Contaba mi amigo Bobby Farrell que los pobres y las ratas se parecen en que viajan hacinados en las bodegas de los barcos. Mi padre, que no llegó a conocerlo, le hubiera dado la razón.
Cuando era un niño, mi padre, que no sabía contar cuentos, nos contaba la odisea sufrida a bordo del Nebraska, un carguero americano que hacía la ruta Nápoles-Nueva York.
– En realidad, era un cascarón mugroso al mando de un tipo sin escrúpulos con más alcohol que sangre en las venas – decía.
Nos encantaba que siempre empezase así la historia. Nosotros nos dormíamos pronto, pero mi padre se las ingeniaba para retomar el asunto al día siguiente en dónde nos habíamos quedado dormidos.
Los recuerdos de la niñez son como tatuajes del alma: nunca se borran. Y los míos están asociados en parte a esa frase mítica del cascarón mugroso y el capitán borracho. Cuando fui un hombre, le descerrajé tres tiros a bocajarro, por el placer de oír el ruido que hacía un cerdo al caer al agua…pero eso, ya habrá tiempo de contarlo.
De niño, disfrutaba metiéndome entre las sábanas por la noche a escucharlo mientras él nos acariciaba el pelo.
Salí de Nápoles siendo un bebé. Tonino Salerno, mi padre, vendió lo poco que poseía para venir a Chicago con su familia en 1909. Se jugó su suerte y la de su familia en una partida incierta. Convirtió lo poco que poseía en dólares americanos, empaquetó sus pertenencias en dos maletas y un hatillo, cogió a mi madre y al bebé, y se dispuso a cambiar de vida. Compró los tres pasajes a un tipo del puerto que tenía una tienda de útiles de pesca. En realidad, una tapadera de negocios turbios y trapicheos. Y no es que yo reniegue de los que están al margen de la ley. Me he ganado la vida siempre en ese lado de la orilla, pero siempre honestamente. En mi mundo, la palabra dada siempre tuvo más valor que un papel firmado. Nuestros negocios se basaban en el honor y la tinta indeleble que utilizábamos para sellar los acuerdos era un apretón de manos. Ya no se hacen las cosas así, me solía decir Bobby Farrell, ahora todo se tiene que rubricar por escrito. Y visto lo poco que gastábamos en papel, podríamos considerarnos los primeros ecologistas de la historia de América, le gustaba comentar con una carcajada.
Aquel capitán y su hombre en el puerto se lucraban de la necesidad de los pobres y por eso lo maté.
La travesía para alcanzar el sueño americano duró veinticinco días y conozco prisiones más cómodas que lo que mi padre me contó de aquel barco.
El Nebraska, tenía habilitada una zona de las bodegas, para pasar ilegalmente personas a los Estados Unidos. En ella se hacinaban colchones en el suelo mezclados con fardos de mercancía. La humedad y el frío se te metían en los huesos por la noche mientras que un calor asfixiante te golpeaba de día convirtiendo la bodega en una sauna. La intimidad y el silencio decidieron no viajar y no eran las mejores condiciones para hacerlo con niños.
Pocas horas después de zarpar, el capitán se subió a unas cajas, megáfono en mano, para que todo el mundo lo viese bien. Más que capitán, parecía un estibador del puerto por su desarrapada indumentaria. Vestía una camiseta interior de hombreras que tuvo que ser blanca algún día, hasta que los ocres y amarillos se quedaron a vivir ahí, y un pantalón militar de campaña de algún indeterminado ejército con más mierda que el culo de una vaca. Alto y corpulento, le colgaba no obstante, una barriga fofa que amenazaba con despeñarse desde el abdomen. El rostro, albergaba una barba rala que hacía sospechar que sólo se afeitaba los días que al levantar, era capaz de vencer a la resaca.
– Bienvenidos al Nebraska. Les supongo enterados de las normas – comenzó como si el Nebraska fuera el Mauretania.
Se suponía que el sujeto de la tienda de pescadores, nos había explicado una serie de normas que regían a bordo. Según mi padre, aquel tipo se limitó a decir el precio.
– Si no le conviene puede pagar cinco veces más por un pasaje en tercera en el Lusitania – fue lo único que dijo.
El capitán prosiguió con lo que había bajado a decir.
– Por lo que han pagado, se les dará un plato caliente y una botella de agua potable al día por persona. El resto no va incluido en el precio – anunció. – Y francamente, me importa un bledo lo que piensen – dijo esto último quitándose el megáfono de la boca. Un comentario para sí y para engordar su sucio orgullo.
– Tienen una letrina al final del pasillo y una ducha de agua marina un poco más allá, hacia la sala de máquinas. Supongo que el resto de condiciones se las explicaron en la tienda de pescadores. Así que, ya saben a lo que atenerse. No me creen problemas y nos llevaremos bien. Recuerden que aquí a bordo, yo soy la ley…la única ley. No lo olviden.
– Que aquel puerco quiso amedrentarnos, estuvo claro desde el principio – me contaba mi madre, cuando mi padre ya nos había dejado. Me gustaba merendar con ella porque era el momento del día en que, relajada, solía contarme cosas de cuando era pequeño. Entre aquellas charlas con ella y lo que me contaba mi padre pude reconstruir esa parte de la niñez de la que no tienes consciencia.
Mi madre era una napolitana de raza, a la que nada hacía retroceder cuando creía tener razón. Todo lo contrario que mi padre, más calmado, más prudente. Desde luego, ese carácter lo heredaste de mi – solía decirme ella.
Una prueba de la madera con la que estaba hecha mi madre la tuvo el capitán a los dos días de travesía. En el barco a mis padres les daban la ración prometida por dos personas. Sin embargo, Tonino Salerno había pagado tres billetes ya que el bebé era uno más, según le dijo el tipo del puerto. En las condiciones de frío nocturno y calor diurno en que viajábamos mi madre pensó que su cuerpo se podía debilitar y se le retiraría la leche de los pechos. Ese supuesto me convertía a mí en un condenado a muerte, algo que años más tarde no logró ningún tribunal.
– Tu madre montó en cólera y subió al puesto de mando contigo en los brazos – me contaba mi padre. Allí le exigió que, puesto que habíamos pagado tres billetes, nos correspondían tres raciones de comida y agua. No quería debilitarse y perder la leche. El capitán no debió de querer, pero tú madre se las ingenió para que accediera – concluyó mi padre.
Tonino Salerno era un hombre tranquilo y cauto y cuando nos contaba esto sentado en nuestras camas, dulcificaba la versión de lo que en realidad pasó, de aquello y de otras cosas que sucedieron en el Nebraska. Visto a través de sus ojos, aquel viaje fue un cuento de brujas y hadas. Con buenos y malos. Supongo que éramos muy pequeños para encajar una versión más dura. Años después, mi madre me contó toda la verdad de lo que aconteció en el Nebraska y cómo estuvo a punto de rebanar el cuello de aquel infame capitán en dos ocasiones. Pero ya habrá tiempo para eso…

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