La barbería de Floyd Newman era, ante todo, un lugar amable. El bueno de Floyd con sus manos de ex boxeador, grandes como una traición, y más adecuadas para estrangular los cuellos que delicadamente afeitaba que para rasurarlos, se había ganado el cariño y el respeto del barrio, incluyendo a la mafia. Aquellas manos, que se volvieron expertas con el paso de los años atestiguaban lo poco que quedaba de aquél joven bronco y pendenciero al que un día rescató el reverendo Avery Thomas de acabar en el fango.
El señor Thomas lo logró a través del boxeo. Pero pasados los años le reveló, que él sólo le había mostrado el camino. Era el propio Floyd, al decidir seguirlo quien se había redimido.
El viejo pastor solía acudir a la barbería a cortarse el pelo una vez al mes. Floyd Newman nunca quiso cobrarle, cosa que irritaba al reverendo que siempre amenazaba con no volver. Pero que era incapaz de cumplir su amenaza porque quería a Floyd como a sus propios hijos y no había nada que le gustara más que una charla sobre boxeo con su querido ahijado. Sus despedidas se habían convertido en parte del paisaje de la barbería pues siempre, una y otra vez, acababan del mismo modo.
– ¿Qué te debo muchacho?
– Volver – contestaba Floyd.
A continuación Avery Thomas solía mirarlo de arriba abajo como si le perdonara la vida para sonreír acto seguido.
– Sólo si no vuelves a contar tu último combate, maldito cabezón.
Esto último había veces que lo coreaban al unísono los presentes que ya se conocían el guión. Al final, los dos hombretones se reían y se daban un abrazo.

El día en que Bartali y Torrio se vieron en la barbería, Floyd Newman cerró para que los dos capos hablasen a solas durante una hora más o menos.
Ninguno de los dos se fiaba del otro y ambos mandaron a sus muchachos por delante a inspeccionar el lugar. Una vez comprobado que no había nadie escondido con una metralleta en el baño o la trastienda, los dos jefes se bajaron de sus coches y dejaron a un par de pistoleros en la puerta haciendo guardia. Mike fue nuestro hombre en la puerta mientras que por “El Equipo de Chicago”, como era conocida la banda de Torrio, fue el mismo Capone quien se encargó. Alguien bautizó aquel encuentro como la mañana de los caracortada por aquello de que Mike El tuerto y Al Capone fueron los vigilantes, dos tipos con una cicatriz en el rostro, malas pulgas y el gatillo suelto.
Poco trascendió de lo que allí hablaron. Ni siquiera Bobby Farrell supo exactamente el contenido de aquella conversación pues Bartali guardó para sí los detalles del encuentro.
Lo que supe de aquella reunión fue a través de lo poco que sabía Bobby y también atando cabos sueltos de los asuntos que transcendieron.
Aquel día, Beppe Bartali fue más “Don Guiseppe” que nunca. Se disculpó un tanto con Torrio por el modo en que lo había tratado la última ocasión, pero estaba acorralado y no es buena idea arrinconar a un gato. Una vez untado un poco de bálsamo en el ambiente Bartali le expuso a Torrio su plan.
Todas las bandas tenían su propio territorio, pero no todas lo respetaban de igual forma y además, algunos capos trataban de expandir sus dominios comiéndoles terreno a los vecinos. Se trataba de arrancar el compromiso de todos de acabar con aquello pues sólo conducía a tener que acudir a uno o más entierros por semana. Era algo que podía ver cualquiera pero muchos estaban cegados por la ambición. Así los muertos iban acumulando la sed de venganza entre las bandas alimentando un círculo vicioso que no parecía tener fin. Había que detener la sangría y Bartali tenía un plan. Comparado con O’Banion o Torrio no controlaba mucho territorio y su peso entre las bandas era relativo, pero estaba muy bien relacionado. Ese había sido su fuerte desde siempre y tener al gobernador, al alcalde y parte de la policía entre sus amistades le otorgaba una posición privilegiada. El resto de las bandas, si querían tener un contacto en algún lugar estratégico tenían que sobornarlo. Bartali llevaba haciendo negocios con ellos desde mucho antes de la prohibición y confiaban en él. Basándose en ese apoyo acudió a la cita. Tenía que parecer que el gran Johnny Torrio era el quien convocaba a todas las familias de la ciudad a una gran reunión en la que se dejasen claras las cosas evitando una guerra que de modo soterrado ya estaba declarada.
Bartali no quiso ceder ni un centímetro de su territorio como pretendía Torrio para entregárselo a Capone pero a cambio de no tocar las cosas le ofreció el veinticinco por ciento del contrabando. De esa forma, ambos cedían algo en sus pretensiones. Bartali había calculado que teniendo a Torrio como socio, sus envíos estarían más seguros y nadie osaría tocarlo con lo que sólo tenía que vigilar a su socio y a su perro guardián. Además, al organizarse mejor las cosas se podría pensar en expandir el negocio a los condados de alrededor, algo en lo que nadie había pensado aún pero que, según los cálculos de Bartali podrían suponer tanto dinero como el que se recaudaba en Chicago. Por eso le cedió ese cuarto de su pastel. Es cierto que, pasado el tiempo, Torrio no se conformó con aquel acuerdo alcanzado pues la venta de alcohol en esos condados creció de manera exponencial. Pero en esa ocasión, Bartali le vendió por una buena suma otro veinticinco por ciento convirtiendo a Torrio en su socio al cincuenta. El tiempo le dio la razón al Patrone en el plano económico y en apenas año y medio recaudaba más con el cincuenta por ciento del negocio de lo que antes obtenía por el cien por cien. De paso le llenaba los bolsillos a Torrio y es bien sabido que un león saciado no ataca. Había salvado intacto su territorio de la ambición de Capone, había conseguido que la gran reunión entre las bandas la presentara Torrio y se había evitado una guerra. Por eso se decía, que aquella mañana de los caracortada en la barbería de Floyd, se había firmado una paz.
No obstante y para no poner todos los huevos en el mismo cesto, El Patrone se había preparado para la guerra y en esa semana arribaron a la ciudad pistoleros de los más variopintos puntos del país. Paolo estaba haciendo un buen trabajo y aquellos muchachos, lejos de asegurar una victoria en ella, garantizaban la paz. Setenta y cuatro tipos duros que nunca se supo cómo los consiguió Paolo.
Si pude saber que Bartali le entregó a Torrio un paquete envuelto en papel de regalo del tamaño de una caja de zapatos. Antes de entregárselo le contó una breve historia.
Cuando se entrevistó con Colosimo para establecer la sociedad, le había prometido desenmascarar a la rata que Rutherford tenía en la cocina. Este había sido quien había puesto a la brigada tras la pista de los cargamentos que procedían de Ohio por ferrocarril y del que Colosimo se abastecía. El soplón tenía un contacto dentro de la policía y Bartali cenaba en El Capri con muchos de ellos. Cuando se interceptó aquel cargamento El Patrone ató cabos y supo pronto de donde procedía la fuga.
Walter Peck era un policía brillante en ciernes pero su exceso de entusiasmo y falta de discreción lo condenaron. De otra parte, Colin Lamarck, era oficialmente un simple trabajador de una fábrica de productos químicos en un pueblo de Ohio, la “Rutherford Company”. Cuando la viuda de Lamarck pudo arreglar los asuntos de su marido comprobó que en el banco poseía una buena cantidad de dinero que era imposible que procediese del trabajo. Alguien más estaba metido en el ajo y era quien ponía los dólares. Un simple policía no paga tan bien a sus confidentes, así que alguien de mucho más arriba lo hacía y eso aún no lo sabía El Patrone, por lo que se anduvo con pies de plomo en lo sucesivo con sus amigos de aquella comisaría y le advirtió a Torrio para que también llevara cuidado. El regalo que Bartali había envuelto con mimo en aquella caja era la lengua de Colin Lamarck.

Mientras la ciudad trazaba sus propias leyes en una barbería yo comenzaba a trabajar siendo un niño. Salvatore había puesto pies en polvorosa después de la muerte de Guido y a mi tío no le quedó más ayuda que un muchacho al que la vida le bebió de un trago la niñez y la sonrisa.
Desconozco quién da los carnets de adulto, si es Dios o delega en algún otro. Lo que sí puedo afirmar es que el día en que mataron a mi padre, mi ángel de la guarda y el suyo debían de tener el día libre y alguien me largó el carné de hombre cuando aún celebraba orgulloso cada nuevo pelo que me crecía en el pubis.
Carlo Rossi era incapaz de atender con un sólo camión las cuatro rutas ni redoblando esfuerzos y perdía clientes con rapidez. Cuando Salvatore nos abandonó le revelé que sabía conducir, que mi padre me había enseñado y que me conocía de memoria su ruta. Mi tío Carlo se resistió una semana más pues pretendía encontrar tres hombres que suplieran a los que no estaban, pero aquella era ya una empresa maldita. El barrio conocía que la gente de O’Banion había matado a dos hombres en pocas semanas y no querían trabajar para él. El FBI también lo sabía y hostigada a tío Carlo para que cantase lo que sabía. Quería tener pruebas para encerrar a O’Banion sin sospechar que aunque Carlo Rossi hubiera abierto la boca difícilmente hubieran tenido pruebas contra él. Fueron sus hombres quienes hicieron el trabajo sucio mientras él andaba en otra parte de la ciudad.
Asediado por la necesidad mi tío acabó por aceptar que un niño era su mejor opción para poder conservar un medio de vida que se borraba ante sus ojos como un castillo de arena azotado por el viento. En realidad fui su única opción, así que fui una solución más que una elección.
Fueron años complicados. Hasta entonces mi vida transcurría entre el colegio y los juegos de tarde con la pandilla. De repente, todo se dio la vuelta como un calcetín y me vi abocado a llevar una vida de adulto y tener que ganar el pan de mi familia a golpe de volante. Durante aquellas noches, mi única compañía era la luna, una luna que siempre que la miraba me dejaba embelesado con su luz, como si me recordará a alguien, un nombre, un rostro y que ahora, rebasados los ochenta, me sigue ocurriendo. Quizás cuando muera resolveré el enigma en la otra vida… O quizás no. Puede que nunca lo sepa y sea una ilusión más de esta vida llena de mentiras y palabras vacías.
Lo que comencé a llevar aquellos días fue la pata de conejo que me regaló mi padre el primer día que salí de noche con él. Es curioso como algunos objetos nos pueden hacer compañía con solo verlos o tocarlos. De forma mágica se convierten en personas y de esa forma sentía que mi padre venía conmigo.
Recuerdo años después, que un día de acción de gracias, cenamos en casa de tío Carlo toda la familia, incluyendo a Constanza Williams que dado su complicidad con tía Margaret, era una más de la misma.
¿Cómo olvidar aquella noche? El propio Patrone nos honró con su visita acompañado de su bella esposa con la que se había casado dos meses antes. Él hizo los honores de bendecir la mesa y mi tío recordó que cuando empecé a llevar un camión me costaba trabajo llegar a los pedales y ver la carretera por encima del cristal pero que siempre había sido un chico muy despierto y decidido.
– Eso fue lo que vi en ti cuando te conocí – dijo El Patrone mirándome mientras me señalaba con el tenedor –. Siempre tuviste los huevos bien puestos – añadió.
Ornella me cogió la mano por debajo de la mesa mientras me miró con la dulzura que sólo ella fue capaz de transmitirme.
– Y en mí, ¿qué viste al conocerme? – preguntó la mujer de Bartali haciéndole una caricia con su dedo en el dorso de la mano que empuñaba el tenedor.
– A ti te lo había visto todo antes de conocerte – contestó El Patrone mientras estallaba en una carcajada que fue secundada por casi toda la mesa incluyendo a los más pequeños, aunque ellos no lo entendieran.
Era un día feliz y el vino también favorecía el clima relajado. No obstante, me vi en la obligación de reprender el comentario.
– Patrone, ahora es su esposa y le debe un respeto – le dije sin pestañear.
A lo largo de los años, Bartali se habituó a que todos le rieran sus gracias. Yo puede que fuera el único que le decía lo que no me parecía bien a la cara, algo a lo que no estaba acostumbrado. Quizás por eso me había nombrado oficialmente su sucesor si a él le pasara algo.
– ¿Lo ves Carlo? – preguntó en voz alta mirando a mi tío – Es el único que tiene los huevos de decirme estas cosas de frente.
Bartali se volvió a su mujer y cogiendo su mano se disculpó.
– Nancy, mi amor, te ruego que me perdones. Mi amigo y consejero Luca, tiene razón… como casi siempre.
Aquellos años de duro trabajo me curtieron como un pellejo al sol de Nevada y forjaron el tipo que sería más tarde. Pero el camino no fue fácil y en él me dejé lo que me quedaba de niñez.
Durante unos dos años mi tío y yo trabajamos codo con codo pues durante ese tiempo siguió sin poder encontrar alguien que quisiera trabajar con él. Pesaba lo ocurrido en la taberna aquella lejana noche y, aunque el FBI terminó cerrando el caso harto de darse contra un muro de silencio, la gente no quería meterse en problemas. Cuando a principios de 1924 mi tío encontró por fin a un tipo de Arizona sin nada que perder salvo la vida, dispuesto a trabajar para él, mi vida cambió un poco. Me dediqué sólo a cobrar los viernes por la tarde a todos los clientes y, a cambio y en agradecimiento, mi tío le prometió a Isabella Marconi, mi madre, darle el sueldo íntegro.
El Martes, 3 de Junio de 1924, cumplí quince años y el viernes de esa semana, mi tío quiso regalarme algo especial.
– Ya eres un hombre Luca. Lo has demostrado todo este tiempo trabajando duro. Solo te falta una cosa para terminar de serlo y sé dónde está. Dúchate, nos vamos cobrar y después a tomar un trago como dos hombres.
Aquel viernes dejamos para el final a un cliente muy especial. Cuando nos abrió la puerta se quedó un tanto descolocada pues yo había cambiado bastante desde la primera vez que me vio.
– ¿Este chico tan guapo y espigado no será tu sobrino?
– Si Marley es él. Una vez me dijiste que cuando quisiera hacer de él un hombre no lo llevara a cualquier lado, que te lo trajese a ti. Es su regalo de cumpleaños. Cumplió quince este martes.
– Pasad.
– ¿Crees que Jenny será demasiado para la primera vez?
– Sube tú con ella, yo me encargo de este chico. Te devolveré un hombre.
Mi tío sonrió y yo me empecé a morir de miedo ante la certeza de lo que se me venía encima. Aquella certeza hizo que mis pantalones se revolvieran furiosos ante la reacción que en su interior se producía, una respuesta tan inmediata que sólo la bomba de hormonas que eres a los quince años es capaz de generar. Instintivamente me protegí con las manos colocándolas debajo del cinturón tratando de disimular lo evidente, pero a Marley no podía engañarla un imberbe de mi edad.
– Tranquilo cariño, te enseñaré a ir sin prisa. Deja que ella me mire… me gusta – dijo mientras bajaba la mirada mucho más de lo que yo hubiese querido.
Me llevó a su cuarto, que estaba detrás de la cocina que ya visité la otra vez. Lo que ocurrió allí… sí es otra historia.

Photo by mariana.maia

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