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A veces en una partida de póker hay que ir de farol. Si no te ha caído una buena mano, puedes jugártela a ser más grande con tus gestos que con tus naipes para cambiar tu suerte. En la vida hay veces que ocurre lo mismo. Si mientes, hay que hacerlo con todas las consecuencias. El farol es una amenaza que tú lanzas para que el contrario se achique y no acepte el envite. Si el otro tipo no te cree y te descubre la jugada, estás perdido. Pero a veces, al otro le entran las dudas y prefiere creerte por miedo a perder. En esta vida he ido de farol muchas veces, sobre el tapete y fuera de él. Eso no me lo enseño nadie. Lo descubrí solo y muy pronto.
Para llevar a cabo mi plan había que echarle unas dosis de valor impropias de un chaval que aún no había cumplido los ocho años. Consistía en hablar con el fugitivo cara a cara. Meterse en su ratonera y hacerle ver que éramos sus amigos. Parecía sencillo, pero antes de llegar a él podía asustarse y pegarme un tiro. Contaba a favor que cuando me viera, no pensaría que un mocoso fuera una amenaza, pero me tenía que dejar aproximarme. Esa primera parte de la operación era la más complicada.
La pandilla nos reunimos al atardecer de ese sábado en el solar. Iba cargado con una bolsa de comida: medio pollo asado que sobró el día anterior, pan y una patata cocida. Jota Jota me dio dos manzanas que sacó de su casa. Cargado con eso y la confianza que da la inocencia de un niño, me metí en las tinieblas. Mis amigos se quedaron fuera y me desearon suerte. Cuando estuve en el pasadizo, encendí una antorcha y tan pronto estuve en el túnel comencé a gritar. Quería evitar sorprenderlo y que empezase a dispararme.
– Señor Brody, señor Brody. Vengo en son de paz. Soy un niño. No diré nada, no tema.
Al llegar a la curva, no encontré luz al fondo. Reinaba el silencio y por un momento pensé que ya se había ido. Yo agitaba la antorcha para hacerme bien visible.
– Le traigo comida señor Brody. Tendrá usted hambre. Soy Luca Salerno. Usted me conoce de comprarle el pan.
Llegué hasta el bidón en donde cascaba nueces el día anterior pero ya no estaba allí. De repente, unas manos me cogieron por detrás tapándome la boca. Solté la antorcha que cayó al suelo junto con la bolsa de comida.
– ¿Qué demonios haces y como sabías que estaba aquí dentro? ¡Contesta mocoso!
Le conté que el día de antes lo habíamos visto y que el solar lo descubrimos hacía meses y lo utilizábamos para jugar. Pareció calmarse un tanto, aunque yo no podía decir lo mismo pues el corazón se me salía del pecho desbocado. Pasado el primer momento de sorpresa por ambas partes traté de convencerlo para que abandonase el túnel. Ahí, tarde o temprano lo descubrirían y yo tenía un plan mejor para abandonar Chicago y poder huir. La comida ofrecida pareció convencerlo de que no éramos más que un puñado de mocosos que no representaban peligro. Pero teníamos razón. Si nosotros lo habíamos descubierto antes o después lo harían otras personas y, al fin y al cabo, ese grupo de muchachos le ofrecían la posibilidad de huir pues sólo querían quedarse con su patio de recreo.
A unas cuantas manzanas, no muy lejos, se encontraba el viejo granero abandonado del señor Connelly y nosotros sabíamos dónde estaban las llaves pues el viejo las dejaba debajo de una gran piedra en la parte de detrás. Cuando Connelly vivía y atendía el granero, nosotros nos colábamos a veces para jugar a espantar a las gallinas cuando se ausentaba. Cerca había un establo propiedad del abuelo de uno de los chicos y dentro una mula. Mi plan era esconderlo esa noche en el granero y, al día siguiente por la noche, dejarle la mula para que huyese. El granero se encontraba en la carretera que llevaba al antiguo molino del lago, junto al embarcadero. Podía llegar en la mula hasta el lago y, desde allí robar alguna barca de remos. Si cruzaba el lago estaría en el estado de Michigan en donde no le buscaban y podría huir a Canadá. Aquella zona estuvo llena de policías hacía dos semanas, pues era una vía de escape evidente, pero el cerco policial se había relajado y, de noche ya no había nadie.
Finalmente me gané su confianza. Ahora sé que era un pobre diablo acosado y no un verdadero delincuente, por eso se dejó convencer por un niño: porque no tenía otra opción.
A las tres de la madrugada cada uno de nosotros se las ingenió para salir de casa sin ser descubiertos y juntos nos vimos en el solar. Para trasladar al señor Brody del solar al granero sin que lo viera nadie, nos apostábamos en las esquinas y cuando nadie venía, ondeábamos un pañuelo blanco como señal.
Yo iba con él pues aún no terminaba de fiarse del todo y eso que cuando volvimos le llevé unos bocadillos de crema de cacahuete. El fugitivo y yo andábamos a paso ligero por la acera sin llamar la atención. Si alguien nos viese desde una ventana pareceríamos un padre con su hijo que caminaban yendo o viniendo de algún lado. Al día siguiente era domingo y tampoco era de extrañar que alguna celebración se hubiera alargado hasta esas horas. Desde cierta distancia sería difícil distinguir que la mano al hombro que el tipo apoyaba en el muchacho portaba una pistola. Con esa simple estrategia fuimos cubriendo la distancia que nos separaba del granero. Al llegar, dejamos al señor Brody dentro.
– Tenemos que volver a casa señor Brody. Por la mañana le traeré algo de comer. Creo que a la noche tendré ya la mula y podrá huir.
Jugábamos a un peligroso juego del que no éramos conscientes. Ahora que soy viejo lo veo claro pero cuando aún no se han cumplido los ocho años la vida se ve como si todo fuera una gran aventura lúdica de la que eres partícipe. Muchas cosas podían haber salido mal y hoy, a la luz de los acontecimientos, me pregunto si acaso no salieron mal. Pero nuestra determinación era clara: librar de intrusos nuestro solar particular.
A las nueve de la mañana del domingo nos volvimos a reunir los mismos chicos que ayudamos a huir la noche anterior al fugitivo. Algunos tenían que estar de vuelta para acudir a misa de doce con su familia, pero había tiempo de sobra. No estaba tan lejos.
Cuando entramos, lo hicimos con la lógica reserva que un chaval podría tener a aquel sitio. Habíamos decidido que fuera Lewis Archibald quién hablase. El primer tipo al que nos dirigimos, un gordo seboso que vegetaba tras el mostrador pareció concedernos el mismo crédito que al pastor mentiroso de la fábula, pues apenas empezó Lewis a hablar, nos cortó de mala gana.
– Iros a casa, volver con vuestros padres y entonces me contáis. Ahora tengo papeleo que atender.
Creo que estaba a punto de salir y darnos un puntapié a cada uno pero un tipo alto con traje y sombrero que acababa de salir por la puerta que estaba a espaldas del gordo y que había escuchado el final pareció tomar la iniciativa.
– Déjalo James, yo me encargo – le dijo al tipo gordo tocando su hombro.
– Soy el inspector Graham McEnzie – se presentó – ¿Que contabais de un fugitivo?
Lewis, al que el gordo del uniforme apenas había dejado hablar, comenzó de nuevo.
– Le decíamos a éste – dijo señalando al otro policía que no parecía muy contento con que el inspector hubiera accedido a oírnos –, que hemos visto al señor Brody en el viejo granero de Connelly. Le buscan ustedes por asesinato ¿verdad?
– Ese granero fue de los primeros sitios que miramos pues a un fugitivo se le podría pasar por la cabeza ocultarse allí, pero no encontramos nada. El portón está cerrado. ¿Cómo sabéis que se trata de Henry Brody?
Lewis contó a la perfección el pequeño discurso que habíamos convenido en contar. Que caminábamos hacia el lago y que cuando estábamos a unos diez metros del granero lo vimos entrar. Salió corriendo de la esquina de enfrente y se metió dentro.
– ¿Por el doble portón principal? Esa puerta da a la carretera que conduce al viejo molino del lago. Enfrente hay viviendas ¿Ahí decís que visteis a Henry Brody? Por cierto, un poco pronto para ir al lago ¿No?
– Si, ahí lo vimos y vamos pronto porque algunos van al oficio con sus padres a las doce – explicó Lewis.
El inspector escuchó a Lewis con atención. Después nos miró a todos, sonrió levemente y encendió con parsimonia un cigarrillo que sacó de una pitillera dorada.
– Así que un grupo de muchachos de unos siete u ocho años acaban de resolver un importante caso ¡Bravo! – dijo agitando la mano en el aire para apagar el fósforo.
Los chicos y yo nos miramos sonriendo orgullosos y satisfechos. Nos habíamos salido con la nuestra. Pero el rostro nos tuvo que cambiar a todos cuando el inspector McEnzie nos arrojó una pregunta envenenada.
– Hay una cosa que no entiendo – dijo dándole una calada al cigarrillo y mirando las volutas distraído. Era evidente que era un tipo avezado en el oficio y quizás yo fui demasiado osado creyendo que iba a engañar a todos los adultos que pretendiera cuando aún no había cumplido los ocho años. De hecho podría apuntarme como una victoria propia el hecho de haber engañado al pobre Brody. Pero un panadero empujado a ser un fugitivo era una cosa y un inspector de policía otra.
– Sé que el doble portón de entrada al granero está cerrado a cal y canto ¿Cómo es que un forajido lo abre simplemente empujando? Así lo has descrito muchacho – dijo clavando su mirada inquisitoria en Lewis.
Era evidente que nuestro castillo de naipes se venía abajo. El inspector no nos creía, o al menos tenía razonables dudas de que la historia fuera así. Lewis, que no esperaba la pregunta, balbuceó buscando una respuesta. Estábamos perdidos. Había que actuar y rápido y no podía dejar que Lewis siguiera llevando el peso del interrogatorio.
– ¡No lo sabemos, maldita sea! Pasábamos por ahí de camino al lago y vimos al señor Brody empujando el portón y entrando al granero. Llevaba una pistola en la mano. Quizá robaba comida. ¿Le van a dejar escapar? Puede que ya se haya ido – dije fingiéndome enojado por las dudas del inspector.
– ¿Y tú eres? – me preguntó.
– Me llamo Luca Salerno Marconi.
– Un espagueti – comentó con desdén, cosa que me enfureció por mis padres, pues yo me consideraba americano, pero no consentía que mirasen por encima del hombro a mis padres por su origen. Era el momento de jugársela y seguir yendo de farol.
– Veo que no nos cree inspector. Haremos una cosa: volveremos al viejo granero del señor Connelly. El Chicago Tribune nos pilla de camino. Quizás a la prensa le interese saber dónde se esconde el fugitivo y que la policía lo ha dejado escapar. Nos vamos inspector. Espero que su coche nos adelante por el camino o mañana saldrá usted en las portadas.
– ¡Maldito insolente mocoso! – bramó el inspector McEnzie.
Me cogió por la pechera lleno de ira. Mis amigos se habían vuelto tan diminutos que apenas se les veía y supongo que sudarían sin control.
– Mira chaval, tú vendrás en el coche conmigo. Si no encuentro a Brody en el granero te meteré en el calabozo y te daré una tunda que no vas a olvidar – me amenazó.
Pero no me afectaron sus amenazas, ésta mano la había ganado yo y mi farol había resultado. Encontraríamos a Brody, le detendrían y entonces ya no tendría motivos para dudar de nosotros.
– ¡O’Hara, Parker, nos vamos! – gritó a alguien en la sala de al lado.
Dos policías de uniforme salieron de la sala y juntos los cuatro nos montamos en un flamante Ford T. Pude ver cómo mis amigos salían en tropel corriendo de la comisaría siguiendo al coche.
– No pongas la sirena Parker, vamos a echar un vistazo discreto – le indicó McEnzie al conductor.
Aparcamos el coche a unos metros del granero. La puerta se veía entreabierta. En el fondo me gustaba la idea de que Brody hubiera huido por su cuenta. Conservábamos nuestro solar y habíamos colaborado con la policía, todo en una misma jugada.
– Quédate en el coche – me dijo el inspector.
Los tres policías salieron, pistola en mano, del coche. Era hora de actuar. Pude ver cómo se colocaban a los lados del portón con el arma preparada.
– ¿Brody? ¿Henry Marcus Brody? – gritó McEnzie con el dedo en el gatillo. Le habla la policía. Soy el inspector McEnzie. Salga con las manos en alto. Está rodeado. Entréguese Brody y no habrá heridos.
– ¡Y una mierda! – tronó una voz desde dentro.
– No empeore las cosas Brody.
– ¿Empeorar? Ya estoy jodido ¿Cree que no sé qué me van a condenar a muerte de todas formas?
– No dispare, voy a entrar – dijo el inspector.
Todo sucedió muy rápido. De repente, sonó un disparo y uno de los policías fue alcanzado. Cayó al suelo doliéndose de una pierna. Los otros dos policías empujaron la puerta y entraron disparando. Se oyeron múltiples disparos y, de repente, el silencio. Mis amigos llegaban corriendo en ese momento y salí del coche a reunirme con ellos. Unos instantes después, McEnzie, salía del granero con la pistola aún humeante.
Nos dieron una recompensa, pero ahora que soy viejo me arrepiento de todas las cosas que ocurrieron en aquel suceso. Un hombre murió y fue por mi culpa. Y todo por conservar un rincón escondido donde jugar. Hoy sé que la vida de un hombre no vale eso, pero con siete años no lo supe ver. Las cosas salieron como yo planeé pero ¿merecía la pena? El señor Brody fue acribillado en aquel granero. Otro policía fue herido en una pierna y cojeó de por vida y nuestro solar, finalmente fue descubierto…pero eso es ya otra historia.

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