La barbería de Floyd Newman era el centro informativo del barrio italiano. Si alguien quería enterarse de algún asunto o hacer correr un rumor, era el sitio adecuado. Estaba situada en la esquina de Campbell Ave con la 44 y Floyd, su dueño, atendía mientras comandaba una tertulia entre los presentes.
Se acudía con la confianza de saberse territorio neutral y por tanto, a salvo. Se hacían negocios, se conspiraba, se mataba el tiempo y se hablaba de la ciudad como si fuera un pariente cercano. Pero, sobre todo, se hablaba mil veces de la historia de Floyd.
– Pude ser campeón del mundo, repetía a menudo.
Floyd Newman había nacido en Dickson, Tennessee, pero dio con sus huesos en esta ciudad persiguiendo un sueño.
Fue Avery Thomas, el pastor protestante de su comunidad, quien trató de reconducir las andanzas de aquel chico conflictivo que siempre estaba metido en peleas, hacia el noble arte del pugilismo (como le gustaba decir). Un domingo, se acercó a saludar a la familia Newman, que departían amistosamente con otras personas en la puerta de la iglesia, al acabar el oficio.
– Señor Newman, señora Newman, – dijo esto último con una ligera inclinación de cabeza en señal de cortesía.
– Buenos días reverendo, un discurso excelente.
– Floyd – saludó al chico – quería hablar con ustedes un momento sobre el muchacho.
– ¿Qué ha hecho esta vez pastor? – dijo Francis Moses Newman temiendo que su hijo se hubiera vuelto a meter en problemas.
– Descuide señor Newman, hasta donde yo sé, el chico no ha hecho nada. Pero no negaremos que tiene cierta habilidad para meterse en problemas y acabar estampando sus puños en cara ajena.
– ¿Te has vuelto a pelear? – le inquirió malhumorado su padre.
– Nada de eso – apaciguó el pastor – ya dije que el muchacho no hizo nada. Pero sí que pienso que si Dios nos ha dado un muchacho alto y fuerte que, según cuentan, golpea como un martillo, debe ser por algo. ¿No cree señor Newman?
– No sé a dónde quiere llegar, reverendo – advirtió confundido Francis Moses Newman.
– ¿A oído hablar del boxeo, el noble arte del pugilismo? – preguntó recalcando con énfasis lo último para dejar traslucir su gusto por ese deporte.
Al principio el señor Newman fue reticente, pero Avery Thomas era un consumado estratega a la hora de tantear los terrenos que pisaba y casi como un púgil en un combate, fue minando la resistencia del señor Newman con jabs cortos y certeros crochets de derecha. Lo fue acorralando contra las cuerdas hasta que finalmente Francis Moses Newman dio su brazo a torcer y tiró la toalla.
Al pastor Thomas lo trasladaban a Chicago en breve y allí tenía un contacto que lo podía ayudar con el chico, si este se iba a vivir con él y su familia. Floyd era hijo único y quizás convivir con otros dos chicos de su edad le vendría bien. Quería canalizar la agresividad de los dieciséis años de Floyd en una actividad deportiva que le infundiese unos valores de respeto por el rival. Sudar las hormonas en un gimnasio todas las tardes, no le vendría mal. Ni la escuela, ni una familia honrada habían evitado que el muchacho se fuera torciendo y el reverendo Thomas pensaba que quizás el boxeo lo lograría.
No le prometió hacer del muchacho un campeón, solo un hombre de bien. Estaba Floyd Newman en esa edad en la que comienza a ser difícil enderezar un tronco torcido y Francis Moses Newman comprendió que acaso era la última ocasión para su hijo.
El chico se adaptó bien a su nueva situación. Trabajaba por las mañanas en la carbonería de Hugh Bradford y por la tarde entrenaba en el gimnasio, normalmente con chicos mayores que él. Algunos de aquellos incipientes boxeadores le habían mandado a la lona en más de una ocasión, una sensación nueva para Floyd, que le hizo comprender que en la vida hay que levantarse y trabajar cada vez que caes.

En la calle 44 todos nos curtíamos a base de golpes y Floyd, encontró su propio camino. Mientras estuvo al amparo de Avery Thomas aprendió a trabajar duro y a canalizar su agresividad en el ring. No fue fácil y fueron muchas las broncas entre el pastor Thomas y su pupilo, pero al final el chico fue madurando y llegó a querer al viejo Avery como a un padre. Paradójicamente, los puñetazos que amenazaban con marginarle de la sociedad, fueron los que le recondujeron a la buena senda y Floyd tuvo su oportunidad en el boxeo.
Pasaron cuatro años y Floyd, con veinte años recién cumplidos, era un hombre diferente del que llegó a Chicago; había madurado por fuera y por dentro. Desde que cumplió los dieciocho comenzó a disputar combates. Su fuerza innata y un directo de derecha poderoso le situaron entre las promesas del momento. Se hablaba de aquel chico fuerte en los corrillos de entendidos y, en cierto modo, Floyd comenzó a tener sueños de campeón. Los viernes y sábados por la noche participaba en veladas amateurs en las que el público se jugaba el dinero y los chicos su futuro. Podía haber ganado mucho más peleando en combates clandestinos (y fue tentado a ello), pero Avery Thomas siempre ejerció de freno para esos cantos de sirena y condujo al chico con mano firme y visión de futuro.
Una noche de Enero de 1912, un tipo le partió la mandíbula en un combate, convirtiendo su futuro como boxeador en un recuerdo. Avery había concertado siete combates entre los chicos del gimnasio y la cuadra de “Kid” Culter y O’Connell. Eran tipos duros pues Culter, que había sido sparring del mismísimo John L. Sullivan, solo admitía buenos boxeadores o los forjaba él. A Floyd le tocó en suerte un gigante llamado Willard. Aquel tipo pegaba tan duro que el día que se proclamó campeón del mundo en La Habana venciendo en el asalto 26 a Jack Johnson, Floyd tuvo que ser el único que lo esperaba y que no creyó los rumores de amaño que propagó la prensa.
Floyd dejó el boxeo dolorido y decepcionado, pero demostró que el reverendo Thomas había hecho un buen trabajo. Comprendió una enseñanza de vida que solía repetir el pastor. Cuando una puerta se cierra, se abre otra en algún lado, solo hay que encontrarla. Y Floyd halló esa puerta cuando entró a trabajar como aprendiz en la barbería de señor Nathaniel.
A Floyd siempre le dolió aquella derrota más que la mandíbula. Siempre pensó que pudo haber ganado, pero le pilló con la guardia baja.
– Aquel descuido decidió mi vida – contaba el bueno de Floyd.
Bobby Farrell solía decir que todos tenemos una oportunidad para cobrarnos una deuda. A Floyd Newman esta se le presentó el 4 de Julio de 1919 en Toledo, Ohio. Aquella fecha, bajo un sol de justicia, Jack Dempsey destruyó a Jess Willard y Floyd Newman fue uno de los 70.000 espectadores que colmaron el estadio de Toledo. Floyd, que por venganza apostó por Dempsey ganó doscientos dólares y decidió invertirlos en montar su propia barbería.
– Aquel combate con Willard me costó una mandíbula, pero me procuró un futuro, solo que aquella noche de hospital, aún no lo sabía – le gustaba contar.
En la barbería de Floyd se firmaría una paz y se declararía una guerra, pero eso fue más adelante… es otra historia.

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