Fue Bobby Farrell, durante mis primeros días en La Familia, quién me fue contando detalles de cosas que habían sucedido cuando yo no podía aún comprender su alcance.

– Uno de los momentos más críticos fue el asesinato de Jim Colosimo – me contó.

Yo recordaba aquél momento del mes de mayo de 1920 pero no podía interpretar la importancia que tenía. Me acuerdo de los muchachos vendiendo periódicos que, a la entrada de clase, vociferaban en las calles la noticia.

– ¡Extra, extra! Capo de la mafia asesinado a tiros. Guerra en los bajos fondos. ¡Extra, extra!  – pregonaban ejemplar en mano.

– Paolo y yo mismo acompañamos al jefe en aquella primera reunión con Colosimo en la que se empezó a cocinar el pastel – relataba Bobby Farrell –. Comimos en la mesa de al lado con Torrio y Al Capone y te garantizo que al Patrone no le gustaron ninguno de aquellos dos pájaros, sólo Gran Jim era un hombre de honor, pero en este negocio hay veces en la que tienes que tragar sapos para poder degustar el caviar – contaba Bobby Farrell.

Pero para mí, aquello era algo que no pertenecía a mi mundo. Por entonces yo estaba ilusionado por trabajar con mi padre y tío Carlo. Aquella ciudad, aquél mundo que se transformaba a mis espaldas, me era ajeno.

La primera vez que fui con mi padre a trabajar, acababa de cumplir diez años. Corría el verano de 1919 y fue un regalo de cumpleaños. En aquella época los chicos teníamos prisa por ser mayores y una forma de serlo era comenzando a trabajar. En la pandilla se veía con envidia a todo aquel que lo hacía. Lo normal era comenzar como aprendiz en la fábrica o compañía donde trabajaban los padres o bien aprender su oficio cuando éstos lo tenían. Así que, cuando Tonino Salerno decidió que era el momento para que el chico comenzara a ser un hombrecito, yo estuve encantado. Iba por fin a ver cómo trabajaba mi padre y de paso, vería la noche de Chicago. No conocía las pálidas sombras de las noches de la ciudad desde aquella en la que nos escapamos de casa para ayudar al fugitivo a esconderse y para mí, siempre tuvo algo de misterioso y atrayente. Ver sus calles desiertas y el aroma a humedad reinante le conferían a Chicago un aura de mujer fatal, de esas que cuando pruebas su néctar quedas atrapado por ella.

Ese verano salí con mi padre y tío Carlo a trabajar cuatro o cinco veces, pero la costumbre se prolongó durante el curso escolar siguiente. Solía salir algún fin de semana hasta que el invierno cubrió de nieve los caminos, pero en primavera reanudé la costumbre y tío Carlo comenzó a darme (a escondidas porque mi padre no lo aprobaba), un dólar por cada día que ayudaba. Aquello me hacía sentirme más mayor pues no sólo acompañaba a mi padre sino que tenía un salario que yo guardaba con celo en mi caja de los secretos. En el verano de 1920 ya era habitual que saliera a trabajar dos o tres días por semana.

Recuerdo las calles atestadas el 14 de Mayo de 1920 en el funeral de Gran Jim. Colosimo era un tipo muy querido en la Pequeña Italia y todos quisieron darle el último adiós. Muchas familias le debían un empleo, un favor y sobre todo, todos los italianos le profesaban el respeto que todo buen padre tiene, porque eso era para muchos de los que ahora lloraban su muerte. Por eso, las calles de Chicago se paralizaron aquel día. Nadie se lo quiso perder. Nadie quería ser acusado en el futuro de no haber estado en el funeral de Colosimo.

Bobby Farrell contaba que cuando fueron a mostrar sus condolencias a la casa de Colosimo, allí no faltaba nadie. Habían venido familias desde otros puntos del país. Lucky Lucciano, Joe Masseria, Arnold Rothstein, Vito Genovese, Salvatore Maranzano…Nadie quería ser echado en falta y acusado de haber ordenado su muerte, pero la verdad es que aquellos que lo tramaron estaban mucho más cerca y ahora oficiaban de afligidos anfitriones.

– Johnny Torrio y su perro guardián, Al Capone, procuraron que todos estuvieran cómodos, pero con el cuerpo yacente de Gran Jim aún presente, comenzaron los corrillos en los que se comenzaban a urdir futuros negocios.

Beppe Bartali pudo hablar con Torrio justo después de dar sepultura a Colosimo en el cementerio Oak Woods de Chicago.

– Las partidas que nos envían tus hombres todas las semanas no deben cesar, querido Beppe  – dijo Torrio acercándose al coche en el que estaba a punto de entrar El Patrone – aunque me gustaría que arreglases con Al el acuerdo.

Al Capone, a su lado, sonreía de manera cínica.

A Beppe Bartali le costó un mundo tragar aquella culebra pero siempre fue un hombre más reflexivo que explosivo y eso, en este negocio, era un as en la manga.

Aquel anuncio de Torrio marcaba el comienzo de una nueva época. Deliberadamente mandaba a su lugarteniente a negociar con Bartali, para que quedase bien claro quién gobernaba la ciudad. No podía enfrentarse directamente a Torrio pero tampoco podía permitir que lo humillasen delante de sus hombres.

– Tengo una idea mejor Johnny – comenzó Bartali dirigiéndose a Torrio – ¿Por qué no os acercáis mañana al Capri los dos? He traído tres chicas nuevas de Paris que saben hacer maravillas con la boca. Hay una cuarta aún sin desflorar que requiere un hombre experto que la inicie. Alguien distinguido como tú. Sería un buen modo de sellar nuestro nuevo acuerdo ¿no crees Johnny? – dijo Bartali poniendo toda la intención del mundo en la sonrisa que le dedicaba a Torrio –. Si te gusta, incluso te la podrías llevar a uno de tus clubs ¿Qué me dices?

A Torrio se le escapó una leve sonrisa lasciva y Bartali supo que, de momento, había ganado el terreno de juego pues en la comisura de sus labios se vislumbraba que ya soñaba con el banquete.

– ¿Qué edad tiene?

– Dieciséis.

– ¿Te parece bien a las nueve? – concretó Torrio.

– Perfecto. A las nueve entonces.

Cuando subieron al coche, Bobby Farrell preguntó al Patrone por la chica.

– ¿Dónde está esa chica jefe?

– La vas a encontrar tú. Busca una chica guapa y pobre en el barrio francés que pase por tener dieciséis años y que tenga la flor en su sitio. Paga lo que haga falta. Y la quiero en mi despacho mañana por la mañana. A las once.

– Comprendo – dijo Bobby.

– Otra cosa – continuó Bartali –. Si está desflorada y se descubre el pastel después, dile que la matarás. No quiero ninguna zorrita aprovechada que arruine el negocio ¿Me sigues?

– Si jefe, descuide

– Hay puertas que es mejor abrir con la polla – sentenció Bartali.

Por aquella época, a mi tío Carlo le iban muy bien las cosas. Sus clientes se habían multiplicado y tenía otros dos empleados más, aparte de mi padre. Había comprado una flota nueva de camiones Ford que sustituyeron a las primeras Oldsmobile y se podía decir, que el negocio marchaba bien. Al granjero en esos años también le había venido bien el acuerdo y había triplicado sus cabezas de ganado con respecto a cuándo mi tío le propuso el asunto. También Chicago se estaba convirtiendo en una gran ciudad y más granjas y negocios en torno a la leche habían nacido y constituían la competencia de mi tío.

Recuerdo esa primera noche y como me corrían bichos por el estómago esperando el momento. Esa sensación de salir de noche porque ya eres mayor y descubrir cómo se ganaba la vida tu padre es irrecuperable, sólo se tiene una vez en la vida y tan sólo la memoria puede aspirar a alcanzarla. Aquella primera noche, mi padre que sabía que guardaba objetos en mi caja secreta para acordarme de algún acontecimiento en el futuro, me regaló una pata de conejo. Me la dio y me dijo que daba buena suerte y que me serviría para recordar aquella noche.

Nos reuníamos en la casa de tío Carlo, en las afueras, desde donde nos dirigíamos a la granja que le suministraba la leche. Recuerdo el olor de las vacas, algo que nunca había percibido y recuerdo como me impactó comprobar lo grandes que eran esos animales y la cara de buenas personas que tenían. Una vez que cargábamos los bidones con la leche, volvíamos a casa de tío Carlo en donde ya esperaban los otros dos empleados de mi tío. Allí se embotellaba la leche mediante un ingenioso artilugio que diseñó mi padre. Compramos una marmita gigantesca con capacidad para doscientos litros a la que se acoplaron en la parte baja de toda su circunferencia cuarenta grifos. Llenábamos la marmita con los bidones y, abriendo los grifos se llenaban cuarenta botellas a la vez. Las íbamos cerrando a mano, labor en la que yo ayudé desde el primer día. Cuando la botella rebosaba y mientras llegábamos a cerrarlas, derramaba el exceso en un canalón que desembocaba en otra marmita más pequeña. Esa leche sobrante se utilizaba para hacer quesos y mantequilla. Mi tío había transformado un antiguo granero adosado a su casa en una pequeña industria y el negocio iba viento en popa.

Cargábamos los cuatro camiones con la leche embotellada y nos dirigíamos a una taberna de las afueras que regentaba una irlandesa pecosa y pelirroja que atendía por Mati, sobrenombre de McTildon que era su apellido de soltera. Su marido, un americano de Fort Lauderdale, no había vuelto de la guerra adonde acudió por convicción propia e ideas ajenas. Ella seguía llevando la taberna mientras el ejército no le confirmase que su marido había muerto. Y mientras los meses pasaban eternos sin noticias temía y soñaba con ese día. Si algún día, el gobierno le confirmaba la peor de las noticias, había decidido volar muy lejos de allí y hacer realidad su sueño de ayudar a los demás. Iría allí donde pudiese ser útil ya fuese en la lejana China, África o Wisconsin. Si la vida le negaba a su marido y los hijos que no habían tenido, entregaría el resto de sus días a hacer el bien.

En la taberna, los hombres tomaban un trago antes de comenzar una jornada que se prolongaba hasta el amanecer. A mí me daban zarzaparrilla pues aún no estaba en edad de probar el alcohol. Partíamos todas las noches de aquella taberna a faenar cada uno su ruta. Yo me montaba en el camión con mi padre y procuraba participar en el trabajo todo lo que podía.

Mi padre, que era un hombre de emociones contenidas, no decía nada cuando yo, preso del entusiasmo infantil, salía disparado a dejar el pedido en la puerta del cliente. Cuando llegábamos frente a una casa me decía lo que había que repartir y yo lo dejaba en la puerta de la casa indicada.

– El 151 de Foster Ave, 3 botellas y un queso – decía.

Mi padre reía y me decía que no hacía falta correr o me cansaría pronto, pero a mí me hacía una ilusión terrible ser diligente en la entrega.

A medida que lo acompañaba más veces iba memorizando direcciones, clientes y aquello que solían consumir y jugaba a adivinar el pedido adelantándome al mismo. Le decía a mi padre el nombre del cliente y lo que había que dejar esperando haber acertado.

– Los Robinson: el 33 de Roscoe Street, 2 botellas y una libra de mantequilla – decía seguro de mí mismo.

Mi padre disimulaba su satisfacción asintiendo o bien me corregía si no acertaba. A veces me recordaba que había que mirar la hoja de pedidos ya que algunos clientes necesitaban más o menos cosas por algún hecho puntual. Esto, normalmente lo dejaban escrito en una nota en la puerta. Había que estar atento a ellas cuando dejábamos el pedido pues había que anotarlo en la hoja de ruta del día siguiente para dejarles el pedido correctamente.

A veces, cuando la noche avanzaba y el cansancio iba haciendo mella en mí, me quedaba dormido en el traslado al siguiente cliente. Mi padre debía de sonreír entonces de pura satisfacción, aunque yo nunca lo vi hacerlo. Sólo sé que cuando el sol comenzaba a rasgar de luz el horizonte, yo me despertaba cubierto por su chaquetón.

Tonino Salerno fue un buen padre y me enseño que había que ser meticuloso, ordenado y eficaz en el trabajo y cuando fui mayor, lo apliqué a mi mundo.

Aquellas enseñanzas me vinieron muy bien. En los negocios de honor hay que tener perfectamente calculada la jugada pues no hacerlo te podía costar la vida, pero eso…es otra historia.

Photo by Jorbasa

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