A veces el alcohol es un vehículo extraordinario de prospección interior. Sumerge a los hombres en un estado de dulce melancolía y les saca de su interior historias y sentimientos que no eran capaces de recordar o confesar. Bobby Farrell era muy dado a estas placenteras zambullidas. Una noche en el Capri, le dio por rememorar aquellos días que, pecando de optimismo, dimos en llamar tiempos de paz. Sin embargo aquella tenía los pies de barro pues durante todo ese tiempo que fue desde la gran reunión de las bandas hasta el primer atisbo de hostilidades, lo único que siguió funcionando fue la máquina de las inquinas y el rencor. Las ambiciones de demasiadas familias terminaba por friccionar en numerosos puntos y lo único que quedó demostrado fue que en esta ciudad hostil y en un tiempo violento, la paz era como un martillo de cristal, que al menor roce se habría de quebrar. Fue una noche de charla tranquila, habanos y bourbon en la que Bobby nos explicó cómo el cáncer que devoraba por dentro a la ciudad terminó de mostrar su fea cara. Fueron cuatro años en los que nos creímos en paz y durante los que yo ingresé en la banda de Bartali.
El 11 de Mayo de 1920, Jim Colosimo cayó abatido en su propio café. Pocas semanas más tarde se produciría el reparto del pastel en aquella reunión en la que la figura inspiradora de Bartali siempre supo mantenerse en un segundo plano dejando la gloria del acuerdo para alguien como Torrio. Con el paso del tiempo este tampoco tuvo demasiadas ganas de ser protagonista. Cada uno a su manera, encontraron la manera de sobrevivir en un ambiente espinoso sin destacar demasiado. Bartali cedió en más de una cuestión a cambio de no ser molestado pues siempre supo que la locura atrae las tempestades y tuvo muy claro que esta llegaría tarde o temprano. Para entonces, para cuando pasara el chaparrón, lo único que siempre ambicionó fue estar vivo para recoger su paraguas y seguir su camino. Por su parte Torrio, en cuanto le vio las orejas al lobo cedió todo el poder a Al Capone.
Cuando Bartali propuso a Torrio la expansión a otras zonas de la ciudad y alrededores aún sin repartir, no tuvo en cuenta que las demás familias no verían con buenos ojos que Torrio y él se enriquecieran mientras ellos no participaban del nuevo pastel.
El Patrone, que siempre había sido un fino observador del paisaje urbano me confesó una noche en la barra del Capri que cuando Torrio y Capone le hostigaron a la muerte de Colosimo, no vio mejor salida que ofrecer a Torrio aquel acuerdo cediendo gran parte de su negocio. Pensó que expandirse antes de que a los demás se les ocurriera sería buena idea y compensaría lo que perdía cediendo terreno. Los números pronto le dieron la razón, pero ese acierto fue a la larga perjudicial pues se convirtió en el caldo de cultivo que provocaría la guerra. Bartali se apartó deliberadamente del centro de la escena porque su olfato le decía que quien estuviera en el centro recibiría los tiros. Nunca se caracterizó por una desmedida avaricia. Para él siempre fue más importante conservar parte de su imperio, tener las espaldas cubiertas y los bolsillos forrados y dejar la grandeza para otros. Vivía muy bien explotando los negocios legales que poseía y las amistades cultivadas años atrás como para que esa nueva fiebre del oro le hiciera perder la cabeza. Para Bartali, ser más grande sólo te hacía un blanco más fácil y el tiempo le dio la razón, pues todos los grandes capos, de una u otra forma, fueron cayendo.
Una tarde en La taberna del ahorcado me contó frente a aquellos huevos trufados de Constanza Williams que desde el primer momento supo que tantos gallos en un solo corral sólo podía conducir al desastre. Utilizó la protección de Torrio para no ser fagocitado, pero supo mantener su independencia con habilidad. Bartali sabía que un día, después de muchos muertos estallaría la paz y él tenía ese horizonte por destino: el momento en que se acallasen los disparos y todos pudieran dedicarse a los negocios.
– Para algunas cosas es mejor ser cabeza de ratón que cola de león, querido Luca – me dijo.
La posición que El Patrone tenía cuando negoció con Torrio era inmejorable. Al “equipo de Chicago” les habían incautado un importante cargamento y Bartali poseía destilerías que podrían cubrir esa falta. Pero con el paso del tiempo todas las familias llegarían a poseer sus propias destilerías clandestinas y ambiciones sobre nuevos territorios. Lo que distinguió al Patrone fue anticipar lo que se venía encima y prepararse para ello. Además, su licor y su cerveza siempre fueron de buena calidad y no tuvo nunca sobre él, el estigma de un brebaje maldito como sí ocurrió con otros. Los hermanos Genna pasarían a la historia entre otras cosas por su licor adulterado, su famoso “matarratas” que se llevó más de una vida por delante.
Era un guiso que se estaba cociendo a fuego lento. Chicago era dominado por tres grandes clanes: los irlandeses, los hermanos Genna y la banda de Torrio. Cuando arribó a nuestras vidas la ley seca, los más preparados para la contingencia eran los irlandeses de O’Banion y el propio Patrone que ya tenían sus destilerías y sus redes de contrabando en funcionamiento, pero ni los Genna ni otras familias que partían en desventaja, estaban dispuestos a dejar que el poder de Torrio y Capone se disparase sin tener nada que decir. A medida que el dinero entraba en la caja de Torrio, la envidia crecía en otras orillas. No obstante, dicen que en la política y en los negocios se hacen extraños compañeros de cama y debe ser cierto pues O’Banion compartía con Torrio y Al Capone una fábrica de cerveza como socios. Unos socios que, en el fondo, se odiaban entre si y para los cuales, asistir al funeral del otro era más apetecible que pasar una noche con una rubia platino. Aquella fábrica compartida tendría mucho que ver en lo que sucedió más adelante.
Pero no nos anticipemos porque el ojo del huracán se estaba fraguando en Cicero, una población pegada al costado oeste de Chicago que en poco tiempo se convirtió en una zona próspera para los intereses de Torrio y Bartali y en donde no hacían otra cosa que sacar bolsas llenas de dólares procedente de los bares y locales de juego y fornicio en dónde con la aquiescencia del alcalde y la policía, operaban a sus anchas. El Patrone nunca quiso entrar en la zona con nuevos locales. Le bastaba con el pellizco que se llevaba con la venta del licor y dejó de manera premeditada esa parte del negocio a Torrio.
Mike Merlo, presidente de la unión fraternal siciliana, una organización que trataba en origen de ayudar a los inmigrantes sicilianos pero que con el paso de los años se convirtió en algo distinto, tuvo varias quejas de parte de alguna familias, sobre todo de los hermanos Genna que veían una avaricia insana en la expansión del “Equipo de Chicago” sin que proporcionara a sus hermanos la posibilidad de entrar en el ajo. Merlo era respetado por todos los capos de la mafia y sus opiniones y mensajes ayudaron en buena medida a mantener la cohesión de la frágil paz. Pero ni el propio Merlo era capaz de sujetar a unos tipos que en el fondo estaban deseando cambiar balas por una mejor posición. La unión fraternal siciliana con el propio Mike Merlo a la cabeza , terminó siendo una especie de consejo al que se acudía cuando se tenía un problema. Mike Merlo trabajó de lo lindo durante ese tiempo para tratar de conservar una paz tan frágil en medio de una manada de lobos. Los constantes roces que algunos protagonizaban no eran lo que más convenía, pero resultaba complicado mantener tranquilos a sujetos como Rocco Maggio, O’Donnell o el propio Capone.
La llegada en 1923 de un nuevo alcalde a Chicago provocó que los acontecimientos se precipitaran de manera definitiva. Aquel tipo no estaba en nómina como su predecesor y una de las primeras medidas que tomó fue nombrar a otro jefe de policía que no estuviera comprado. De repente la presión policial aumentó, las redadas, las inspecciones y otras muchas medidas que no hacían otra cosa que tocar las narices. Pocas veces nos pillaban con la guardia baja y en pocas ocasiones los uniformados conseguían algún botín al registrar algún bar.En ese caso, siempre nos quedaban jueces comprensivos. Debido a esa presión sobrevenida en la ciudad, Capone quiso trasladar el cuartel general del “Equipo de Chicago” a Cicero. Mientras se solucionaba el problema del nuevo jefe de policía, no parecía mala solución y Torrio estuvo de acuerdo. Fue en ese tiempo cuando se abrieron más de un centenar de locales en los que las chicas, el juego y la bebida hacían que los dólares llegasen a las arcas de Torrio como un torrente imparable. De este negocio El Patrone ganaba su cincuenta de la bebida, que no era moco de pavo, pero se alejó voluntariamente del resto del negocio. Fue lo suficientemente inteligente como para dejar que gente más ambiciosa se hiciera más rica a cambio de vivir en su pequeña zona como un rey. Al fin y al cabo, el Patrone siempre supo que esos mismos un día se revolverían unos contra otros. Para ello Capone compró las elecciones en Cicero a punta de pistola aunque en la batalla perdiera a su hermano Frank, abatido por el disparo de un policía.
Chicago era un barril de pólvora al que sólo le faltaba que alguien acercara un fósforo a la mecha y dado el número de tipos que veían con buenos ojos una posible guerra fue imposible pararla. Aquella mecha estaba a punto de ser prendida. Una pelea en un bar, una cabeza a la que le saltan los sesos, un tipo con cáncer que muere y una estafa, formaron un cóctel demasiado potente cómo para que alguien parase lo inevitable. La máquina del rencor había ganado…pero eso es otra historia.

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