0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Para conocer el estado de un enfermo, hacer un diagnóstico y mandar un tratamiento, no hay otro camino que reconocerlo. Para saber lo que era Chicago y el por qué la ciudad adquirió ese tono gris en los años previos a la ley seca, no hay otra forma que haberlo vivido en sus calles, oliendo su corrompido aliento a cada paso que dabas.
Bobby Farrell solía decir que cuando un político prohíbe algo, alguien se termina haciendo rico. La gente no entiende de vetos y cuando algo se les niega, lo terminan buscando al otro lado de la ley. Beppe Bartali y las otras bandas que operaban en la ciudad no hubieran alcanzado el grado de poder que obtuvieron, si los políticos no hubieran preparado el caldo de cultivo social apropiado. El asunto, por tanto, venía de atrás. Permítanme que les cuente algo.
Varios problemas fueron creciendo como tumores sin extirpar y en este caso, el tratamiento aplicado a la ciudad fue mucho peor que la enfermedad. La cosa se fue de las manos y reinó la ley del más fuerte.
La inmigración masiva a los Estados Unidos desde Europa a finales del siglo XIX y principios del XX trajo costumbres más tolerantes con el consumo de alcohol que los más recatados hábitos anglosajones. Aquello provocó un problema social que se traducía en un exceso de violencia doméstica, lo que favoreció que movimientos como la Liga de la Templanza enfrentaran el problema con pasión, incluso de modo virulento y constituyesen un grupo de presión muy fuerte que tenía como objetivo la erradicación del consumo de alcohol. Las autoridades, finalmente cedieron y el 20 de Enero de 1920 entró en vigor la ley Volstead que se había promulgado meses antes. El mundo la conoció como la ley seca y fue el pistoletazo de salida de otros muchos disparos.
Esa inmigración masiva se agrupó en guetos en mi Chicago y en otras ciudades. No fue algo diseñado por el poder sino una forma de cohesión natural. Los inmigrantes, según llegaban a la ciudad, se iban agrupando entre sí y buscaban alojamiento entre los miembros de su propia comunidad. La ciudad se dividió en sectores sin habérselo propuesto. Así, la ciudad conocía el barrio polaco, el alemán, el judío y otros. De entre todos, los más numerosos éramos los italianos y los irlandeses. Nosotros al sur de la ciudad y los irlandeses al norte. Tío Carlo era una excepción pues su casa en las afueras estaba al norte, lindando con el territorio irlandés. Nosotros, en cambio, en cuanto pudimos nos vinimos a vivir a la calle 23, en la Pequeña Italia.
En las calles abundaban las pandillas juveniles ociosas que terminaban dedicando su tiempo a pequeños robos y asaltos y que delimitaban un territorio propio en el que, a veces, se pedía peaje sólo por atravesarlo. Estas bandas se fueron profesionalizando cuando estos chicos, que se iban haciendo mayores, eran contratados por diversas fuerzas sociales para extorsionar a alguien con algún fin. Muchos sectores se valían de estos delincuentes. Los periódicos contrataban estas bandas para forzar a determinados kioskos la venta de su ejemplar, los patronos los enviaban para forzar a los obreros en huelga y en contestación, los sindicatos hicieron lo propio para extorsionar algún patrono. Algunos empresarios teatrales se veían obligados a contratar a determinado actor a cambio de no recibir un disparo y en la práctica no parecía haber ámbito social en el que estas bandas no pudieran cambiar balas por dólares. Nacieron así las bandas armadas y estos pistoleros a sueldo no habían arribado para ser meros instrumentos a sueldo de intereses superiores sino que habían venido para quedarse y tomar las riendas de sus propios negocios: había nacido el hampa.
Las bandas se hicieron más y más fuertes y a Chicago comenzaron a arribar numerosos matones a sueldo. Las bandas del crimen organizado lo eran así porque había una estructura de mando casi militar que gobernaba todos los negocios que al amparo de las pistolas proliferaban. Estas, controlaban numerosos clubs de jazz y similares que a veces ocultaban negocios de prostitución. Otras veces el negocio de la prostitución operaba en locales independientes.
Algunas bandas, como los irlandeses de O’Banion se habían especializado en robos y asaltos a mano armada, aunque también tocó otros palos como la bebida y el juego, detestando el negocio de la prostitución. Otros, como Jim “Gran” Colosimo regentaba numerosos burdeles y clubs de jazz. En ellos se bebía, se jugaba y se movían grandes cantidades de dinero. Los reyes de la noche construyeron su imperio en base a dos pilares básicos: el juego y la prostitución. Beber era legal pero eso iba a cambiar y fue lo que originó la guerra. Aquella ley hizo que este tipo de locales no pudiera subsistir sino estando en la clandestinidad y originó que el contrabando de alcohol se convirtiera en la principal fuente de ingresos del crimen organizado. La ley en realidad no prohibía beber alcohol, pero si lo hacía prácticamente imposible pues prohibía su fabricación, transporte, distribución y venta, por lo que estar al margen de la ley se convirtió en negocio. Los precios del alcohol se triplicaron y la gente lo pagaba porque era la única opción que había. Controlar el abastecimiento de los locales que regentaba cada banda se convirtió en fundamental. Había momentos en que no había whisky para todo Chicago y ahí surgieron los conflictos entre las bandas. Unas organizaciones éstas que se habían armado a conciencia en los años anteriores y que ahora veían el momento de utilizar las pistolas. Se había abonado el terreno y ahora con la ley seca, las pistolas comenzaron a tener la palabra.
Se invitaba, revólver en mano, a los pequeños comerciantes que regentaban bares y restaurantes ajenos a la organización, a estar a salvo bajo el manto protector de alguna banda a cambio de consumir su licor. Los independientes pronto dejaron de serlo pues, a las dificultades creadas por la ley Volstead que los obligaba a tener ocultas las botellas de licor, añadían la presión de la mafia. Esto hizo que muchos malvendieran sus negocios a estas mismas bandas, mientras otros fueron asesinados. La consecuencia es que estos locales pronto estuvieron controlados por una u otra facción y los que sobrevivían siendo autónomos, debían una servidumbre de compra al cañón más largo. La ciudad se dividía en territorios controlados por bandas que se agrupaban en torno a un sentimiento nacionalista. Esa sensación de pertenencia a un grupo los alentaba y hacía que la cohesión dentro del mismo fuera férrea.
En aquel tiempo la ciudad tenía dos grandes reyes. Al norte los irlandeses de O’Banion y al sur los italianos de Colosimo con decenas de bandas menores de otro signo y que en ocasiones rendían pleitesía a una banda mayor.
Beppe Bartali, había adquirido dinero y poder en base a otras artes distintas, pero ante la evidencia de su necesidad, también él se armó. Pero Beppe Bartali vio venir el problema de la ambición de algunos y los problemas que eso acarrearía, así que decidió no tratar de expandir su negocio. Su táctica fue la que siempre le había dado buenos resultados: hacer amigos. Era propietario de innumerables locales del barrio italiano por los que obtenía réditos y reconocimiento y además poseía el Capri, dos restaurantes y varios locales de lenocinio. Además tenía una posición social envidiable pues seguía siendo asesor del gobernador de Illinois y su red de contactos estaba intacta pues muchos peces gordos habían llenado los bolsillos gracias a él. Dedicaba su tiempo y su dinero a obras de beneficencia y no había ocasión pública en la que no aprovechará para extender un cheque a nombre de alguna asociación de viudas de guerra, de huérfanos o a favor de alguna escuela. De puertas para afuera era un ciudadano ejemplar, pero era una pose que tenía perfectamente calculada para poder seguir haciendo negocios.
Cuando Johnny Torrio vino desde Nueva York para ser el lugarteniente de su tío Jim Colosimo, Beppe Bartali supo que se avecinaban problemas. Torrio tenía fama de astuto y de tener menos escrúpulos que una hiena, por lo que Bartali quiso saber de primera mano cómo respiraba Colosimo y promovió un encuentro entre ambos. El asunto se coció en la barbería de Floyd Newman. Allí acudía un tipo para arreglarse la perilla que se sabía trabajaba para Colosimo aunque él aseguraba trabajar en una fábrica de papel. Un día, Floyd le comentó los deseos de El Patrone. Bartali y Colosimo no se conocían personalmente y, de momento, se respetaban. Para Bartali un encuentro con el gran capo de la Pequeña Italia era una jugada conveniente. De hecho, no parecía normal que dos pesos pesados de la misma zona aún no se hubieran visto.
– Dile a tu jefe que El Patrone estaría encantado de cambiar impresiones con él – le dijo Floyd Newman al oído al terminar de afeitarlo y cuando este ya se disponía a pagar.
– ¿Cómo dices? Sabes que trabajo en la fábrica de papel – dijo sacando un billete de diez dólares.
– Si Vittorio, ya sé que haces tu papel en este sainete…Sería una comida de negocios – contestó Floyd ignorándolo –. Invita la casa hoy – añadió rehusando coger el billete.
El encuentro tuvo lugar en Marzo de 1919, en el Colosimo’s Café, el restaurante que Jim poseía en el 2126 de la calle South Wabash. El saludo fue cordial y respetuoso sin cargar las tintas pues ninguno había tanteado tan de cerca al otro y la desconfianza planeaba sobre sus cabezas. Bartali y Gran Jim se sentaron en una mesa, dejando la de al lado para los pistoleros de ambos bandos. Ya en aquella comida, Bartali percibió lo incómodo que Torrio se encontraba en el papel de segundón. La ambición se reflejaba en sus pupilas, algo que Colosimo no supo ver y que lo dejó expuesto a su destino. El anfitrión fue quien abrió el fuego.
– Tienes que probar los fetuchini con salsa de setas. Entre italianos nos podemos tutear ¿verdad? Es una receta de mi abuela y yo la sirvo en el restaurante tal y como ella la hacía – informó Colosimo.
Bartali asintió complacido e indicó que le encantaría probar ese plato.
– Fue Bartali quien me llamo, cosa que me agrada y por eso ofrecí que fuera en mi casa. Ya era tiempo de conocernos en persona – dijo Colosimo bajando la voz. Era evidente que no quería que lo que hablasen los dos jefes lo oyesen sus secuaces.
– Oficialmente soy asesor personal del gobernador de Illinois. Extraoficialmente todos sabemos de nuestros negocios y ese cargo me propicia buenas conexiones que espero mantener mucho tiempo – dijo sonriendo –. Sé que tú estás bien conectado en el ayuntamiento. Se dice que Coughlin y Kenna comen de tu mano – comenzó a tantear Beppe Bartali.
– Esos concejales son buenos chicos – rió Colosimo –, pero te diré algo. Si hablamos de contactos tú no andas mal servido. Tú mismo lo acabas de confirmar y eso puede ser bueno y conveniente para los dos. Se dice que un hombre inteligente es aquel que se rodea de buenos amigos.
– Un hombre inteligente es aquel que sabe elegirlos – apostilló Bartali –. Y de eso quería tratar. Creo que nos interesa serlo.
– Te escucho – dijo Colosimo.
– El mes pasado estuve en Washington con el gobernador en un congreso sobre alcohol y malas costumbres. Hubo una cena posterior y tuve ocasión de hablar personalmente con Andrew Volstead. Van a prohibir el alcohol, la cosa es inminente.
– Esas hijas de perra de la Liga por la Templanza – masculló Colosimo – había oído algo pero eres tú quien me lo está confirmando.
– Eso ahora no importa. Lo principal es prepararse para lo que llega. Sé que te sirve Rutherford desde Ohio y vaya por delante que te hablo desde el mayor de los respetos. Sabrás que desde hace año y medio importo alcohol desde Canadá y también comencé a destilar aquí mi propio whisky. Ahora produzco también ginebra, bourbon y cerveza. No estoy tratando de ofrecerte el producto, no es mi estilo ofender como ya te he dicho, pero si en el futuro me necesitas quiero que sepas que un napolitano no deja tirado a otro compatriota. ¿Qué opinas de O’Banion?
– ¿De esa rata irlandesa? – exclamó Colosimo con aversión evidente.
– Eso también nos unirá – sentenció Bartali.
Con aquella reunión El Patrone hizo un movimiento calculado e inteligente. Se colocó en un segundo plano en el reparto del pastel uniéndose a Colosimo para futuros negocios pero sin que el gran capo lo percibiese como amenaza sino como aliado. Esa actitud le procuró a Beppe Bartali una posición de privilegio ante Colosimo. La alianza no había hecho más que comenzar a caminar pero sirvió para que posteriormente se mantuviera ante sus sucesores, Torrio y Al Capone, pero eso… es otra historia.

Deja un comentario