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“En la guerra y en el amor los niños siempre son las víctimas”. La frase no es mía, sino de Bobby Farrell, a quien quise como a un hermano mayor. Desconozco si la cita era suya o la escuchó en algún sitio, pero lo cierto es que Bobby siempre parecía tener una para cada ocasión. Y sin embargo, yo no tenía consciencia de ser un niño cuando comencé mi andadura en el mundo del hampa. Aunque nosotros no lo llamábamos así y preferíamos hablar de ingresar en La Familia. Lo que si era cierto es que había una guerra declarada entre bandas y a mí me había tocado pertenecer a uno de los bandos. Yo aún era ajeno a ello, pero pronto Beppe Bartali me lo haría saber.
La primera claridad del día me despertó al colarse por la ventana. No era mi habitación y por un momento no supe dónde estaba hasta que a mi mente fueron acudiendo como mariposas traviesas los recuerdos de la noche pasada con Monique. A mi lado, etérea y perfumada, yacía como un ángel cansado y durmiente ella. Desnuda y dándome la espalda, acaricié con mis ojos toda su perfecta anatomía tratando de atisbar alguna imperfección que la devolviera a la condición humana. La noche había sido larga y ambos habíamos sido vencidos por la nostalgia antes que por el sueño. Descubrí varios pequeños lunares en su espalda, dos más en su nalga, una minúscula verruguita en el cóccix y una pequeña cicatriz casi imperceptible en el interior de uno de sus muslos. Me consoló saber que no fuera una diosa, sino sólo una mujer. Fue entonces, cuando haciendo caso a la propia Monique y sintiéndome prendado de ella, decidí no enamorarme jamás.
Barajaba dos opciones mientras la contemplaba: entrar de nuevo en ella o darle un beso en la frente al despedirme. Pensé que lo segundo era un broche más elegante a una noche fantástica, así que, me vestí y le di ese beso al marcharme. De alguna forma a lo largo de aquellas horas con ella, comprendí que Monique no sólo podría ser en un futuro cercano refugio carnal sino también algo que no se compra con dinero. Siempre llevaba conmigo unas palabras que me había dicho Madame Marley meses atrás.
– Respeta siempre a una mujer, incluso cuando hayas pagado por estar con ella. Recuerda que nuestras madres son también mujeres.
Monique, me había dicho que para salir había que bajar las escaleras de la parte de atrás y que el Patrone me esperaba en su oficina de la calle 32, así que al salir de la habitación, giré a mi izquierda hasta el fondo del pasillo. Ahí, una escalera estrecha bajaba un piso hasta dar de frente a una puerta metálica pintada de verde. Al salir a la calle desemboqué en uno de esos callejones de la ciudad en los que aún se presentía que la muerte había hecho su ronda a la luz de la luna mientras matones, rateros, putas y policías se jugaban en una partida si alguno acompañaba a la parca esa noche. A unos metros de la puerta de salida, el mismo Buick que me había abordado la noche anterior, me estaba esperando. De él se bajaron los mismos dos tipos de la noche anterior, pero con otro talante más amistoso.
– ¿Una noche movidita, verdad muchacho? – dijo el de la cicatriz en el párpado esbozando una sonrisa que fue secundada por una risa sofocada del otro tipo – Soy Mike.
– Luca Salerno – me presenté, tocándome levemente la gorra.
– Buenos días muchacho, me llamo Bobby Farrell – dijo el otro tipo teniéndome la mano.
Por muchas agallas que gastase con los chicos de mi edad y por mucho aplomo que tuviese a solas con una mujer, me daba cuenta que estar con aquellos tipos era distinto y volví a sentir los mismos nervios de la noche anterior, cuando los conocí. De alguna manera, sentía que ese era un mundo nuevo y desconocido para mí. Aquellos tipos estaban acostumbrados a cosas que yo ni imaginaba. Ese tipo de hazañas que relatábamos los chicos del barrio cuando fumábamos y bebíamos a escondidas mientras fantaseábamos con llevar una de esas pistolas algún día. Porque en esas calles, hasta los chicos de mi edad teníamos claro que los buenos eran los hombres de Bartali y los malos, los políticos que oprimían a la gente y que habían cambiado las reglas del juego con su maldita ley seca. La gente se adaptaba, sobrevivía y, sí podía, sacaba tajada. No éramos pocos los que no veíamos nada de malo en ello. Por eso yo, Luca Salerno Marconi, gánster en ciernes y gallito de pelea callejero sentía como empequeñecía al lado de aquellos tipos, que en el fondo, eran los héroes del barrio: mis propios héroes.
Fue Bobby quien desde el primer momento se encargó de hacerme menos incómodo aquel momento.
– Monique me dijo que Bep…esto…Don Giuseppe me esperaba en su oficina – dije después de un segundo interminable.
– Tranquilo muchacho ¿Dónde crees que te llevamos? No tengas prisa. El Patrone no madruga si no es necesario – Dijo Bobby Farrell
– Pensé que…
– Déjalo en nuestras manos muchacho, para eso nos pagan. Ahora vamos a comernos los mejores huevos revueltos de la ciudad, necesitas reponer fuerzas – dijo Bobby dejando escapar una risa cómplice que fue secundada por Mike.
Al parecer, a ambos les divertía mucho recoger a un chico que había pasado la noche anterior con una diosa del sexo como Monique. Había complicidad masculina en aquellas risitas, pero también un cierto aroma paternalista debido a la diferencia de edad, pues ambos me llevaban al menos quince años.
Entramos en el buick en donde esperaba un tercer tipo al volante, al parecer el mismo conductor de la noche anterior.
– Devuélveme mi gorra – fue su particular saludo.
– Éste es Frank, el mejor conductor de todo Chicago pero también el tipo con peor puntería disparando, por eso no le damos pistola – el que bromeaba riéndose de esa manera era Mike.
– Pregunta a tu hermana que tal estoy de puntería y de calibre… ella no se queja – replicó Frank.
– Haya paz muchachos – intervino Bobby Farrell.
– Y como verás chico, también es el tipo con más malas pulgas del condado – apostilló Mike.
– Son como el perro y el gato, siempre peleándose, pero cualquiera de ellos daría la vida por el otro. Así somos en La Familia Luca: uña y carne. Algo que tendrás que ir aprendiendo. Somos como abejas en un enjambre. Si alguien nos molesta, respondemos todos como un solo hombre. Nuestra fuerza es esa unión – dijo Bobby Farrell en la primera de las largas parrafadas que tuve ocasión de oírle y que tanto le gustaba soltar.
El buick arrancó saliendo del callejón y doblado al este por la calle 44. El trayecto fue aprovechado por Bobby para informarme del plan del día.
– Como te decía, ahora iremos a desayunar a la taberna del ahorcado. La señora Williams ha contratado un cocinero francés al que seguramente se trajina y que hace los mejores huevos de la ciudad. Le echa una mierda francesa que está cojonuda. Trufa, creo que se llama. El caso es que ya verás que delicia. Después te llevaremos a casa. Te duchas, te cambias de ropa y le cuentas a tu madre que has viajado con nosotros a Janesville a descargar un camión de ropa de trabajo. Eso fue lo que le dijimos anoche que ibas a hacer. Necesitarás dinero.
Sacó unos cuantos billetes de dólar de un bolsillo, los contó y me los dio.
– Veintitrés dólares. Por pasar una noche con esa rubia no está mal muchacho – comentó jocosamente –. Se los das a tu madre y le cuentas que es tu paga por descargar el camión. Me lo devolverás cuando cobres tu primer sueldo.
– Si fuisteis a verla, sabréis que mi madre no se lo va a tragar. En el barrio todo el mundo conoce a Beppe Bartali y qué se dedica.
– Silencio, no he acabado. Cuando bajes nos acercaremos a la barbería de Floyd, te cortaremos esos malos pelos y cuando estés presentable iremos a ver al Patrone. ¿Tienes una gorra o un sombrero?
– Tengo varios sombreros de mi padre.
– Ponte uno.
Bobby Farrell era un leal servidor de Beppe Bartali que dominaba el arte de hablar cuando podía y callar cuando debía. En la calle 44 no se sobrevivía sin saber eso. Me contó lo que el Patrone le dijo que me contase, pero cayó lo que se reservaba el jefe para sí mismo. Yo aún no sabía que mi vida corría peligro, pero eso es otra historia…y me la contaría en persona el gran Beppe Bartali.

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