Los ánimos se calmaron tras la gran reunión de las bandas. El plan de Bartali fue presentado por Torrio como si en realidad fuera una iniciativa propia y, dado el respeto que se le tenía en la ciudad, fue aceptado por todas las familias. Chicago quedó delimitado en zonas y todos se comprometieron a respetar esos límites.
Un chupatintas del Post escribió años después que aquel día se alumbró el llamado crimen organizado y en cierto modo no le faltaba razón aunque esa afirmación era quedarse muy lejos de todo lo que allí se cocía. El tipo llegó a escribir, que desde aquella reunión, se ponían fronteras dentro de la ciudad y cada banda delinquía en su territorio. Pero como suele suceder con los periodistas, le faltaba audacia en el enfoque. Estos tipos nunca manejaron los mismos códigos de honor que había en las familias. Nosotros actuábamos fuera de la ley sólo porque en aquel momento las leyes estaban escritas así, no porque nuestros negocios fueran sucios. Nos tachaban de contrabandistas, pero años después, cuando la ley seca pasó a mejor vida, nos convertimos en empresarios que se dedicaban a la importación, producción y venta de licores…todo ello por la misma actividad. Lo que esta sociedad hipócrita que nos rodea no encajó nunca es que arregláramos los asuntos por nuestra cuenta y confiáramos más en una automática que en un picapleitos.
En cuanto a la prostitución, las chicas querían ganar dinero y los hombres buscaban su calor. Había sido así desde el principio de los tiempos. Nosotros lo único que hacíamos era facilitar las cosas ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Nuestro negocio se basaba en la felicidad de los demás, en realidad, éramos los buenos de la película.
El Patrone le agradeció a Johnny Torrio que lo tratase como a un socio en aquella reunión. La alianza estaba recién pactada y apenas llevaban juntos en el negocio unas semanas, pero Torrio ya había empezado a llenarse los bolsillos y las cuentas le salían a pedir de boca.
El único distante con Bartali siempre fue Al Capone. Años más tarde, cuando tuve que vérmelas con él, comprobé de primera mano que aquel cabrón estaba loco y había que llevarlo con un especial cuidado. Los hechos tal y como se fueron sucediendo tiempo después, así me lo demostraron.
Después de aquella reunión las cosas se tranquilizaron y si a algún muchacho se le disparaba el arma en un momento de tensión, se acudía a la barbería de Floyd Newman a limar asperezas entre las familias para que la cosa no pasase a mayores.

Mientras la ciudad se organizaba a su manera en los bajos fondos, yo pasé ese tiempo trabajando con mi tío repartiendo leche, queso y mantequilla en un camión en el que casi no llegaba a los pedales. Siempre en guardia por si algún policía tenía la ocurrencia de darme el alto. Mi tío me compró una barba postiza que se colocaba con una goma cogida en la nuca. Su teoría era que de noche y con poca iluminación, cualquiera que me viese, pensaría que era un tipo bajito y barbudo. Nunca tuve que utilizarla, pero siempre la llevaba a mano.
Aquellos años de trabajo nocturno forjaron en mí una cierta atracción por la noche, casi como un pacto lunar. Llegaba a casa reventado y solía dormir hasta la hora de comer. A veces, al llegar a casa, Ornella se despertaba mientras me desnudaba y hablábamos un poco. Me solía preguntar por cómo había ido la jornada y a veces, continuábamos esa conversación mientras comíamos. Mi madre también se unía a nuestras charlas a la hora del almuerzo, que de esta manera se hacía más agradable. Parecía que era algo que nos hacía falta a los tres, sobre todo los primeros meses después de la tragedia.
Después de comer y por una imposición de mi madre que nunca agradeceré lo suficiente, estudiaba un poco. Cogía los libros de Ornella y leía todo aquello que podía. Mi madre no quería que el abrupto abandonó de la escuela hiciera de mí un burro el día de mañana. Isabella Marconi me decía que en la vida había que tratar de saber de todo pues un hombre culto es más libre y ella sabía que yo era rehén de las circunstancias. Comprendí que llevaba razón y me entregaba a la lectura un poco por eso, pero también porque descubrí que dentro de los libros se escondían mundos e historias que merecía la pena conocer, vivir y soñar. También era un medio de escape de aquel Chicago gris y sus grises sombras. Así, no sólo repasaba literatura, ciencias o historia sino que me sumergía en aquellos libros de la mano de Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, Mark Twain, Herman Melville o Jack London y aquellas fantásticas aventuras que me contaban sus letras impresas. Ornella me ayudaba con las cosas que no entendía bien, como el álgebra o como mi propio cuerpo cuando éste comenzó a cambiar.
Cuando la tarde avanzaba un poco más, me bajaba al callejón de la 23 a reunirme con la pandilla. Seguíamos yendo a menudo al viejo solar abandonado, sobre todo porque a medida que crecíamos era un lugar ideal para fumar, beber e invitar a alguna chica a que traspasase los límites que sus padres le habían inculcado. Habíamos acondicionado dentro del túnel un reservado colocando tablones a modo de pared y dentro, habíamos llevado tres asientos dobles del vagón volcado entre la maleza. Unas mantas viejas colgadas de cuerdas que iban de lado a lado a modo de cortinas, aseguraban la intimidad. Por último, unas lámparas de petróleo se encargaban de dar luz al habitáculo. Allí, entre copas y cigarros adolescentes, contábamos historias de miedo, reíamos y soñábamos algún día con escapar de aquel destino incierto.
En aquel viejo túnel donde un día di mi primer beso me llevé en un par de ocasiones a chicas de mi edad. Era el tiempo de las hormonas desordenadas y las espinillas. El paso del tiempo y lo poco que significaron en mi vida, consiguieron que, por puro respeto a ellas, olvidará sus nombres. Aquellas experiencias, unidas a las que tuve con mujeres de verdad como Susan O’Donnell o Marley, condicionaron en mí el gusto por las mujeres mayores que yo, de eso estoy seguro.
La primera, fue una chica gordita de la que lo único que recuerdo es que tenía fama de “fácil” entre los muchachos del barrio.
Bobby Farrell, que parecía tener una frase para cada ocasión, lo resumiría años más tarde cuando se lo conté en un tugurio del barrio chino una noche de copas sin fin.
– Es el triunfo de la ingenuidad Luca ¡Cómo si alguna mujer fuera fácil de manejar a cualquier edad! – dijo como quien posee la llave del cofre de la sabiduría – ¿Y qué pasó? – me preguntó.
Yo le conté, entre risas de mí mismo y algún whisky de más, que en realidad lo que los chicos queríamos decir, es que era de esas que se dejaba meter mano. Pero a veces de lo que se cuenta a la realidad, va un mundo. En la creencia de que me iba a resultar fácil y con toda la torpeza y la premura de la inexperiencia mi encuentro con ella tuvo la brevedad de una estrella fugaz. Cuando estuvimos a solas en el túnel quise darle un beso a la vez que intenté palpar sus incipientes senos y a cambio conseguí fue una fenomenal bofetada a quemarropa que atronó el túnel desierto y vació mi cabeza de fantasías zanjando la cita.
De la segunda chica sólo recuerdo que fui más cauto y eso me condujo a tener una insípida conversación con una niña toda una tarde sin que fuera capaz de encontrar el momento apropiado para insinuarle lo que buscaba de ella.
Por supuesto, cuando te reunías con la pandilla exagerabas el asunto y la historia era otra muy distinta: la chica se había dejado meter mano, te había dejado darle un beso e incluso te había mostrado los pechos. Así la fama en el barrio de la chiquilla (creada y alimentada por nosotros mismos), se agrandaba y la convertía en pieza apetecible para algún otro incauto que, habiendo recibido otra bofetada, terminaba contando un beso lascivo. Así dejabas que el siguiente idiota de la fila, disfrutase de un buen tortazo y tu reputación de conquistador juvenil quedaba a salvo. Éramos torpes polluelos sin plumón a punto de echar a volar, pero ya nos creíamos águilas reales.
Llevaba un tiempo trabajando y hablaba con frecuencia con personas mayores. Eso y contemplar a una edad tan temprana como asesinaban a mi padre me hizo madurar más que los chicos de mi edad. Con mis amigos de siempre pasaba por alto el hecho de que sus conversaciones de niños me comenzaban a parecer huecas y faltas de interés, pero con las chicas de mi edad era distinto. Cuando conocía a alguna solían aburrirme sus infantiles coqueteos que ni de lejos conseguían la intensidad turbadora de la mirada de alguna de las mujeres maduras a las que cobraba el servicio los viernes junto a mi tío. Además… estaba Ornella, siempre estuvo ella.
Ella me llevaba dos años y siempre pareció más madura de lo que marcaba el calendario. Con ella siempre pude charlar a otro nivel que nunca supe explicarme bien. Era como si algo dentro de nosotros supiera que no éramos hermanos incluso mucho antes de saberlo. Con ella las horas se evaporaban en un instante mientras conversábamos sentados en la cama. Con ella…Todo fue distinto siempre.
Cuando la tarde caía, era hora de hacerse mayor, subir a casa, cenar y salir a trabajar la noche. La taberna de Mati McTildon permanecía cerrada, así que tío Carlo encontró una posada en la que se podía tomar un trago antes de salir a hacer la ruta. También podías pasar un rato por un par de dólares con aquéllas viejas mujeres tan pintadas que siempre estaban sentadas al fondo del local y que me sonreían. Con aquellas veteranas del oficio, mi tío buscaba de vez en cuando un alivio exprés mientras yo calentaba motores con una copa de brandy. Cuando llegaron los fríos descubrí que el licor te entonaba el cuerpo y el ánimo. Y a mi tío le parecieron mis trece años suficientes para que remojara el gaznate como hacían los hombres.
De aquellos años adolescentes son la mayoría de peleas callejeras que tuve. Parece como si llegara un día en que te tienes que posicionar en la manada y cualquier excusa parecía buena ocasión para probarte. Si una pandilla ocupaba nuestra escalera de incendios del callejón de la 23, se les echaba a patadas. ¿Qué volvían a tomarse la revancha? Pues se volvían a cruzar los puños en la calle. Si alguno miraba a una chica de la pandilla, puños por mirarla. Que no la miraba, puños por despreciarla. Si algún chico se cruzaba imprudente en medio de una carrera de bicicletas, volvían a volar los puños callejeros. A veces, nos dábamos verdaderas palizas en grupo. Cualquier excusa parecía oportuna para derramar la testosterona en la cabeza de cualquier infeliz. Sin embargo a esas edades no había una maldad especial en nuestra forma de comportarnos. Era más bien una forma primitiva e instintiva de marcar territorio como hacen los perros meando árboles y farolas.
Bobby Farrell siempre decía que no eran los chicos los que obraban así por sí mismos sino que era está ciudad caprichosa y gris quien exigía de ellos ese tributo para seleccionar sólo a los más fuertes. Bobby, que nunca oyó hablar de Darwin, había llegado a la misma conclusión en su pequeño mundo.
Había veces que el contrincante se ganaba tu respeto en medio de la batalla y puedo decir que un par de amigos que tuve en aquellos años los conocí peleando con ellos. Ocurría de modo espontáneo. En esas escaramuzas te pegabas con el alma, sangrabas por la nariz y había chicos a los que el gesto no les cambiaba sino que tornaba su mirada aún más dura y desafiante. No había miedo, ni llantos, ni llamadas de socorro a los padres y ese muchacho conseguía ganarse tu respeto porque tenía orgullo y sabía encajar. Y en esas calles, aquella era una virtud.
Cuando mi tío encontró quien quisiera trabajar con él, quiso liberarme de parte del trabajo. Mi labor pasó a ser la de cobrar los viernes a la mayoría de los clientes. Algunos días que había gran demanda de pedidos me agarraba a un camión y echaba una mano. La verdad es que aquel tipo de Oklahoma que al fin pudo encontrar mi tío tenía más de pedrusco que de diamante y eran frecuentes sus borracheras y la falta de celo en el trabajo. También me tocó sustituirlo cuando su hígado lo dejaba postrado en la cama. Aparte de esas ocasiones especiales mi labor disminuyó bastante. Cobraba a los clientes en la bicicleta que mi padre me había comprado, así fue como conocí al resto de clientes de mi tío. Y aunque desde la tragedia en la taberna de Mati McTildon mi tío había perdido muchos clientes, algunos, aunque fueran pocos, fue recuperando.
Con el paso del tiempo terminé por cobrar a todos los clientes de mi tío. Él se reservaba un puñado de cobros para tener una excusa en casa y acudir a sus lupanares favoritos, en especial, a ver a las chicas de Marley. De esta manera volví a frecuentar en solitario a una mujer que llevaba un tiempo ocupando con frecuencia mis fantasías nocturnas. Se trataba de Susan O’Donnell y ahora, décadas más tarde, es cuando aquel episodio va siendo comprensible para mí. Aquella mujer tenía una afición desmedida por encamarse con cualquiera, pero tenía una debilidad especial por los jovencitos. De hecho, lo único que le molestó de mí, es que no fuera virgen…pero eso es otra historia.

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