Toby, mi viejo amigo saxofonista, me contó una vez que el día en que Torrio acudió al Capri a renegociar los términos del acuerdo pactado con el difunto Colosimo, fue la única noche que dejó de tocar en el local. Y no porque nunca hubiera aprendido a tocar bien, algo que sabía y permitía El Patrone que opinaba que ahuyentaba a la policía, sino porque desafinaba a la perfección y esa noche Bartali prefería un ambiente más relajado. Por eso se trajo un pianista, un tipo virtuoso salido de alguna escuela, al que no se informó que tocaría ante un público que, en vez de batir las palmas, podía liarse a tiros.
Torrio llegó a las nueve en punto al Capri. Lo acompañaban Al Capone y un séquito de otros cuatro pistoleros. Paolo Sforza y Bobby Farrell fueron los encargados de conducirlos a la mesa que El Patrone había dispuesto para la ocasión. Pasta fresca italiana y un asado regado con buen vino del Piamonte iban a servir para agasajar a sus invitados.
Pero Torrio traía malas ideas a la cita. Con la excusa de proporcionar a Capone un territorio propio, quería tantear a Bartali sobre una cesión de parte de su territorio a cambio de ser el proveedor único de las dos familias. La guinda del pastel era entrar en el negocio del contrabando asociándose a Bartali, pero sin que quedase claro qué estaba dispuesto a invertir. El Patrone supo que aquel acuerdo era una declaración de guerra servida en bandeja de plata. Pocas parecían las posibilidades de no terminar a tiros esa misma noche.
El Patrone dio un trago a su vaso de vino mientras sopesaba qué decir.
– ¿Sabes cómo llegué a ser asesor del gobernador? – comenzó Bartali como si fuera parte de un discurso ensayado.
Torrio y los demás escuchaban tensos. Algunos se palparon comprobando que sus armas estuvieran en su sitio.
– Sabiendo negociar amigo mío – se contestó a sí mismo –. Y es un arte complicado, no creas. Hay veces en que hay que ceder y otras en las que tienes que jugártela e ir con todo. Es como el póker ¿Me sigues? – comenzó preparando el terreno –. Pienso que en todo negocio ambas partes deben ver un beneficio en el asunto y francamente, lo que me propones no sé en qué me beneficia. Tendría que hacer números, claro…Puede que ceder territorio lo pudiera compensar con los beneficios de venderos el alcohol en exclusiva a ti y a Al, pero además quieres entrar en ese negocio…en mi negocio, te recuerdo – puso un especial acento en esto último para dejar claro el límite de lo que estaba dispuesto a negociar.
Bartali, que hablaba tranquilamente recostado en la silla, se incorporó un poco para dar mayor énfasis a lo que venía a continuación. Para ello él, que era un consumado maestro de la puesta en escena, miró fijamente a los ojos de Johnny Torrio.
– Si no te he entendí mal, esto sería a cambio de no ir contra mí. Eso no me parece negocio sino un insulto y no me deja mucho margen de maniobra, así que dame una razón por la que no deba de meterte un tiro a ti y otro a tu chico. Soy consciente de que una guerra entre nosotros la ganaría tu gente, pero tú no llegarías a verlo porque serías el primero en caer.
Era evidente que Bartali había decidido ir con todo en aquel envite, quizá porque era lo único que podía hacer si no quería ser lentamente devorado en el futuro.
– Creo que no estás entendiendo tu posición maldito cabrón – intervino Capone elevando la voz de modo amenazante.
– Creo que vosotros no entendéis la vuestra. Ahora mismo tengo rifles apostados y ocultos detrás de las cortinas apuntando a cada una de vuestras cabezas. Sólo hace falta un gesto mío y seréis historia los seis.
– Señores, no perdamos la calma – volvió a intervenir Torrio reculando.
– Te aseguró que estoy calmado Johnny, pero ata mejor al perro – dijo mirando a Capone.
Torrio para evitar que Capone hiciera un movimiento brusco que regase de plomo el Capri, posó su mano en el antebrazo de su lugarteniente que ya se tensionaba como una pantera dispuesta a saltar sobre su presa. Al, era un tipo impulsivo y los ojos se le inyectaron en sangre mientras se mordía los labios.
Bartali ignoró la tensión del momento y continuó hablando.
– Tenemos un enemigo común dispuesto a saltarnos al cuello en cuanto nos descuidemos y tú pareces más interesado en abrir nuevos frentes. No te comprendo. Quiero y estoy dispuesto a hacer negocios contigo. Creo sinceramente que nos conviene. Lo que no nos interesa a ninguno es meternos en una guerra entre nosotros pues O’Banion recogería nuestros restos y se haría con Pequeña Italia. Somos hombres de negocios ¿no? ¡Pues hagamos negocios! Pero en igualdad de condiciones. No quiero la guerra, pero si la buscas, la tendrás.
– ¿Y entonces? – inquirió Johnny Torrio.
– Te prometo que estudiaré tu propuesta Johnny. Ve a afeitarte el martes a las diez a la barbería de Floyd y volvemos a hablar. Te llevaré una oferta justa y espero que cerremos un acuerdo, lo contrario sería un desastre para las dos familias.
– ¿Por qué en la barbería? – preguntó Capone en voz baja a Torrio desconfiando.
– Lo consideramos territorio neutral ¿no? – contestó Torrio elevando el tono de voz para que Al Capone y los demás lo oyeran bien mientras miraba desafiante a Bartali.
– Así es.
Durante unos segundos que parecieron eternos se hizo un silencio glaciar. Los allí presentes dudaban sobre si lo que venía a continuación era una sinfonía de tiros o si alguno de los dos gallos rebajarían un tanto la tensión. De repente, el pianista terminó una pieza y Johnny Torrio alabó su virtuosa interpretación, batiendo las palmas con cierta desgana. Fue suficiente para dar a entender que, por esa noche, no quería pelea.
– Es bueno el pianista ¿No les parece? – comentó.
Los presentes asintieron como si todos fueran expertos melómanos cuando, en realidad, la música que mejor sabían apreciar casi todos era la de los percutores de sus pistolas. Algunos incluso celebraron el comentario con una sonrisa que en realidad se les escapaba de puro nervio contenido. Cualquier comentario en aquella densa atmósfera que no guardará relación con lo que allí se cocía se hubiera recibido de igual manera.
– Me lo recomendó alguien de confianza. Toca en clubs y fiestas privadas y hasta quiere formar una banda, según me contaron. Lo contraté por una noche para darle otro aire al Capri – contestó Beppe Bartali.
– Ummm…interesante ¿Cómo se llama?
– Duke Ellington.
– Llegará lejos – vaticinó Torrio nunca se supo si por entendimiento en la materia o por no permanecer callado –. Por cierto, me hablaste de una florecilla que me tenías reservada – era evidente que Torrio no encontraba el camino para relajar el clima que él mismo había creado con su ofensiva oferta y el nauseabundo olor que había dejado en el ambiente.
– Creo que no te la has ganado amigo mío. Ya buscaremos con qué brindar cuando se cierre el trato…si se cierra – atajó Bartali muy molesto.
Los hombres de Torrio se levantaron y se dirigieron a la puerta de salida, pero antes, Capone se acercó un poco a Bartali para decirle algo a la distancia de una amenaza.
– Nunca olvido un insulto – sentenció dando media vuelta a continuación.
Cuando se marcharon, Bartali sabía que las cosas no iban a quedar así y que alguien con la ambición de Torrio no se daría por satisfecho con cualquier trato. Había que prepararse para una guerra que no habían buscado, pero La Familia cerraría filas en defensa propia si eso era lo que demandaban los acontecimientos.
Paolo Sforza era algo parecido al lugarteniente de Bartali si bien éste nunca había asignado un escalafón propiamente dicho. Sforza era el cerebro en la sombra de la organización, Bobby Farrell el hombre de confianza sobre el terreno y Michael Buonanotte quien llevaba las finanzas. Los dos primeros se encontraban en el Capri esa noche y se quedaron a la espera de lo que dijese Bartali.
El Patrone se quedó pensativo y fue Paolo Sforza quien se aventuró a tomar la iniciativa.
– Creo que, de momento, ninguno de los muchachos debería ir solo a hacer un encargo. Y vamos a necesitar más gente, Torrio y Capone nos doblan en efectivos.
– En eso pensaba Paolo…en eso pensaba – dijo Bartali lacónico y ausente – encárgate de todo Bobby, que ningún muchacho trabaje sólo. No quiero que ninguno de vosotros vaya a comer, a cagar o a fornicar a solas ¿entendido?
La gravedad del momento era patente. En esos momentos se escuchaba al jefe con atención y se seguían sus instrucciones al pie de la letra.
– Paolo, tú contacta con la gente de Nueva York y de Atlantic City a ver cuántos hombres nos pueden prestar. Los compras, los robas, los secuestras. Me da igual cómo los consigas, pero el martes quiero cien pistoleros aquí ¿me sigues?
– Descuide Patrone, aquí estarán.
– Creo que ahora me ocuparé yo mismo de esa florecilla que reservaba para ese mal nacido de Torrio – dijo Bartali levantándose al tiempo que abrochaba su americana de lino brillante.
En ese momento se oyeron dos disparos en el piso de arriba. Los muchachos se levantaron como si tuvieran muelles en el trasero sacando las pistolas de sus fundas a la vez que una chica desnuda corría en dirección a las escaleras en el piso de arriba pidiendo socorro.
Bobby Farrell, que fue el primero en subir al piso de arriba, me contó que la chica se arrojó en sus brazos buscando protección mientras Mike “El guapo” salía de una de las habitaciones profiriendo toda una colección de blasfemias e insultos. El blanco de su ira era la chica que corría asustada y que ahora, desnuda y temblorosa, era abrazada por Bobby. Era una joven siciliana de figura celestial y un mal genio de mil infiernos que llevaba apenas un par de meses trabajando en el Capri.
La chica le había rajado la cara a la altura de la ceja en un arrebato de orgullo filial y ahora Mike, con toda su cabeza bañada en sangre podía pasar por ser el mismo Lucifer de no ser por la ridícula estampa que producía un gánster en calzoncillos, armado y sangrando como un cerdo. Portaba su fiel “Luger P08” automática y amenazaba a grito pelado con matar a la chica cegado por el odio repentino. Bobby trataba de calmar a Mike para que soltara el arma pero no era una empresa fácil calmar a un tipo de seis pies y medio con más músculo que materia gris.
Mike, en su obstinada furia, apuntaba a Bobby pues la chica se escondía en su espalda, que utilizaba como parapeto.
– ¡Basta ya! – bramó El Patrone desde el piso de abajo.
Bobby aprovechó la autoritaria voz del jefe para desarmar a Mike al tiempo que le sugería que se vistiera. Una de las chicas del bar, a indicación del Patrone, subió de inmediato con el abrigo del propio Bartali para que la chica se cubriera.
Cuentan los que allí estaban que el pianista aprovechó ese momento para salir corriendo del local sin quedarse a cobrar siquiera. Bueno, el tiempo dio la razón a Torrio, y no le hizo falta ese sueldo para terminar triunfando. Yo tengo todos sus discos y, de vez en cuando, los pongo mientras degusto un habano. Aún hoy en día, si te acercas al Capri, puede que alguien te pregunte qué pasó la noche que tocó Duke Ellington.
– Que lleven a ese imbécil a un hospital a que lo curen – ordenó Bartali –. Y bajadme a la chica. Ya ha habido bastante jaleo por hoy.
Los muchachos se encargaron de llevar a Mike al dispensario mientras seguía maldiciendo entre dientes. La chica le había producido un corte en la cara desde la ceja hasta debajo del ojo derecho. El párpado fue lo que peor parte se llevó. Fue el exceso de alcohol lo que le llevó a propasarse verbalmente con la madre de la chica que resolvió la afrenta recordando a Mike que la ocupación es algo que no se hereda.
Se llamaba Agripina Postolatta, un nombre complicado de pronunciar para un americano y muy poco práctico en su mundo por lo que se cambió el nombre de guerra para ser simplemente Jenny. Aquel incidente marcó el fin de su carrera en el Capri pero era una chica de grandes recursos y a los pocos días estuvo trabajando en la cuadra de Madame Marley, cosa que agradecieron sus clientes, incluido mi tío Carlo.
Yo sólo estuve una vez con ella, por pura curiosidad y por cortesía de la propia Marley. Su fama la precedía y he de confesar que era una fama merecida. En la cama hay mujeres de todo tipo pero sólo una como Jenny. Con ella no podías navegar plácidamente disfrutando del paisaje hasta tocar el cielo. Con Jenny era la tempestad más furiosa. Una guerra a dentellada limpia que no acababa hasta que caías rendido, literalmente despedazado en la trinchera.
Supongo que Mike no estuvo a su altura y dijo algo que irritó a la chica y esta decidió que el nombre de su madre no podía estar en la misma boca que trataba de comerle los senos con la torpeza de quien roe un mendrugo de pan duro. La verdad es que nunca supimos bien qué fue lo que dijo Mike en aquella habitación, lo cierto es que le quedó el ojo derecho con una cicatriz y el párpado permanentemente a medio abrir. Desde entonces dejó de ser Mike el guapo y se le conocía como Mike el tuerto, aunque nos guardábamos de decirlo en su presencia por si sacaba su Luger.
Una vez que El Patrone despidió a Jenny preguntó de nuevo por la chica que Bobby Farrell había traído como regalo para Torrio.
– Bobby ¿Dónde dijiste que está la chica que trajiste para Torrio?
– En la suite del fondo jefe.
– No será para ese cerdo sino para mi ¿Cómo dijiste que se llamaba?
– Monique.
Fue la propia Monique quien, años más tarde, me contó cómo fue aquel encuentro con El Patrone. Lo hizo en una de esas noches en las que cansado del trabajo o por alguna razón acudía a refugiarme en sus brazos. Porque sabía que era la única que podía darme calor y abrigo antes que placer. Algunas noches, después de un whisky y un rato de charla amiga ni siquiera tenía la necesidad de explorar el interior de su cuerpo sino que nos dormíamos desnudos y abrazados piel contra piel hasta el amanecer. La noche que me contó lo suyo con Bartali era de esas. Acudí a ella porque alguien decidió cambiar mi vida para siempre…pero eso, es otra historia.

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