Creo que si. Juré matarlo, así que hábleme de él.
De pronto me vi a las puertas de saber dos historias que me podrían conducir a dos tipos a los que había jurado matar. Aquel almuerzo con Preston se había convertido en algo muy interesante…pero eso es otra historia.

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