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Hay una nostalgia larvada en el corazón de las personas cuando son conducidas por la tristeza a un callejón sin salida. Sucede cuando sufres un revés que te hace plantearte de nuevo para qué estás aquí y consigue que te preguntes si no sería mejor marcharse.
Los tiempos cambiaron a raíz de la muerte de mi padre y un viento frío del norte parecía arrasarlo todo a su paso. La vida, según la conocía hasta entonces, cambió de forma brusca. Fueron años duros, pero es que los tiempos eran así de áridos y yo, que aún no había salido del cascarón, ni lo sospechaba. Por eso me resultó más traumático el cambio.
Mi madre me contaba que maduré en esos dos o tres años siguientes tanto, que a los quince actuaba como un adulto. Aquellos dos disparos de O’Donnell no sólo se llevaron a mi padre sino que borró mi niñez del calendario haciéndome llegar a la edad adulta sin pasar apenas por la adolescencia. La única consciencia de haberlo sido, la tengo asociada a las frecuentes peleas callejeras de jovencitos en las que me veía envuelto, pues ni siquiera las chicas de mi edad fueron objeto de una atención especial y normal para la edad que tenía. Siempre me han gustado las mujeres mayores que yo, quizás porque con ellas se puede conversar antes y después. Y entonces me aburrían los diálogos fatuos, nerviosos e infantiles de las chicas de mi edad. No es de extrañar lo poco convencida que estaba Monique respecto a mi edad la primera noche que pasé con ella.
La primera consecuencia que tuvo en mi vida aquel suceso fue que dejé la escuela para ponerme a trabajar a las órdenes de mi tío Carlo.
Pero eso vino después. Al principio, los primeros días, tuve la misma sensación que cuando perdí a Jota Jota. No te acostumbras a no tenerlos a tu lado.

Fue Mati McTildon la que demostró una sangre fría y una capacidad de organización sorprendente. Nosotros, la verdad, estábamos bastante paralizados por lo ocurrido.
Los pistoleros se marcharon reiterando sus amenazas de muerte si abríamos la boca. Al salir y por unos interminables momentos, se hizo el silencio. Era el punto de ruptura que necesitaba Mati para hacerse con las riendas de la situación. Éramos cinco testigos del crimen, demasiados para que el asunto no se supiera.
– No os mováis ninguno, dejadme que piense – ordenó Mati.
Durante unos minutos se produjo una discusión sobre qué hacer con el cadáver de mi padre, algo que yo no debería haber oído, pero que no se lo tengo en cuenta pues era el miedo el que hablaba por sus bocas. Los nervios causaron el raro efecto de que hombres buenos y justos propusieran dejar abandonado el cuerpo en un camino y decir que no lo habíamos visto en toda la noche. Pesaba la amenaza de muerte de unos tipos a los que todo el mundo conocía y de los que se sabía que no dudarían en llevar a término su amenaza.
Finalmente, fue Mati McTildon quien nos puso de acuerdo a todos. Lo primero era eliminar testigos. La policía conocía que a la pelirroja irlandesa la estaban presionando los hombres de O’Banion y puede que nada de lo que contáramos fuera a ser creído por los agentes, pero cuanta menos gente interviniera en el asunto, mejor. Ella fue quien ideó el plan.
Salvatore y Guido debían marcharse a hacer su ruta como si nada supieran y me llevarían a mi casa al acabar a las seis de la mañana. Para entonces, y si todo salía bien, mi tío me esperaría en el portal para ser él quien le diera la noticia a mi madre. Aquello fue lo primero que salió mal pues dos policías se presentaron a las cuatro de la mañana en mi casa. Cuando llegué, mi madre estaba devastada, tendida en la cama llorando sin consuelo.
Mati y tío Carlo declararían a la policía que esa noche, yo había pedido permiso a mi padre para ir con Salvatore y conocer su ruta. La policía no tenía por qué saber que yo me iba siempre con mi padre ni tampoco que todas las noches tomábamos un trago en la taberna.
Yo me marché con Salvatore. Había vuelto a llover y de esa noche sólo conservo el recuerdo de las gotas estrellándose contra el cristal. Por esa razón, las noches de lluvia me traen malos recuerdos, algo que habría de recordar la primera noche que pasé con Monique y que invadió mi corazón de una desazón repentina.
Eliminados de la escena del crimen Salvatore, Guido y yo, Mati elaboró un plan que debía de ser lo que ella y tío Carlo dijeran a la policía. Según su guion, mi padre se quedó fuera orinando como hacía a menudo. Tío Carlo entro también con una urgencia digestiva y pasó raudo al baño. En esos momentos Mati estaba ordenando el almacén pues cerraría en breve. Ambos, Mati y mi tío, oyeron los disparos y salieron alarmados encontrando a mi padre tendido en el suelo. Posiblemente el móvil del asesinato fue el robo pues su cartera se encontraba tirada a sus pies, revuelta y sin dinero.
Mi tío Carlo se dispuso entonces a buscar la cartera del cadáver pero Mati lo detuvo en el acto.
– ¡Quieto! ¿ No sabes que el FBI tiene un invento que te identifica por las huellas dactilares?
– Las ¿qué? – contestó tío Carlo.
– Hay que ponerse guantes. Ya lo hago yo – resolvió la pelirroja irlandesa.
Mati registró a mi padre muerto hasta dar con su cartera. Tan sólo llevaba cinco dólares y algunas monedas en el bolsillo del pantalón. Dejó las monedas en el suelo junto con la cartera vacía de dinero y llamó a la policía.
Para cuando llegaron los sabuesos de homicidios yo me encontraba ya en el centro de la ciudad y llevaba un rato en el camión de Salvatore mirando cómo las gotas de agua se estrellaban contra el cristal. Ni para Mati ni para mi tío fue fácil mantener el tipo ante las preguntas de la policía, pero al menos se mantuvieron firmes en su versión de los hechos.
Ninguno había visto nada. Salieron al oír los disparos y se encontraron a mi padre que yacía muerto en el suelo. Mi tío lo volteó llamándolo a gritos pero ya era demasiado tarde.
Ayudó muy poco que Mati desapareciera esa misma noche después de prestar declaración en comisaría. Lejos de atraer las sospechas sobre ella, para la policía fue la confirmación de que la estaban extorsionando. No huía de la policía sino de quien cometió el crimen.
La cuestión se complicó cuando dos días más tarde el FBI visitó a Salvatore y a Guido en sus casas. Mati llevaba razón en que si nadie se salía del guión y cada uno contaba su parte según lo previsto, la policía no encontraría pruebas de lo contrario. Podría sospechar que encubríamos al autor o autores por miedo, pero eso era un delito menor dada la envergadura del asunto y no nos acusarían de ello. Pero Mati no había acertado en todo ya que su huida puso a los sabuesos a investigar el entorno de mi padre para ver si alguien más sabía algo. Su prioridad pasó a ser el poder confirmar que O’Banion nos tenía amenazados. Aquello era un crimen local por lo que le correspondía a la policía investigarlo. El solo hecho de que el FBI metiera sus narices en el asunto ya indicaba a las claras que se lo habían tomado como un asunto de caza mayor.
Cuando fueron a husmear en casa de los dos empleados de Carlo Rossi ya plantearon la posibilidad de que si se demostraba que encubríamos a los autores podríamos ir a la cárcel. Sin embargo, si colaborábamos, nos protegerían. Era un farol, nosotros éramos unos pobres diablos, pero en cierto modo su presión causó el efecto buscado. Al parecer, Guido tuvo que contar algo o quizás sólo dijo que lo iba a contar, el caso es que aquella tarde, dos federales se quedaron haciendo guardia frente a la puerta de Guido, no se supo bien si para vigilar o protegerlo.
Quizás alguien tuvo que ser más previsor y anticipar mejor lo que podría ocurrir. No me correspondía eso a mi que era un niño traumatizado aún por ver cómo mi padre moría delante de mis ojos. Puede que Mati, si no se hubiera visto obligada a dejar atrás todo aquello, hubiera sido de gran ayuda en aquellos días pues era la más lúcida de todos. Pero a veces las cartas están marcadas y aquella era una partida arriesgada.
Lo que ocurrió fue que sobre las diez de la noche, Guido salió de su casa como hacía a diario. Arrancó su camión y se encaminó a la casa de mi tío Carlo en donde comenzaba su trabajo todas las noches, sólo que esa noche los federales lo siguieron a una discreta distancia durante toda su jornada. Cuando Guido se bajaba del camión a entregar un pedido, uno de los dos funcionarios se bajaba del coche y vigilaba que todo transcurriera con normalidad.
Pero aquel Chicago tenía vida propia y el viento susurraba las noticias al oído apropiado. Guido entró en el portal de un edificio de diez plantas. El policía le siguió los pasos hasta la puerta del ascensor mientras encendió el enésimo cigarrillo de la noche. Era uno de esos viejos ascensores que tenían una media luna dibujada arriba con los números de las plantas y que eran señalados por una flecha en su recorrido. La flechita del ascensor marcó el número cinco y se detuvo un rato. Guido debía estar dejando el pedido. Eran más de las cuatro y el cansancio hacía mella también en el federal que bostezaba con desesperación mientras soñaba con meterse en el catre de la pensión en la que se hospedaba mientras estuviera cubriendo el caso. Guido parecía tardar y por un momento el policía abandonó sus perezosos pensamientos para mirar inquieto la flecha del ascensor que seguía detenida en el número cinco. Cuando estaba a un paso de comenzar a alarmarse, la flecha volvió a ponerse en marcha en dirección decreciente a la planta cero.
Aquel Chicago solía tener un macabro sentido del humor y sus noticias tenían menos gracia que una visita al dentista. Al llegar abajo y a través de las rejillas de las puertas exteriores, el federal pudo ver cómo Guido había recibido un cariñoso abrazo en el cuello con un alambre que le había terminado cortando la yugular. Su cuerpo ensangrentado yacía en el suelo con los ojos fuera de sí.
Fue una señal y una advertencia. Salvatore tardó una semana en seguir los pasos de Mati y desaparecer de la circulación. Se llevó a su familia, huyó de aquella ciudad cruel y para mi tío Carlo comenzaron las vacas flacas.
Toby, el viejo saxofonista de la orquesta del Capri, me contó una noche en que el whisky le condujo a la melancolía, que a veces las ciudades se parecen a las personas y te dan la espalda olvidándote. Se comportan como las mujeres con las que has tenido una historia y esta se acaba de modo amistoso. Entonces te sueles prometer conservar un trocito de ternura en el corazón en forma de amistad. Te has pasado las noches en vela sólo por alcanzar a darle un beso, la has querido y la quieres con toda tu alma y de pronto, percibes que no sabes nada de ella, que no hay nada de qué hablar y que el hielo se ha ido instalando entre los dos y tú ni siquiera sabes cuándo te congelaste por completo. Es una lluvia fina e imperceptible que termina calándote los huesos.De repente, un día te das cuenta que cualquiera sabe más de su vida, de lo que piensa o de lo que anhela que tú. A veces la espoleta que detona la amargura es un detalle sin aparente importancia. Alguien sabe qué libro está leyendo y tú no. Alguien sabe qué música escucha, qué zapatos, qué vestido o qué toallero desea comprarse o qué sueña por las noches… Y tú no estás en ninguno de esos asuntos porque ella ya no es ella, sino el recuerdo que conservas de lo que era cuando te iluminaba la noche con su sonrisa. Entonces es cuando te das cuenta de que te ha olvidado, de que eres un rumor lejano en su vida y tienes la certeza de que una lombriz de tierra tiene más posibilidades que tú de hablar con ella.
Toby, que amó tanto que nunca aprendió a hacerlo, me contó aquello sumergido más en el dolor que en el whisky. El licor era un simple navío en una travesía amarga que hacía en soledad. Aquellas palabras me conmovieron porque procedían de un hombre bueno que nunca le hizo daño a nadie y que sin duda no había hecho nada para merecer esa suerte salvo amar y darlo todo. Fue la única vez que vi llorar a Toby que seguía enamorado de un recuerdo. Las lágrimas resbalaban por su vieja y cuarteada piel oscura, pero debajo se percibía un corazón tan blanco que era capaz de seguir amando a cambio de nada.
– ¿Cómo se recupera alguien de un dolor así? – le pregunté a mi viejo amigo negro y feo.
– Nunca lo consigues Luca… Nunca te recuperas.
Tuve la tentación de decirle que ella no le merecía pero apenas comencé, me cortó diciéndome que lo malo de seguir queriéndola es el convencimiento de que era la mejor persona que había conocido y que por mucho que le rompiera en mil pedazos el corazón, ella se merecía encontrar a alguien mejor que él mismo.
– Además, yo te contaba todo esto para que vieras que las personas y las ciudades no son tan distintas – quiso zanjar la cuestión.
Y las ciudades, a veces, son también así. Te olvidan, te marginan y prefieren coquetear con cualquiera antes que contigo. Crees saber de ellas pero en realidad cualquiera sabe más que tú mismo de cómo respiran. Mi tío Carlo fue olvidado y marginado por una ciudad caprichosa a la que le gustaba jugar con las vidas ajenas. Quizás la muerte de mi padre fue el detonante que lo hizo tangible pero siempre me pregunté si aquella ciudad no llevaba tiempo conspirando en la sombra sin que él se apercibiera.
Al poco de abandonarlo Salvatore y con Guido muerto no pudo atender a toda su clientela y pronto le crecieron competidores que le fueron restando clientes y beneficios.
Para Carlo, Chicago era como esa novia pasada a la que has amado por encima del infortunio. Fue olvidando poco a poco a Carlo Rossi como los amores caducos pero él, como hacen todos los enamorados, no lo quiso ver hasta que la evidencia era gigantesca.
La muerte de mi padre cambió mi vida y la de mi tío…pero eso es otra historia.

Comments

  1. Magnífico capítulo, Luisa. Hay párrafos con reflexiones de Luca que me han gustado especialmente. Incluso me he sentido identificada con algunas frases. Intuyo que hay mucho de tí ahí…pero claro, eso es otra historia…jeje…Felicidades!!!

     
    1. Muchas gracias Juani. Compruebo que te gustan las reflexiones que el narrador salpica en la propia narración de sus memorias.Al final, se está convirtiendo en un vehículo del propio relato. No sé si me alegro de que te sientas identificada con alguna pues tienen un poso amargo evidente. En cualquier caso, a veces el comprobar que no se está solo ayuda y si te sentiste acompañada por un momento lo daré por bien empleado.
      Y llevas razón…hay mucho de mi en esa reflexión. Diría que Luisa vomitó encima del texto en un mal día. No sé si hay que estar mal para escribir bien pues no estoy segura de la segunda premisa, pero en cualquier caso llevas razón…eso es otra historia…la que nunca contará Luisa. Gracias

       
      1. Conecté con Luca hace tiempo (es que me dio un besito cuando era niña) ¿O fue con Luisa?..en fin, eso da igual. En mi humilde opinión, escribes magníficamente. Ánimo…te mando un abrazo.

         
    1. Muchas gracias Mati (Mc Tildon jejejeje)
      Tú sí que lo eres…en cuanto al texto que te prometí, he decidido que aparecerá más adelante en lugar de en esta época. Ya lo tengo casi escrito. Lo tendrás tú antes de salir publicado (que calculo será en uno o dos años…)

       

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