Los ojos de un viejo parecen mirarte desde el fondo de su propia historia. Hay una sabiduría melancólica en esa mirada. Por eso yo, que nunca tuve viejos en los que mirarme, me gustaba hablar con Toby, el viejo saxofonista del Capri, pues del fondo de sus ojos se extraía la esencia de la vida y una paz que no vi en ningún otro lugar. Todos pasamos y a todos nos llega nuestra hora, pero quizás un hombre cerca del final, sabe además contarlo. Por eso no me cansaba de escuchar al bueno de Toby y ahora que el viejo soy yo, trato de recordar aquellos ojos al contar mi historia, pues de alguna manera, me ayuda a escribir.
Se podría decir que mi familia se adaptó bien a la vida americana. Tener un familiar que te lo facilite es muy importante y siempre le estaremos agradecidos a mi tío Carlo por todo lo que hizo por nosotros. Nos dieron alojamiento hasta que nos pudimos mudar a un hogar propio en la calle 23 y se encargaron de todo lo que podíamos necesitar en esos primeros meses. No obstante, había una gran diferencia en el matrimonio Rossi. Mientras Carlo se esforzaba en que nos sintiéramos como en casa, con tía Margaret la cosa era distinta pues tenía el sentido de la hospitalidad bajo cero. Según me contó mi madre, Margaret, era una mujer fría, distante y reservada. Daba la sensación de ser cordial, pero derramaba su falsedad por los costados sin advertirlo.
– Había algo en ella que nunca me gustó. No sé decir bien, pero lo cierto es que he visto arañas más cariñosas que Margaret Martín – decía mi madre.
Siempre gastaba el gesto serio, la sonrisa forzada, los modales huraños. Sólo le cambiaba la cara en las frecuentes visitas que Constanza Williams le hacía.
Mi tía siempre se las ingeniaba para hacer ver a mi madre que algo no era de su agrado. Si mi madre fregaba los platos, ella iba después a repasarlos y si mi madre limpiaba los cristales de las ventanas por la mañana, ella lo hacía por la tarde. Además lo hacía medio a escondidas, aprovechando que mi madre me daba el pecho o trataba de dormir a Ornella, pero se dejaba sorprender en el último momento para que mi madre la viera. Hizo que nos sintiéramos incómodos y conscientes de que no éramos bien recibidos a pesar de la cordialidad de tío Carlo.
Una de las primeras cosas que hubieron de hacer mis padres, aparte de ir aprendiendo el idioma fue legalizar su estancia en los Estados Unidos. Habían entrado de manera ilegal y necesitaban arreglar esta situación. Así fue como mis padres oyeron hablar por primera vez de Beppe Bartali, un joven napolitano con una habilidad especial para tener amistades en los sitios apropiados. Bartali fue un hombre que se hizo a sí mismo. Alguien que, empezando desde abajo, consiguió llegar a lo más alto: el ejemplo perfecto del sueño americano.
Su padre, un emigrante italiano sin una formación específica, se empleó en la construcción. En Chicago comenzaban a asomar los rascacielos y se necesitan brazos para levantarlos. La suerte le cambió el día en que le hizo un trabajo particular en su vivienda a un pez gordo del ayuntamiento que, satisfecho del trabajo realizado, le ofreció cambiar de empleo. Así pasó a encargarse de trabajos de limpieza y mantenimiento del edificio. El joven Beppe estaba acostumbrado a moverse desde niño por los despachos oficiales ganándose el cariño de los funcionarios. Con el paso de los años, Beppe Bartali demostró ser un joven muy despierto y supo arrimarse a las personas adecuadas. Cuando Eli Hofmann, un concejal muy influyente murió, él supo consolar a Natalie, su joven viuda. Ella fue quien le introdujo en el mundo de las fiestas nocturnas, los cócteles y recepciones y mientras hacía ovillos con las sábanas transpiradas de Natalie, empezó a cultivar una red de contactos convenientes. Para el joven Bartali estar en un cóctel o una recepción con lo más selecto de la sociedad era habitual. El propio gobernador le nombró su asesor personal en Chicago. Eso le obligaba a hacer frecuentes viajes a Springfield, la capital de Illinois, pero le amplió su red de amistades. En unos pocos meses su presencia en ciertos círculos se hizo habitual. Congresistas, alcaldes y hombres de negocios lo escuchaban con atención. Tenía cierta intuición para saber dar consejos y se manejaba con soltura en el mundo de las finanzas. Si Beppe Bartali opinaba sobre un negocio la gente le prestaba atención.
No fue de extrañar, que cuando Beppe Bartali compró un viejo establo abandonado en medio del barrio italiano por cincuenta dólares y le presentó al secretario de la alcaldía su proyecto para transformar aquello en el fantástico local que sería el Capri, accediera a poner el dinero necesario para construirlo. El trato era sencillo. Bartali tenía el suelo pero no el dinero. El secretario pondría el dinero y, con las ganancias, Beppe Bartali le compraría a plazos su cincuenta por ciento.
El negocio fue bien desde la misma inauguración. Lo más selecto de la sociedad se daba cita en un club en el que se hacían negocios y se ponían o quitaban alcaldes, gobernadores, jueces o presidentes. Todo era posible en el Capri a ritmo de jazz o foxtrot. Bartali aprovechó sus contactos entre esa sociedad para ir construyendo un pequeño imperio de negocios y poder que le situaron entre las personas más influyentes de Chicago. Conseguía suelo barato valiéndose de esos contactos y no se hubiera diferenciado de cualquier inversor si no hubiese descubierto la extorsión y el chantaje como un medio para acelerar la decisión del vendedor. Vendía o cedía ese suelo a constructores en unas condiciones inmejorables para ellos. Beppe Bartali se reservaba todos los locales de los edificios y los constructores hacían el negocio del siglo con unos terrenos por los que no habían pagado. De esta manera, Beppe Bartali fue tejiendo una red clientelar de bolsillos agradecidos. Ellos se hacían ricos con la venta o el alquiler de los pisos y Bartali era dueño de todos los locales de una buena parte del barrio italiano. Pero no era tan estúpido como para limitarse a ser el mayor casero de Chicago. Entrar en el negocio de la prostitución fue algo que siempre encontró complementario y explotaba varios locales de los mejores de la ciudad.
Bartali tenía retratos en sus locales con todo aquel que era alguien y no había celebridad o cargo importante que no hubiera pasado por el Capri y, después de haberse dejado un buen puñado de dólares, había sido invitado a alguno de los templos del placer de Bartali. Fue en ésta época cuando se le comenzó a conocer cómo El Patrone. Acudían a sus locales atraídos por el aroma afrodisíaco que emitían sus mesas de blackjack, póker o ruleta en donde conquistaban bellas jóvenes que resultaban ser de a cien dólares la noche. Pero Bartali era un tipo inteligente que no se dedicaba a desplumar a sus amigos ricos. Por eso, en ocasiones, les dejaba ganar a la ruleta o al blackjack una buena suma o les invitaba a pasar una noche húmeda con la chica de moda. Bartali los quería felices pues nunca sabía a qué puerta le tocaría llamar en un futuro. El Patrone solía decir que había que tenerlos a todos cogidos por los huevos, porque nunca sabes cuál tendrás que apretar para abrir una puerta.
Beppe Bartali siempre fue un tipo con una visión de futuro extraordinaria. Cuando las actividades de la Liga por la Templanza cobraron más presencia en la sociedad americana él fue de los pocos que vio venir el problema.
– Ese atajo de zorras conseguirán que se prohíba el alcohol y el juego – le llegó a comentar al gobernador en la fiesta del cuatro de Julio de 1917, dos años antes de la aprobación de la ley Volstead.
– No te preocupes amigo; la sangre no llegará al río – le contestó.
Pero la sangre sí que llegó al río. Y no en sentido figurado. Aquella ley, no sólo no arregló los problemas de alcoholismo de los hombres de América, sino que provocó ríos de sangre y más problemas de los que trataba de evitar. Sin embargo, donde todos veían un inconveniente, Bartali veía una oportunidad. La misma noche de ese cuatro de Julio, después de esas palabras con el gobernador tuvo claro que si un político te tranquiliza es porque debes preocuparte.
Viajó a Canadá con Michael Buonanotte, su mano derecha en los negocios y el hombre que mejor sabía cuadrar los números de todo Chicago. En dos semanas allí se trajo dos acuerdos muy favorables: comenzó a importar whisky canadiense y se trajo a Chicago a tres expertos que lo sabían destilar. Intuyó que si las tesis de la Liga por la Templanza terminaban de triunfar, la vida cambiaría. Si para entonces sabía fabricar whisky y tenía proveedores al otro lado de la frontera, tendría mejor posición que si no los tenía.
El tiempo le dio la razón y, cuando las leyes cambiaron la vida de las personas, él tenía consolidado un floreciente negocio y además, sólidas alianzas al otro lado del lago Míchigan. El Capri y otros locales cambiaron las luces por discretos carteles que anunciaban locales decentes y observadores del recato y las buenas conductas, pero de puertas para adentro, se vivían los felices años veinte en donde el alcohol, el Charleston y el fornicio imperaban sin que ley alguna les pusiera freno. La gente quería vivir deprisa y Beppe Bartali, favorecía estos anhelos convirtiéndolos en tangibles.
Mi tío Carlo conocía a Beppe Bartali antes de ser cliente suyo. Se sabía que en el Barrio italiano, Bartali era el referente. Por eso cuando mis padres necesitaron papeles, mi tío acudió a quien podía proporcionarlos. Fue un viernes mientras hacía la ronda de cobros. Mi padre y mi tío pidieron verlo a Joselyn, la sirvienta negra que se ocupaba de pagar todos los viernes. Joselyn les dejó un momento en la puerta y volvió para anunciarles que entrasen.
– El señor les recibirá ahora – dijo.
Les condujo al primer piso en donde les recibió en un coqueto saloncito, que acaso desentonaba con la grandiosidad del resto de la mansión.
– Buenas tardes Carlo ¿Qué ocurre? ¿Me retrasé en el pago de la leche? – dijo sonriente en italiano, cosa que agradeció mi padre, pues su inglés aún no era muy fluido y aunque hacía un gran esfuerzo por aprenderlo le gustaba manejar su idioma de vez en cuando -. Y este debe ser Tonino, tu primo ¿no? – añadió.
Ni tío Carlo ni mi padre habían hablado nunca con Bartali aunque todo el mundo sabía quién era, por lo que les sorprendió que Beppe Bartali les tratase por su nombre. La charla fue cordial. Mi tío le expuso el problema de documentación de mis padres y mi padre le contó un poco de lo vivido en el Nebraska. Bartali escuchaba con atención, como se presta atención a un amigo que te cuenta un problema y se tomó el asunto como si fuera de un familiar cercano.
– No te costará dinero Carlo. No puedo hacer menos por dos napolitanos como yo – dijo mientras escribía algo en un papel.
– Se llama Katherine Butler, es la secretaria personal del gobernador. Iréis de mi parte a Springfield. No os preocupéis por nada, me debe un favor. Ella os dirá todo lo que necesita: papeles, fotografías, datos o lo que sea. Tendrás documentación americana de verdad Tonino, no una falsificación – dijo alargando la mano para entregarnos el papel.
Conseguimos papeles oficiales en un par de semanas: permisos de trabajo, cédulas de residencia, partidas de nacimiento, todo en definitiva. Según aquellos papeles, mis padres habían llegado a Estados Unidos tres años antes de lo que en realidad llegaron y Ornella y yo habíamos nacido ya en América, por eso me gusta decir cuando bromeo que soy un americano de Nápoles o un napolitano de Chicago.
Bartali ante todo era un tipo astuto. En todos sus tratos daba la impresión de que él sacaba menos tajada que la otra parte, pero asegurarte de que todo el mundo te deba favores no es una mala táctica como los hechos le darían la razón…pero eso es otra historia.

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