A lo largo de mi vida he ido guardando muchos objetos en mi caja secreta. Todos ellos me recuerdan una historia o una persona. Uno de los que guardo con más cariño es un pequeño crucifijo de plata que me regaló Meredith Olsen. Los Olsen, Kasper y Meredith, fueron el encantador matrimonio que nos ocultó en su granja hasta que el asunto de Susan estuvo más calmado.
Kasper había sido marinero en su juventud en su Noruega natal. Teniendo apenas diecinueve años se enroló en un pesquero que venía a faenar en aguas de Terranova y comerciaba con pescado salado en diversos puertos. Permanecía unos meses en esas latitudes y regresaba a Noruega con los bolsillos llenos. Boston era uno de los principales puertos en donde vendían la mercancía. En uno de esos viajes, conoció allí a Meredith, que por entonces era una belleza de dieciocho años que trabajaba despachando fruta en la tienda de su tío.
– ¿Esas manzanas están maduras? Son verdes.
– ¿No sabe distinguir las cosas buenas cuando están en su sazón?
Y bastó una sonrisa pícara para quedar ligado a Meredith y a esta tierra de por vida. Se casaron y terminaron adquiriendo una granja hacía treinta años. Llevaban poco tiempo establecidos en ella cuando una noche oyeron un gran alboroto que provenía del camino. Kasper Olsen encendió una lámpara de petróleo al salir al porche, escopeta en mano, para intentar ver en la oscuridad qué ocurría.
– ¿Quién va? ¿Quién anda ahí?
Creyó distinguir un grupo de muchachos peleándose pero la luz y sus gritos pusieron en guardia a quien fuera y salieron huyendo en un carromato tirado por dos caballos. Cuando el polvo levantado por los caballos se disipó le pareció ver un cuerpo tirado en mitad del camino: era Beppe Bartali.
Bartali era un muchacho de apenas quince años y había quedado muy mal herido debido a la paliza sufrida. Perdió el conocimiento y no lo recuperó hasta después de dos días. El cuerpo se le pobló de moratones y tenía rotos los dedos de una mano. Los Olsen lo cuidaron lo mejor que supieron y lo hicieron bien. Mandaron venir al médico a su granja y fue él quien le administró la primera cura y marcó la pauta que tenían que seguir los Olsen para cuidarlo: cataplasmas calientes, ungüentos e infusiones de flores del arroyo. El chico era fuerte y su naturaleza y los mimos de Meredith lo devolvieron a este mundo. Cuando Bartali se repuso y los Olsen supieron quién era el muchacho enviaron un aviso a su padre que vino a recogerlo. El Patrone les estuvo eternamente agradecido.
Bartali contó que el grupo que lo golpeó era una pandilla de irlandeses. En un baile público, Bartali había estado charlando muy animado con una muchacha, hermana de uno de los que le pegaron. Querían dejarle claro que la sangre no se mezcla.
Años más tarde, cuando él ya se dedicaba a los negocios, se enteró que un rico potentado de la zona estaba presionando a los Olsen para que le vendieran sus ricas tierras por una miseria. Para forzar al matrimonio, había desviado el curso del arroyo que regaba la granja, aguas arriba. Bartali hizo una visita a aquel hombre en su rancho con varios muchachos para explicarle que sólo tenía dos opciones: dejar en paz a los Olsen o morir.
El tipo no debió de entenderlo bien, porque se presentó con dos de sus muchachos de confianza en la granja de los Olsen al día siguiente. Revólver en mano quisieron zanjar la cuestión, sólo que entonces el matrimonio no estaba solo sino acompañado de cuatro metralletas que los mandaron a los infiernos a los tres resolviendo el problema para siempre.
Es sorprendente lo eficientes que llegan a ser los cerdos haciendo desaparecer cadáveres y Kasper Olsen tenía unos cincuenta de esos voraces marranos. Los muchachos de Bartali se encargaron del trabajo sucio y también de hacerle saber a la viuda y los hijos que habían heredado y también que dejasen estar las cosas y mantuvieran cerrada la boca o se abrirían más fosas en los campos.
Aquellos dos favores recíprocos sellaron una amistad cómplice entre los Olsen y Beppe Bartali. Desde hacía muchos años Bartali siempre hacía una o dos visitas al año a los Olsen a los que con el paso de los años llegó a cogerles el cariño que se les tiene a unos abuelos. Aquel par de viejos no dudaron en escondernos unos días cuando El Patrone se lo pidió. No eran los favores debidos sino el cariño regalado, el motor que los movía.
El primer día de estar allí se presentó Bobby muy de mañana acompañado de un señor que rondaba los sesenta.
– Te presentó al señor Lohan. Es tu nuevo profesor particular. El jefe quiere que retomes tus estudios y no te conviertas en un burro. Me ha dicho que no admite un no por respuesta, así que, aplícate y sácale provecho. Creí ver en la sonrisa de mi madre una cierta satisfacción por aquel gesto y creo también que mi primera reacción tuvo que parecerse a la de un niño al que le comunican que lo van a vacunar mientras el galeno saca la jeringuilla del estuche. Todos parecieron divertirse bastante a juzgar por sus caras y supongo que mi gesto de disgusto no hacía más que alimentar en ellos la diversión.
– No es tan malo Luca. Algo menos molesto que un dolor de muelas – dijo el viejo profesor tendiéndome su mano.
– Luca Salerno – dije estrechándosela.
– Robert Lohan – contestó con esa sonrisa afable que pronto se convertiría en familiar.
Pregunté a Bobby si había alguna novedad y me dijo que nada nuevo. Que Susan permanecía viva a pesar de todo y que O’Donnell estaba en paradero desconocido. Al parecer O’Donnell había hablado con O’Banion una hora antes del suceso. Por lo visto habían llegado a sus oídos los rumores que nosotros habíamos propagado y quería prevenir a su chico. Poco supimos de lo que allí se habló y en aquellos momentos sólo sabíamos dos cosas a ciencia cierta: que Susan aún no le había dicho que estaba en estado y que a O’Banion le rechinaba la versión que circulaba por los mentideros de la ciudad.
Quien nos pasaba la información tampoco estaba tan bien situado como para conocer los detalles pero todo parecía indicar que O’Banion tenía oculto a su chico en alguna parte de la ciudad y también que sus sospechas iban en el buen camino. Ese cerdo irlandés no era ningún recién llegado y comenzamos a saber en los días siguientes que había estado indagando entre sus contactos en la gobernación sobre quién podía ser el misterioso tipo que se acostaba con Susan O’Donnell. Ahí sí teníamos gente muy infiltrada, empezando por el propio Bartali que era asesor del gobernador.
Aquellos días en la granja de los Olsen fueron un paréntesis en mi relación de amor y odio con la ciudad. Nada allí era como en Chicago. Cambié el empedrado de adoquines por un suave manto de hierbas, flores y buena tierra de labor, el ruido de las fábricas por el trino del cardenal y el impertinente claxon de los coches por el suave murmullo del arroyo cercano. En aquel remanso de paz, hasta la luna se atrevía a alumbrar la noche en vez de esconderse detrás de alguna nube de plomo y zinc.
Empecé a tomar mis clases de la mano del viejo señor Lohan: álgebra, ciencias, historia, literatura. Ningún conocimiento humano parecía estar fuera del alcance de quien ejerció tan noble profesión durante más de cuarenta años. El señor Olsen, en cambio tenía otras habilidades y conocimientos y disfrutaba compartiéndolos cuando salíamos de la casa. Me enseñó a ordeñar ovejas, aunque decir que aprendí sería demasiado optimista por mi parte. Sin embargo ponía tanto cariño en cada cosa que me mostraba que era una delicia escuchar cada una de sus lecciones de vida.
Kasper Olsen era un tipo sencillo al que la vida había tratado con una relativa benevolencia.
– Mi felicidad a estas alturas de la vida, sería completa si dios nos hubiera concedido la bendición de un hijo. Pero en la vida Luca, los anhelos y la realidad son dos caminos que discurren paralelos sin tocarse la mayor parte del tiempo. Sólo realizamos aquellos sueños en los que, por ventura, esos dos caminos se cruzan un instante. Así que ese pequeño momento de fortuna hay que agarrarlo con fuerza y no dejarlo ir, pues nunca sabrás si los dos caminos se volverán a cruzar en un futuro – me dijo una tarde sentado en una roca junto al arroyo mientras mirando los juguetones remolinos que formaban las aguas creí adivinar un poso de amargura en sus palabras.
El señor Olsen sabía todo lo que concernía a los campos y las criaturas que los habitaban y a mí me gustaba oírlo cuando me contaba cosas. Sabía predecir una tormenta con sólo mirar al cielo. Anticipaba la llegada de la primavera con sólo ver las aves que llegaban en bandadas y percibía oliendo la humedad del otoño la cercanía de las nieves.
Ornella y mi madre trabaron una gran complicidad con Meredith Olsen y se pasaban las horas en la cocina hablando del mundo y de cómo cambiarlo. Las tres encontraron pronto un lugar común en el que encontrarse entre las cuatro paredes de la cocina y los secretos que encerraban las recetas que después servían en la mesa. Así, mientras Isabella Marconi le enseñó los secretos de la pasta italiana, Meredith les enseñó a preparar su celebrada gallina en salsa de su propia sangre, un guiso oscuro y contundente que preparaba para las mejores ocasiones acompañado de patatas y verduritas desde que su madre le revelase el modo de preparar tan deliciosa salsa y que tantas satisfacciones había provocado en los afortunados que la habían probado.
Mientras tanto, yo pasaba el tiempo libre que me dejaban mis lecciones con el señor Lohan aprendiendo con Kasper Olsen a poner trampas para ratones, a pescar en el arroyo con un capazo o a distinguir en el color de las espigas, cuánto faltaba para la siega.
Un día vimos una rapaz que se suspendía en el aire volando sin avanzar. Me pareció un momento mágico que aquella ave fuese capaz de realizar esa proeza con sus alas. El señor Olsen me enseñó que aquello era un cernícalo.
– Se alimenta de pequeños animalitos que viven entre la maleza. Se queda ahí suspendido donde lo ves para divisar entre la hierba si algún incauto ratón pierde los nervios, se mueve y de esta manera termina siendo su almuerzo. Tienen muy buena vista y cuando divisan una presa mientras permanece inmóvil en el aire, se lanza en picado a por ella.
El cernícalo permaneció un par de minutos más ingrávido en el mismo sitio mientras yo miraba maravillado al pequeño artista. De repente, salió volando en dirección a nosotros con rapidez y como si se hubiera olvidado que tenía hambre. Me quedé extrañado mirando al señor Olsen buscando una respuesta. El viejo me sonrió y se apresuró a calmar mi incertidumbre.
– Es probable que algo lo haya asustado. Puede que alguien se acerque por el camino. Ellos lo ven mucho antes que nosotros y por eso se fue.
Había pasado un minuto escaso cuando divisamos un coche que se acercaba por el camino, eran Mike y Bobby en el Buick que se aproximaban a la granja con noticias frescas.
La policía había echado el guante a O’Donnell en el piso de un primo suyo en donde se ocultaba. Para nosotros eran buenas noticias porque en esa comisaria abundaban los bolsillos agradecidos al Patrone y esos tipos sabía usar sus oídos a la perfección. Para mí, era un alivio aunque Bobby pronto me borró de la cabeza esa relajación y trató de dejar las cosas tal y como estaban en ese punto. De momento las cosas no cambiaban demasiado. Permaneceríamos en la granja de los Olsen hasta que la situación volviera a la normalidad. Por de pronto, Bartali tenía la certeza de que si a O’Donnell lo habían capturado en ese piso era porque alguien había dado un soplo a la pasma y el que más papeletas tenía en la rifa era su propio jefe Dean O’Banion. Beppe Bartali quería que supiéramos aquella noticia pero también que estuviéramos prevenidos pues si O’Banion había vendido a O’Donnell podía significar que quizás se había cansado de un tipo que le reportaba más quebraderos de cabeza que otra cosa. Ya lo protegió cuando mató a mi padre y el FBI anduvo metiendo las narices en los bares de O’Banion buscando pistas, pero también podía ocurrir que nuestras sospechas fueran por el camino equivocado. Eran momentos de incertidumbre y aún era pronto para saber algo a ciencia cierta. Debíamos permanecer en la granja con los ojos abiertos y esperar noticias.
Mientras, en una cama de hospital, Susan O’Donnell, había perdido al niño que esperaba, pero seguía luchando por su vida.

 

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