Capítulo 3

Había hablado con el gran hombre y ya podía considerarme parte de la banda. Sin embargo, ese cosquilleo que me recorría por dentro, eran tan sólo ínfulas adolescentes pues yo era en realidad un simple chico a quien, por alguna razón, Bartali quiso proteger. No obstante la sensación de ser un gánster de quince años era algo que elevaba mi ego más allá de lo que era capaz de controlar y tuvieron que ser mis mentores quienes, poco a poco, me fueron bajando de las nubes.
Durante mi charla con El Patrone había omitido algunos detalles sin importancia como que ya sólo me dedicaba a cobrar para mí tío la tarde de los viernes y que, salvo algún imprevisto, no hacía ya el reparto. Tampoco le mencioné nada, por motivos obvios, de que a mi tío no le iban bien las cosas hasta el punto de no darle el sueldo íntegro a mi madre sino sólo la mitad y que esa era la razón por la que mi madre llevaba unos meses limpiando casa ajena y el detonante para haber aceptado sin dudar su oferta. En esos minutos que pasamos a solas me estuvo intrigando más el interés que podría tener alguien poderoso como él en ayudar a un chico como yo. Era joven, pero no tonto y sabía que debía de haber algo más, sin embargo aún era pronto para saberlo.
Durante mis primeras semanas en la banda, mi rutina apenas se modificó, salvo que cambié las tardes con los chicos en el callejón de la 23 por la escuela del hampa. Bobby Farrell y Mike, venían a buscarme en el Buick o en otro de los coches del Patrone y me llevaban con ellos. Querían que me empapase bien de lo que era la organización y sobre todo, de los códigos de honor que se manejaban.
El primer día, la verdad es que me decepcionó un tanto. En la pandilla del callejón de la 23 teníamos idealizados a esos tipos de sombrero y gabardina en la creencia de que estaban dando tiros a diario. Quizás teníamos esa idea leyendo los titulares de los periódicos que daban cuenta de sus hazañas a menudo. Cuando un tipo se cruzaba en el camino de una bala solía ser carne de portada en los diarios locales y a veces, daba la sensación de que no ocurría otra cosa en esta ciudad.
Le realidad en el seno de La Familia era otra y desde el acuerdo entre las bandas firmado tres años antes, los muchachos no habían tenido grandes refriegas sino más bien alguna escaramuza dispersa casi siempre por algún problema en las fronteras. Cuando esto ocurría se acudía al “Consejo de mafiosos”, una especie de órgano consultivo del recién creado “Sindicato del Crimen” que decidía qué hacer con el problema. Incluso cuando el asunto era de tal gravedad que exigía vengarse con sangre era este consejo quien decidía si el agraviado estaba autorizado a matar al culpable y reparar así el daño. La barbería de Floyd Newman era el lugar habitual para zanjar estas y otras cuestiones y evitar así que los chicos apretaran el gatillo por su cuenta en las calles.
Por eso, ese primer día me sorprendió que los feroces muchachos de Bartali actuaran casi como meros alguaciles. Fuimos de bar en bar como simples recaudadores de impuestos. El ritual era siempre el mismo: se dirigían directamente a quien manejaba el cotarro y esperaban hablando de cualquier cosa sin importancia.
– Hola Tommy ¿Cómo va todo?
– Bien muchachos, tomaros algo ¿whisky?
– No Tommy, gracias. Aún nos queda mucho por hacer.
– Cómo queráis. Aguardad un minuto que voy a por lo vuestro.
El tipo solía venir con un sobre que entregaba a Bobby.
– Quinientos. Está todo, contadlo.
Bobby contaba el dinero mientras la espalda de Mike se arqueaba de manera imperceptible por si hubiera que intervenir. Era algo que no podía o no quería evitar, pero cuando Mike se tensaba de esa manera, intimidada. Cuando todo estaba en orden se relajaba de la misma forma instintiva.
– Hasta la semana que viene Tommy, saluda a Mary Jane y los niños – decía Bobby dando media vuelta.
Bobby y Mike me iban explicando lo que estábamos haciendo mientras las visitas a los distintos locales se saldaban con conversaciones parecidas. Ese día, por ser el primero que iba con ellos, no querían tener demasiados imprevistos por lo que habían elegido tipos que no solían dar problemas.
Bobby me contó que esos locales eran controlados por El Patrone. Algunos eran suyos mientras que otros le compraban la mercancía. Lo que recaudábamos era lo correspondiente al último pedido, más un diez por ciento por diferir el pago. A otros, de los que se fiaba menos, les cobraba el licor en el momento de la entrega.
Algunos ese día se sorprendían de mi presencia.
– ¿El muchacho va con vosotros?
– Tiene madera. Sólo hay que pulirlo un poco y andando es como se aprende.
– Eso es verdad. Buena suerte chico.
En realidad ese primer día fue como cuando invitas a alguien a tu casa y se la enseñas. Yo era el invitado y estaban mostrándome la casa por dentro. Pasadas las diez de la noche me llevaron a mi casa y me vi en la necesidad de contarles que ya no repartía por la noche sino que me limitaba a recaudar las rutas de mi tío los viernes por la tarde. Quise disculparme pues al Patrone no le había dado esos detalles porque estaba bastante impresionado por todo lo que me estaba pasando.
– No te preocupes por nada Luca, ya lo sabíamos. Lo que ocurre es que ya es hora de que un chico de quince años esté en casa con su madre, por hoy es suficiente. Te recogeremos mañana a la misma hora.
– Casi dieciséis – dije al salir del Buick.
– ¿Cómo dices? – preguntó Mike un tanto descolocado.
– Que tengo casi dieciséis años – protesté.
– Aunque sean casi dieciséis. Tira para arriba o te subiré yo mismo de un puntapié en el trasero – contestó sonriendo – ¡Será posible el mocoso…! – masculló entre dientes para finalizar.
Debe de resultar difícil de imaginar para quien no vivió aquella época en Chicago, cómo un chico a punto de cumplir los dieciséis ingresa en una banda de gánsteres y de qué manera un par de tipos de esos a los que no les tiembla la muñeca empuñando un arma, pueden ejercer de profesores. Hasta a mí décadas después, me cuesta trabajo asimilarlo, pero había que vivir ese momento y en mi pellejo para sentir que aquel camino que tomaba mi vida era uno más de los posibles y lógicos en aquel tiempo.
En aquellos primeros días de contacto con lo que sería mi mundo, pude observar algunas de las cosas en las que ponía énfasis Bobby Farrell al contármelas. La lealtad, el compañerismo, el honor… Intangibles difíciles de explicar pero que reconoces de inmediato sobre el terreno.
También pude ir viendo cómo se trabajaban otras cuestiones, en concreto algo que me interesaba a mí en primera persona. De vez en cuando, Mike o Bobby iban dejando caer algún comentario interesado respecto al asunto de los O’Donnell. Pude comprobarlo por primera vez al cabo de unos pocos días de pasar con ellos las tardes. Fue en un tugurio de mala muerte que regentaba un tabernero con fama de ser incapaz de guardar un secreto. Para despertar esa afición suya a soltar la lengua lo único que había que hacer era contarle algo en voz baja como si fuera un asunto de estado. Su desmedida afición a ser cronista de la actualidad hacía el resto. Bobby me advirtió antes de entrar que permaneciera callado y que me limitara a aprender.
Después de saludar el tabernero se dirigió a nosotros con dos vasos vacíos y una botella en las manos.
– Se cuenta que la mujer de O’Donnell está preñada – anunció Bobby a sabiendas del impacto que esas palabras iban a tener en el tabernero.
– Mal asunto – respondió el tipo prestando atención al chisme que se avecinaba –. También se oye que a él no se le levanta – añadió mientras servía dos whiskys y me señalaba con la vista como queriendo preguntar si a mí también me servía otro.
– Que sean tres, el muchacho es de los nuestros y también bebe – dijo Bobby despejando las dudas del tabernero.
El tipo sacó otro vaso de debajo de la barra y sirvió un tercer whisky mientras se animaba a conversar pues no había cosa que más le gustaba que un buen cotilleo.
– No me gustaría estar en la piel de ese tipo – dijo el tabernero bajando la voz mientras llenaba mi vaso –. Ese malnacido tiene muy malas pulgas y no daría ni un centavo por la vida del sujeto que se trajinó a su mujer.
Debo reconocer que aquella afirmación hizo que se me erizase el vello pues quizá no era del todo consciente del peligro al que me enfrentaba. Mi entrevista con Bartali me había relajado y de manera inconsciente había dejado la resolución del problema en sus manos en la confianza de que en ellas estaba a salvo. Aquella confidencia de taberna me hizo ver que las cosas no vienen solas sino que hay que trabajarlas y eso estaban haciendo para mí Bobby y Mike en ese momento.
– ¿Cómo sabéis que el hijo que espera no es de O’Donnell? – intervine desobedeciendo la recomendación de Bobby de mantener la boca cerrada.
Bobby y Mike me fulminaron con la mirada y comprendí que cuando alguien de La Familia está por encima de ti le debes obediencia absoluta. Por fortuna el tabernero no se dio cuenta de nada y terminó contestando a mi pregunta.
– Mira chico tú no sabes nada del asunto porque aún eres muy joven, pero por aquí se termina sabiendo todo. Sé de varias rameras a las que ese tipo ha pagado por encima de la tarifa para que cuenten maravillas de lo hombre que es en la cama. Pero se sabe que fueron pagadas por él y que en realidad no se le levanta. Alguna incluso me ha contado detalles de alcoba que no puedo contar.
– ¿Cómo cuáles? – preguntó Mike para saber hasta qué punto aquel tipo se iba de la lengua.
– Os lo cuento pero me tenéis que prometer que no diréis que lo sabéis por mí.
– Descuida, somos tres tumbas.
– Hay un burdel en la esquina de Madison con la 44 al que voy de vez en cuando a ver a una chica. Al parecer, ella ha estado tres veces con O’Donnell y en las tres ocasiones él le pagó el doble por airear sus dotes de macho pero la realidad es que él termina siempre fuera pues nunca se le pone dura – dijo esto último mientras empezaba a esbozar una amplia sonrisa burlona –. Según me cuenta ella lo tiene que ayudar con las manos pues su soldadito nunca se pone firme – explotó finalmente en una carcajada.
Le seguimos el juego secundando las risas.
– Brindemos porque nunca nos quedemos como ese maldito irlandés – dijo Bobby levantando su vaso.
– ¿Sabéis algo más del asunto? – quiso saber el tabernero.
El pez había mordido el anzuelo y ahora se interesaba por más detalles. Eso era lo que los muchachos pretendían, propagar un rumor que centrase el foco en otro lado y me alejara de la escena.
– Poca cosa y nada fácil de manejar. Según se cuenta quien sabe del asunto, Susan O’Donnell se lleva viendo unos meses con un tipo de la oficina del gobernador. Alguien intocable y muy bien protegido. Cuando O’Donnell se entere no podrá hacer nada. O’Banion no querrá mezclarse en ese tema y atará al perro.
– Pufff…mal asunto. Lleváis razón en que O’Banion no dejará que su chico se tome la justicia por su mano con alguien así.
La historia de Susan se propagó con rapidez en apenas unos días. Bobby y Mike se encargaron de tener charlas parecidas a la que tuvieron con el tabernero tres veces más, con gente que no sabía tener la boca cerrada: dos tipos que regentaban sendos restaurantes en la zona irlandesa y a Constanza Williams, la cual sólo sabía mantener a buen recaudo sus propios secretos.
La vida aquellos primeros días en La Familia tenía el encanto de lo nuevo. Aunque tuviera la equivocada idea de que nos pasábamos pegando tiros todos los días, pronto me acostumbré a llevar el paso correcto. Aprendí a callar y a hablar cuando se me ordenaba y comprendí que la vida en el seno de la mafia consistía en pasar largas temporadas jugando a las cartas sin otra cosa que hacer que estar preparado para cuando había que desenfundar el arma.
Algunas tardes me llevaban a las afueras a hacer prácticas de tiro y así tuve ocasión de familiarizarme con términos que sólo había manejado en las aventuras infantiles con la pandilla cuando en el viejo solar abandonado nos convertíamos en policías y ladrones por unas horas. Percutor, tambor, cañón, ánima, culata, retroceso, palabras que antes formaban parte de las aventuras infantiles ahora me era necesario dominar. En pocos días me revelé como un buen tirador a pesar de ser crío. Tenía un brazo fuerte y dulzura al apretar el gatillo. Eso hacía que el arma no se moviera y terminase disparando allí adonde apuntaba. Terminé conociendo mi Smith & Wesson como si fuera una extensión de mi mano. Así al menos decía Bobby Farrell que debía de ser y resulté un alumno aplicado. La metralleta, en cambio, era un asunto distinto: demasiado pesada y nerviosa. Bobby y Mike se reían cuando empujado por el retroceso de la misma acababa disparando ráfagas al cielo de Illinois.
– Acabarás matando algún pájaro inocente – se burlaban mientras reían a mandíbula batiente.
El primer día, después de mi entrevista con Beppe Bartali, fuimos a ver a Pier Luigi para que me hiciera un par de trajes a medida. Nos llamó a las tres semanas más o menos. Me tenía preparados cuatro trajes, camisas, chalecos y sombreros, todo ello por indicación del Patrone. Por fin me iba a poner trajes míos, los primeros que tuve, y devolvería a Bobby aquel que me prestó el primer día y los dos viejos que me dio después para que tuviera opción de cambiarme.
Cuando salí de la habitación contigua en donde me probé el hábito que habría de acompañarme el resto de mi vida iba hecho un pincel con un traje a medida que me quedaba como una segunda piel, sombrero a juego y, debajo de la americana mi revólver encajado en una funda de cuero nueva. Salí y pregunté qué tal me quedaba. Mike, Bobby y el propio Pier Luigi se quedaron mirándome en silencio un par de segundos incómodos hasta que fue el sastre quien rompió el fuego.
– Estás arrebatador cariño.
– Si lo dice una mujer es que te queda bien. Nos podemos ir – bromeó Mike.
– ¡ Uiss, que grosero llegas a ser Mike! – contestó Pier Luigi.
– Empaqueta el resto, Piero – terció Bobby Farrell.
Cuando salí de la sastrería me sentía bien. Llevaba tres semanas empapándome de una forma de vida nueva, canalla y atractiva como los besos furtivos. Había aprendido a disparar y había conocido gente interesante. También había cobrado hacía un par de días mi primer sueldo que era más del doble de lo que pagaba mi tío. Con ese dinero en el bolsillo le compré un bonito vestido a mi madre y otro a Ornella.
Y ahora tenía un traje nuevo. La vida estaba hecha a mi medida y mi coqueteo con ella era un puro romance. Pero esa misma vida te demuestra a cada minuto, que es una ninfa venenosa difícil de conquistar y parece disfrutar picando cuando te relajas.
Al bajar de la sastrería cargados con mis cosas, Frank, que nos esperaba en el coche, nos dio una noticia que me hizo zozobrar por dentro como sólo el remordimiento es capaz: habían disparado a Susan O’Donnell.

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