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Cuentan los más viejos del lugar, que el Chicago que conoció mi padre al llegar, era menos amable que una prostituta de medio centavo. Tan áspero en el trato era, que la Gran Guerra prefirió pasar una temporada en Europa en lugar de aquí. La gente era huraña y gastaban menos humor que un colt del calibre 45. Algo en el ambiente parecía indicar que América no era la tierra de provisión que mis padres buscaban cuando zarparon de Nápoles.
Años más tarde, Toby, el saxofonista del Capri, me aseguró que eso era porque las ciudades, cómo los perros, presienten los terremotos. Y al viejo Toby, a quien la acumulación de whiskys hacía clarividente, no le faltaba razón. Cuando las nuevas leyes vinieron a joderlo todo, la vida cambió. Pero esto, la ciudad, lo supo años antes y su aliento se había vuelto más fétido.
Antonio Salerno cogió a su familia, incluyendo al bebé que yo era y acudió a la invitación de un pariente. Las cosas en Italia debían estar peor, cuando no vio mejor salida. Tonino, como le conocían, pensó que puestos a morir de hambre, lo harían en América y al menos verían mundo.
Su destino era “La taberna del ahorcado”, singular nombre para un bar de la calle 44 en dónde se servían comidas y whisky hasta que la ley seca vino a actualizar el significado de la palabra contrabando. Regentaba el local una viuda que atendía por Constanza Williams, con unas generosas carnes en todo su inmenso contorno y unos pechos, que, aseguran los que los contemplaron y sobrevivieron para contarlo, que cuando se liberaban de su corsé provocaban un eclipse parcial de sol en ésta zona del Lago Michigan hasta cerca de Milwaukee.
Constanza Williams estaba casada en segundas nupcias con Berto Martinez, un español enclenque y enjuto al que dios había provisto de un juego completo de huesos y piel de saldo, pero sin carne. Alguien debió olvidarse de rellenar aquel esqueleto que amenazaba ruina a cada paso. Ambos formaban la pareja más pintoresca de la calle 44. A su lado, la señora Martinez parecía una montaña lustrosa y sonrosada y Berto, los restos del pollo de la cena.
Las malas lenguas decían, que fue su peso quien mató a su marido una noche de borrachera en la que ambos cayeron rendidos en el catre. En el velatorio, los corrillos de chismosas se daban codazos cómplices mientras se contaban en voz baja que, al parecer, el marido había muerto cumpliendo, a tenor del estado en que encontraron su miembro. Se santiguaban y sonreían ruborizadas mientras bebían una taza de café para disimular la turbación que les causaban esas historias. Nada más lejos de la realidad. Martínez se había derrumbado ebrio en el colchón. Constanza, que no iba menos bebida, pero al parecer con ganas de algo más que los brazos de Morfeo, le pidió ayuda para quitarse el corsé. Él lo hizo, pero cayó rendido por el alcohol sobre la cama de inmediato, con el pantalón por los tobillos. Para cuando Constanza quiso quitarse medias, ligas, liguero, enagua y pololo, el pobre señor Martinez soñaba con Lana, la hija del carbonero. Cuando la señora Martinez se desplomó sobre él, su marido estaba camino del paraíso, consumando con la hija del carbonero.
– Murió axfisiado pero feliz – contarían años más tarde, algunos de los mejores hombres de éste país, mientras tomaban el sol en el patio de Alcatraz…
Puede que os preguntéis cómo sé yo con qué soñaba el señor Martínez cuándo murió aplastado. Nunca se sabía cómo, pero en aquel barrio, todas las cosas se transmitían por vía oral, incluyendo las venéreas. En realidad, supe de primera mano todo lo que aconteció esa noche…pero eso es otra historia.
La hermana del difunto señor Martinez estaba casada con Carlo Rossi Salerno, primo de mi padre. De nombre Margarita, quiso cambiar su nombre por el más americano de Margaret Martin. Renegaba de su origen español, pues era una niña cuando llegó a América y ningún lazo afectivo la unía a aquella aldea perdida en Galicia, cuyo nombre no recordaba.
Margaret estaba ligada a Constanza por un secreto común. Y los secretos compartidos crean vínculos extraños en las personas. O la lealtad hasta la tumba o la traición. No hay término medio. Margaret y Constanza se eran mutuamente leales.
Carlo, que no sabía ni leer ni escribir, le pidió a su mujer que hablase con Constanza para que su marido escribiese una carta por él. En aquél tiempo, encontrar alguien que supiera escribir no era empresa sencilla y Carlo tuvo que recurrir a su cuñado.
Carlo y Margaret vivían en una casa en las afueras. Una dirección complicada para quién viene por primera vez a América y a ésta ciudad. Así que, los cuatro redactaron el breve mensaje en la taberna del ahorcado, y convinieron que fuera allí donde los esperarían. Una vez que llegasen, el matrimonio Rossi acompañaría a mis padres a su casa. Nos hospedamos en su casa hasta que mis padres se trasladaron a vivir a un piso de la calle 23.

“Querido primo.
Ven a Chicago con tu familia. Sé que la fábrica cerró y allí no hay futuro. Yo tengo aquí un pequeño negocio que marcha bien. Necesito alguien de confianza para ampliarlo y he pensado que eso puede ser una buena salida para ti y tu familia. Te ofrezco trabajo y un porvenir aquí en Chicago. La sangre siempre ayuda a la sangre. Si decides aceptar, dirígete a la taberna del ahorcado. La dirección es calle 44 número 31. Os esperamos con los brazos abiertos. Saluda a tus padres de mi parte.
Con afecto, tu primo Carlo Rossi Salerno”

De ésta manera se gestó un viaje que hizo de mí lo que soy: un italiano de Chicago cuyo mejor amigo siempre fue su revólver. Años más tarde, mi madre me contó que nunca llegaron a conocer al señor Martínez pues murió mientras cruzábamos el Atlántico. Fue un mal augurio afirmó siempre ella. Pero para entonces, la historia del difunto Martínez formaba parte de la biblioteca oral del barrio.

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