Sólo se recuerda a quien se quiere. Por eso es muy fácil saber a quién quieres y quién no. Quien te olvida, no te quiere y a quien olvidas es porque ya pasó.
Hay mujeres que se te quedan adheridas a la piel toda la vida. Mujeres que duelen, que rasgan, que besan, que acarician el alma o que odias. Pero esas mujeres, de alguna forma, se quedaron dentro porque con ellas caminaste parte de tu existencia. En mi caso, siempre fueron breves paseos, pues ni siquiera amé a mi esposa a la que respeté a mi manera y a la que procuré una vida plena, hijos incluidos. No sé si fue el temprano consejo de Monique u otras cosas que ya estaban presentes en mi vida cuando me acosté con ella, pero lo cierto es que mi incapacidad para enamorarme, tiene mucho que ver con los dos únicos amores de mi vida, Ornella y mi madre: mis dos mujeres. Si echo la vista atrás, sólo ellas fueron parte de mí, pero en el camino hubo unas cuantas a las que me llevé pegadas en algún rincón de mi interior.

Los viernes por la tarde era día de cobro y en ese verano también acompañaba a mi padre o a mi tío en esas tareas. Cada uno cobraba a los clientes de su ruta. La de mi padre la conocía bien pues yo mismo les dejaba la leche en la puerta, pero recuerdo que era excitante ponerles caras a esas puertas en donde dejaba el pedido. Me divertía jugando a adivinar cómo serían esas personas de las que sólo conocía el nombre. Así supe que los Kelly no eran una pareja de ancianos sino un joven matrimonio irlandés con un niño pequeño y regordete que me hacía mucha gracia. Los Radcliffe, a los que imaginaba como un par de aristócratas venidos a menos a juzgar por las dimensiones de la casa de estilo colonial unido a su pésimo estado de conservación, resultaron ser una pareja de ancianos adorables que siempre me obsequiaban con algún dulce o una chocolatina que yo partía a la mitad para dársela a Ornella. Me contaron que habían perdido a su único hijo con apenas veinte años sin que les hubiera dejado un nieto al que querer, por eso eran tan amables con los niños. La señora Rodgers, que gastaba más leche que algunos matrimonios con hijos, me despistó bastante, pues la imaginaba como una viuda oronda y descuidada que se pasaría el día mojando sopas de pan en tazones de leche, y resultó ser otra cosa. Era viuda, pero eso no tuve que adivinarlo pues en la hoja de ruta ponía viuda Rodgers. En el resto de mi particular juego no di ni una. Era una mujer de mediana edad y modales refinados que vestía con exquisitez y buen gusto. En cuanto a la leche, la detestaba y eran sus gatos, de los que tenía la casa llena, los que la consumían.
Cada vez que adivinaba cómo eran los habitantes de las casas me ponía muy contento y me apuntaba un tanto en un marcador imaginario.
Los Marconetti fueron mi acierto número veintiuno. Antes de verlos por primera vez me dije a mi mismo que eran fáciles de acertar. Con ese apellido sólo podían ser un ruidoso matrimonio italiano con más niños que sillas en la casa y cuyo volumen de conversación se aproximaría a los gritos de un náufrago pidiendo auxilio a un barco divisado en el horizonte. Cuando la señora Marconetti abrió la puerta y nos saludó, una íntima satisfacción me recorrió como siempre que acertaba, pues un chiquillo de menos de un año berreaba acomodado en uno de sus costados y otros dos más de corta edad tirando de su falda, gritaban y lloraban acusando al otro de algo. Al parecer se habían pegado y se echaban la culpa mutuamente. Detrás de estos tres, divisé dos niñas más de unos seis o siete años tiradas en el suelo jugando a muñecas. Fue ese acierto con los Marconetti, lo que me llevó a preguntarme por qué yo no había tenido más hermanos que Ornella. Nunca lo había visto así, pero lo normal entre mis amigos era que fueran parte de familias numerosas.
Aquél viernes que conocí a los Marconetti y su innumerable prole me quedé muy pensativo. Recuerdo que estábamos cenando cuando lo pregunté en la mesa.
– Papá, ¿Por qué todos mis amigos tienen más hermanos que yo? Yo sólo tengo a Ornella.
Quizás un niño no puede comprender el alcance de algunos actos, pero se da cuenta de que algo ha pasado porque de repente, el teatro de la vida cambia el telón de fondo. Mi madre, con el gesto contenido, se apresuró a levantarse de la mesa compungida y sólo acertó a musitar que volvía en seguida.
Me invadió un sentimiento de culpa extraño. No sabía qué tenía de malo mi pregunta pero estaba seguro de haber transgredido unos límites que ignoraba estuvieran presentes. En todas las familias hay un tabú, algo que no se nombra y yo, que era un niño, desconocía al monstruo que vivía en la mía.
– Dios no quiso que tuviéramos más hijos – fue todo lo que dijo mi padre con gesto resignado.
El rostro de Isabella Marconi es con seguridad el que conservo más fresco en la retina, aunque curiosamente lo recuerdo, congelado en el tiempo, con los poco más de treinta que tenía cuando yo era un niño. Quizás sea la memoria que se hace tierna la que decide con qué edad recuerdas un rostro. Conocía sus facciones como si fueran mías, por eso sé que estuvo llorando en silencio para que ninguno la viéramos. Me sabía culpable de no sabía qué delito.
Aún tardé varios años en saberlo y fue en el tiempo en que ya trabajaba a las órdenes del Patrone. Fue en una de esas tardes de café y charla con mi madre cuando me atreví a preguntar por aquella espina que tenía clavada. Para entonces, ya conocía la verdad sobre Ornella, pero me faltaba una pieza que encajar en ese puzle.
En aquellos tiempos habría de ver por primera vez a dos mujeres que tuvieron una página propia en mi vida. Una se llamaba Susan y era la mujer de un gánster. Por aquél asunto terminé dedicándome a los, digamos… negocios de familia. La otra se llamaba Marley y no era mujer de nadie aunque a algunos, a los que la calentura de su bragueta les llegaba al cerebro, pensaban que era mujer de todos. Lo cierto es que sólo era de quien ella decidía desde aquel lejano día en que le descerrajó cuatro tiros a su marido.
El día que conocí a Susan O’Donnell llovía, como si fuera un presagio de lo que habría de ocurrir años más tarde.
– Buenas tardes Tonino ¿Este chico tan guapo es tuyo?
– Es Luca, mi hijo – contestó mi padre –. Saluda a la señora O’Donnell – añadió.
Había algo en Susan O’Donnell que siempre me llamó la atención, me turbaba y agitaba sin saber de dónde procedía ese miedo o lo que fuera. No comencé a descifrar el enigma de por qué me sentía intimidado en su presencia hasta que fui dejando de ser un niño. Para entonces, también comprendí por qué notaba a mi propio padre dubitativo y balbuceante en su presencia.
Cuando eres un niño no comprendes bien el poder erótico que emana de una bata ligeramente abierta que muestra el camisón que hay debajo y deja imaginar la turgencia de unos senos que acarician el raso por dentro como queriendo ver mundo. Tampoco sabes descifrar el magnetismo que irradian unos labios pintados de rabioso carmín. No entiendes qué hay de turbador en salir a pagar la cuenta semanal de la leche fumando en boquilla larga mientras la abertura del vestido deja entrever, como por descuido, una liga que electrifica el ambiente. O qué tiene de embriagador el sofocante perfume que la precedía y que impregnaba el ambiente de una sensual fragancia. No identificas ninguna de esas señales por ser muy niño, pero sentía que todas me agarraban por dentro, en algún ignoto lugar que aún no conocía.
Susan se vestía como otras se desnudaban, pero las primeras veces que la vi, aún estaba demasiado tierno como para comprender. A medida que el tiempo avanza, hay cosas que nadie tiene que explicarte pues las certezas nacen de dentro. Un día lo sabes, es así de simple, y ese rompecabezas ilegible comienza a tener una lectura dentro de ti.
Antes de meterme entre sus sábanas, Susan O’Donnell se había metido entre las mías en ese tiempo en el que descubres tu propio cuerpo. Esa época convulsa en la que tú cuerpo comienza a cambiar y sólo las manos parecen saber qué hacer.
La otra mujer se llamaba Marley y la conocí con trece años. Para entonces mi padre ya había sido asesinado y yo ayudaba a mi tío en todo.
Un viernes, acosado por los ardores al sur del ombligo, pasó por el burdel con la vaga excusa de anunciar que no podía quedarse pues iba con su sobrino. Con Marley el asunto fue distinto a lo que fue con la señora O’Donnell, menos inquietante. No hubo tanta zozobra interior como con Susan, quizás porque yo era casi dos años mayor y llevaba las hormonas por fuera como una segunda piel. Con trece años ya comienzas a interpretar ese otro lenguaje oculto que un niño no capta.
La tarde comenzaba a declinar cuando tío Carlo tocó el timbre del caserón de dos plantas de las afueras. Fue Madame Marley quien nos abrió la puerta.
– Hoy no podré quedarme Marley, me he traído a mi sobrino para que vaya cogiéndole el aire al negocio. Ahora es él quien me ayuda. Sólo quería decírtelo.
– ¿Y para dar aviso de algo a lo que no estás obligado vienes a verme? – rió Marley – ¿ No será que quieres un trabajito rápido? – preguntó sin parar de sonreír.
– No…Esto… Verás – tío Carlo comenzó a balbucear hipnotizado por la mirada de aquella mujer y los gritos mudos que lo llamaban desde dentro del burdel.
– Anda encanto, no seas tonto y sube arriba, Jenny está libre – dijo guiñándole un ojo –. Yo me quedo con el niño.
Me quedé en el recibidor de la casa a solas con ella mientras mi tío subía a grandes zancadas por las escaleras mientras iba desabrochándose el nudo de la corbata.
– ¿Quieres un chocolate caliente? – me preguntó mientras me invitó a seguirla por el pasillo que daba a la cocina.
Recuerdo aquel paseo a la cocina como el primer momento de mi vida en el que fui consciente de que dejaba de ser un niño pues mientras la seguía a la cocina, un par de metros atrás, no podía apartar mis ojos de su trasero. Vestía una larga falda negra entallada, con motivos dorados bordados, una blusa cruda escotada y cubría sus hombros con un chal de lana negro. Iba descalza y mientras andaba, yo iba en trance observando el suave balanceo de sus nalgas de un lado al otro. Aquello no eran unas caderas sino el péndulo de un hipnotizador. Cuando llegó al quicio de la puerta se volvió para invitarme a pasar a la cocina y, sonriendo, me invitó a pasar delante.
– ¿Cómo te llamas encanto?
– Luca Salerno, señora.
– ¿Te gustan las galletas? Tengo un cliente que me las regala. Saben a vainilla y están deliciosas, las hace su mujer y ya le he dicho que nunca la dejé o, si lo hace, que me dé la receta – dijo en una imperceptible carcajada que más parecía flotar en el ambiente que salida de sus labios.
Me sirvió un chocolate espeso y unas galletas y nos sentamos en una mesa mientras trataba de entablar una conversación conmigo.
Fue una sensación extraña que no me dejaba disfrutar de unas galletas que estaban muy ricas, pero es que a mi izquierda, acodada en la mesa, Marley dejaba al descubierto un escote del que no podía apartar la vista y al que acudía a mirar de reojo con frecuencia. Los calores comenzaban a asediar mis cuatro costados y una fuerza embravecida acosaba mis pantalones por debajo de la mesa. Mándame Marley comprendió al chiquillo que pugnaba por disimular al hombre que empezaba a apuntar en su interior y mirándome con dulzura se compadeció de mí.
– El niño se hace hombre – dijo sonriendo mientras me acariciaba el pelo –. Encanto, dentro de poco querrás algo más que galletas – añadió como sabiendo toda la batalla que se producía en mí mientras, en apariencia, comía galletas.
Cuando mi tío Carlo bajó de la habitación, Marley y yo charlábamos como dos amigos. Sabía lo de mi padre y ambos compartíamos desgracia pues su padre también murió cuando ella era una niña. Eso hizo que empatizáramos en el dolor y que mi tío Carlo nos encontrase conversando cuando bajó del piso de arriba bañado en sudor.
– Jenny nunca defrauda ¿verdad Carlo? – preguntó muy segura.
– ¡Y qué lo digas Marley! Es la mejor – dijo dándole dos billetes.
Cuando ya nos íbamos, Marley le dijo algo a mi tío que yo no comprendí hasta más tarde.
– Carlo: el niño se te hace mayor. Hazme un favor. Cuando quieras hacer de él un hombre, no lo lleves por ahí: tráemelo a mí.
Aquella petición fue premonitoria…pero eso, es otra historia.

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