Una noche en el Capri, me contó Toby durante un descanso de la orquesta, que a los regalos les pasa como a las antigüedades, que ganan valor con el tiempo, pero que para alcanzar esa certeza hacían falta años.
¡Qué razón llevaba el viejo saxofonista! Así ocurrió con los dos obsequios que me hizo Beppe Bartali la noche que lo conocí. La Smith & Wesson porque cada vez que un hombre saca una pistola, tiene que estar dispuesto a recibir una bala y ella nunca me falló. Y Monique, porque cuando los años pasaron, sus tetas se descolgaron y sus besos dejaron de ser de pago, no era necesario el sexo para disfrutar de su amistad y compañía. Bastaban un café o un whisky… y eso la hacía más bella.
Aquella primera noche con ella fue especial, quizás porque en ella se forjó una amistad que perduraría en el tiempo.
Dejamos a Beppe Bartali y los demás charlando en la mesa y nos dirigimos arriba, a una de las lujosas habitaciones del Capri.
– ¿Cómo te llamas encanto? – me dijo nada más cerrar la puerta.
– Luca Salerno, contesté.
– Pareces muy joven para empezar a trabajar con el Patrone.
– Estoy a punto de cumplir los dieciséis.
– Pues pareces mucho mayor. Yo diría que te afeitas a diario. Tienes la barba cerrada, los músculos duros y en su sitio y unos ojos de hombre seguro. No voy a tener la sensación de encamarme con un nene – dijo mientras me examinaba con la mirada y palpaba mi espalda en un simulacro de abrazo, como queriendo verificar si mentía en cuanto a la edad. Recorría mi anatomía con su azul mirada para, a continuación, mirarme a los ojos y volver a fijarse en algún músculo que se le hubiera pasado por alto. Sabía jugar al ancestral juego de seducción con el que una mujer se vuelve más peligrosa que el cañón de una recortada, y lo hacía bien.
– ¿Te vas a desnudar, o prefieres que lo haga yo? Por lo que cuentan, no va a ser la primera vez que estés con una mujer.
– ¿Y qué es lo que cuentan de mí? – pregunté sacando la pitillera de un bolsillo – ¿Fuma?
– Si cielo, aquí se fuma, se bebe y se fornica básicamente… y me puedes tutear nene, soy una chica fácil.
– Pues no parece usted una… esto… – me trabé sin hallar una palabra menos ruda que la que me venía a la cabeza.
– ¿Una puta? Lo puedes decir nene, no me voy a espantar.
– Haremos una cosa. Yo la empiezo a tutear si usted promete no llamarme nene nunca más.
Saqué dos cigarrillos de la pitillera y le ofrecí uno a Monique. Le acerqué un fósforo y dejé que ella me echase lentamente el humo a la cara mientras me dedicó la primera de sus sonrisas.
– Está bien encanto, ¿cómo prefieres que te llame? – dijo dando una calada y esparciendo su sensualidad volatilizada en humo por toda la habitación.
– Luca, con Luca es suficiente. Lo que quería decir es que usted no parece… no es… en fin, lo que me parece adivinar, es que está usted metida en un disfraz que no le corresponde. Eso es lo que me parece, que tiene más clase que la que quiere aparentar.
– Mira querido…
– Luca – atajé.
– Mira Luca, te agradezco el tacto con el que te manejas. Desde luego ni por asomo te comportas como un chico de casi dieciséis años. Cualquier chico de tu edad ya me habría rasgado torpemente alguna prenda al intentar poseerme, pero desengáñate querido, don Giuseppe me ha pagado por toda una noche contigo. A éstas horas alguien habrá avisado a tu madre de que no vas a dormir a casa. Le contarán cualquier cosa para que esté tranquila. Así que soy tuya y no necesitas seducirme, me abriré de piernas igual.
– Entonces no hay prisa, ¿verdad?
Me di media vuelta y me acerqué al borde de la ventana dándole la espalda. Había comenzado a llover y eso siempre me traía malos recuerdos. Dejaba que el humo del cigarrillo inundara mis pulmones mientras ella, esperaba sentada en el borde de la cama. Al girarme y enfrentar de nuevo su mirada, Monique se mordía el labio mientras hacía rodar hombro abajo el tirante del camisón rojo que la cubría. Le hice un gesto para que se detuviera, me senté junto a ella y le volví a colocar el tirante sobre el hombro.
– Cuéntame algo de ti. ¿Eso entra en la tarifa? – pregunté guiñando un ojo y sonriendo.
Monique, me correspondió sonriendo y volvió a insistir en que mi madurez estaba por encima de mi edad y que había visto tipos como castillos que se convertían en niños de baba a la vista de sus pechos.
– Niños de teta – corregí bromeando mientras a ella me obsequió con una risa sincera que a mí me pareció no exenta de un aire melancólico.
– Y además divertido… ¿De dónde sacas ese aplomo con quince años?
– Mataron a mi padre delante de mí. Eso deja huella, supongo. Pero ibas a hablarme de ti.
– Lo siento…
Hizo una pausa, dio otra calada al cigarrillo mientras trataba de escudriñar en mis ojos dónde escondía al jovencito que debía de ser.
– No hay mucho que saber de mí. Soy de Nueva York. Me quedé huérfana con diez años. Mi padre era herrero, mal oficio en estos tiempos. El automóvil vino a arruinar su vida. Pronto no hubo caballos para herrar en la gran ciudad y mi padre no supo adaptarse. Se voló la sien dejándome un fideicomiso a nombre de unos parientes lejanos, una nota con una dirección de Fort Wayne y un mensaje escueto.
Se acercó a la mesilla y abrió un cajón. Dentro, había una caja de fósforos que contenía un papel amarillento y doblado.
– Siempre llevo ésta nota conmigo.
“Perdóname mi pequeña. Espero que lo comprendas algún día. La dirección es de unos primos de tu difunta madre y la única familia que tienes. He dejado un fideicomiso para que ellos se encarguen de tu educación. Estudia, lee y aprende a ser una buena mujer, madre y esposa. Ellos se ocuparán de ti y te darán lo que yo no pude. Así lo he dejado dispuesto.
Te quiere, Papá”.
– ¿Y qué pasó? – pregunté.
– Fui a la escuela y viví relativamente bien un tiempo. Pero a los trece años, en cuanto mi cuerpo cambió, comenzaron las violaciones. Me escapé con quince años y vine a parar a Chicago porque la camioneta que me recogió venía aquí. Trabajé en lo que pude. A veces, sólo por comida y cama. Fui chica de los recados, costurera, lavandera y hasta plañidera. No canto mal y un día probé suerte en un cabaret de la calle 23 pero resultó la puerta de entrada a éste mundo. Comencé a ver dinero de verdad el día que el Patrone me trajo al Capri. Si eres obediente, esto no está tan mal. Yo ahora vivo bien y, a veces, conozco chicos interesantes como tú. Fin de la historia – dijo componiendo esa misma sonrisa melancólica que había atisbado antes.
– Sabía que en ti había algo que no cuadraba. Te esfuerzas en parecer ordinaria pero te delatan las formas, la actitud. Tienes más clase que la mayoría de las chicas que esperan abajo que algún tipo las suba a ganarse unos dólares. Por eso te dije que llevas un disfraz que no te sirve. ¿Así qué, lees? …yo también – confesé por fin.
Muchos años después, conocí a un tipo en Alcatraz con el que entablé una cierta amistad. Era alguien peculiar. Nadie sabía bien cómo se llamaba a ciencia cierta pero le llamábamos Meco. No se relacionaba con nadie y nadie sabía bien porqué estaba encerrado. En la cárcel todo se negocia, todo tiene un precio y Meco había conseguido un modo de financiar sus pequeños vicios: fotos de mujeres desnudas, cigarrillos y chocolate, no necesariamente en ese orden.
Se sentaba al sol en las gradas del patio y esperaba que alguien se le acercara. Meco cobraba por escuchar historias. Un hombre encerrado necesita que lo escuchen de vez en cuando sin que le interrumpan. Era lo más parecido que había a un confesor. Podías fantasear para aliviar tus miserias con que habías pasado la noche fornicando con Marilyn o que tenías un tesoro escondido en Nuevo México. Él callaba, escuchaba y cobraba. La gente se sentía aliviada después de desahogarse con él.
Al final, siempre decía lo mismo.
– Mi problema siempre fueron las rubias.
Aquel tipo ha sido el único al que le he contado la noche que conocí a Monique. Hubo algo íntimo y personal en aquel encuentro que no tuvo que ver con el sexo. Por eso se selló una amistad. Hubo muchas más noches y muchos más días con ella. Y aunque ella se cambió el color del pelo muchas veces, para mí siempre sería Monique, la rubia platino.

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