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Cuando Pepe entró por la puerta de su casa su familia estaba preparándose para comer. Andrea y sus hijos le miraron como si no le reconocieran antes de lanzarse a sus brazos y rodearlo mientras le hacían preguntas de todas clases. Se le veía muy delgado y envejecido, la piel de las mejillas estaba pálida como la de un muerto y tenía los pómulos hundidos y marcados como una calavera.

Andrea miraba a su marido con los ojos anegados en lágrimas de alegría por un lado pero por otro, de pena al ver en lo que se había convertido el hombre al que amaba tras su encierro.

—No te han dado de comer— aseveró con voz angustiosa

El hombre la miró y asintió con la cabeza. También él tenía un nudo en la garganta al ver cómo los niños agarrados a sus piernas le miraban con rostros sonrientes, contentos de que el padre estuviese otra vez con ellos en casa y ajenos al sufrimiento que todo su cuerpo transmitía a través de él.

—¡Niños, a la mesa…! — habló de nuevo Andrea—Dejad que vuestro padre se siente y descanse. Ya tendréis tiempo después de preguntarle cómo lo ha pasado en la casa grande y os cuente historias de lo que queráis.

Revoloteando todavía, los niños se fueron colocando alrededor de la mesa dejando Pablo el sitio de su progenitor libre pues era el que había ocupado los días en que él no estuvo en casa.

La madre colocó el puchero de garbanzos en la mesa. Los niños aplaudieron. Ya les había llegado el olor a cocido mientras estaba preparándose en el fuego. Eso suponía que hoy era un día de fiesta aunque el calendario marcaba martes además de que podían llenar sus estómagos con una rica sopa de pan hecha con el caldo y después, comerían la legumbre con un trozo de costilla de cabrito y tocino, todo un festín en honor a su padre.

Comieron pausadamente y en silencio como era costumbre en la casa, saboreando cada cucharada del plato que tenían frente a ellos y dando gracias a dios los mayores por poder estar de nuevo  reunidos y a salvo de lo que sucedía en el exterior.

Andrea se permitió descansar ese día y todos pasaron juntos el resto de la jornada para resarcirse de la angustia y el miedo que habían pasado sin el cabeza de familia, pilar de la estabilidad emocional y económica junto con el apoyo de su mujer y la ayuda de los mayores.

Al despuntar el alba del día siguiente, la rutina se instaló otra vez en la familia. Paco el cabrero pasó por delante de la casa como hacía a diario y asomó la cabeza por la ventana saludando a todos que en ese momento saboreaban su tazón de leche con pan.  Sabía que Pepe estaba en casa, pero no quiso importunar al amigo para que éste pudiese disfrutar de su mujer y sus hijos. Quería hablar con él de los últimos acontecimientos que se habían ido sucediendo en el pueblo y en los alrededores de éste así como en la capital y el resto del país. Llegaban noticias de otras revueltas en las fincas, jornaleros que se negaban a trabajar, mineros que se revelaban contra las condiciones de su trabajo, huelgas de los obreros en las fábricas, movimientos de protesta, ataques a iglesias y estamentos sociales….. La sombra de la guerra se iba perfilando en el horizonte de un país dividido entre ricos y pobres donde el gobierno, demasiado progresista para la época había, querido unificar o limitar las diferencias tan acentuadamente marcadas entre la población. Eliminar el analfabetismo de la clase trabajadora y el poder excesivo de los terratenientes sobre sus jornaleros; hacer una sociedad más justa con los pobres y menos permisiva con los ricos; igualdad de derechos para todos….. Pero entre los que detentaban el poder había muchos que no estaban  de acuerdo con la eliminación de sus prerrogativas y los movimientos de protesta se habían generalizado por toda la región. Las noticias que llegaban del resto del país no eran mejores, se respiraba en el ambiente aires de revuelta, ansias de justicia llamando a las armas a la población.

—¿Tan grave es la situación?— preguntó Pepe al cabrero cuando éste le contó lo que estaba sucediendo

—Muy grave amigo—contestó Paco. Hace un par de día, llegó al pueblo el hijo de Angustias, ya sabes Jerónimo que marchó a la ciudad para trabajar en una fábrica de zapatos. Consiguió que le contrataran pero tuvo que regresar, igual que todos, cuando le despidieron alegando que el trabajo se había terminado. Dice que allí se habla de revolución, de guerra. Parece que por el norte el problema es todavía mayor. En algunos sitios han comenzado a quemar iglesias y conventos.

 

—¿Y quienes se dedican a hacer esa barbaridad?—dijo Pepe  mirando fijamente a su amigo

—Pues…. parece que….. dicen que son grupos de jóvenes incontrolados…. Culpan a los curas de estar compinchados con los empresarios y los terratenientes que explotan a los obreros. Pero tengo mis dudas de que actúen solos….

—¿Ha pasado algo en la Iglesia….?

—No, aquí no, pero pueden venir en cualquier momento. Los que hacen eso no son gente del pueblo  o la ciudad. Son grupos que se presentan en los pueblos, organizan el escándalo y luego se marchan.

—Pues si llegan aquí no quemarán nuestra iglesia. Una cosa es el trabajo y otra las cosas de Dios.

 

Los dos amigos siguieron hablando, mientras las cabras ramoneando las hierbas que nacían entre el adoquinado de la calle tomaron el camino de la salida del pueblo. Paco las detuvo con un silbido y como si una pared se hubiese interpuesto entre ellas y el campo, quedaron quietas donde estaban. Se despidieron y Pepe se dirigió hacia la plaza a pesar de las advertencias de su amigo. Quería conocer de primera mano lo que se rumoreaba por el pueblo y cómo se encontraban sus compañeros, aquellos que habían participado con él en la revuelta de la Veguilla.

 

Nicole Regez

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