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La madre de Pablito consiguió la tela del hábito a buen precio, aunque se podría decir que casi se la regaló Don Antonio, el dueño del comercio cuando le dijo que era para su hijo. Sabía de los problemas económicos de su familia y si tenía que confeccionar un hábito para el chiquillo debía de haber un buen motivo. No le preguntó cuáles eran, eso no importaba. Le regaló el cordón que tendría que llevar arrollado a la cintura y Andrea se lo agradeció con lágrimas en los ojos. Era uno de los pocos hombres que tenía buena posición económica en el pueblo y ayudaba a personas que lo necesitaban cuando iban a su tienda buscando tela para confeccionar la ropa.

Pablito tuvo que sufrir algunas burlas de los amigos por su indumentaria, pero lo supo asimilar gracias a la ayuda de Inesa y su familia que le apoyaba y ayudaba a soportar aquel sambenito que debía llevar si quería librarse del molesto «demonio» que le acosaba. Sus visitas semanales a la curandera producían un cambio beneficioso en su persona tanto que, a las pocas semanas, ya lucía una piel lustrosa y sus mejillas comenzaban a mostrarse sonrosadas y rellenas bajo la piel. Cuando sus padres le preguntaban qué hacía en casa de la hechicera, él les contestaba que nada especial. Inesa le pedía ayuda para recoger hierbas por los alrededores y después se sentaban a la puerta de la cueva, cuando hacía buen tiempo, y dentro de la casa si llovía. Le preparaba un tazón de leche de cabra con pan y queso o embutido del que tenía colgado en la chimenea después de asegurarle que no era de niño, sino de los cerdos que a veces le regalaban por su trabajo.Le obligaba a tomarse una especie de pasta dulce y amarilla que no era muy agradable por su textura pero a la que acabó acostumbrándose. Pablito también dijo a sus padres que le acompañaba algunas veces a una cueva pequeña que estaba rodeada de abejas. Él no entraba y siempre se quedaba fuera,  pero la curandera se protegía  la cara con un velo y las manos con unos guantes. Prendía una lámpara que humeaba abundantemente y se adentraba en el interior sacando unas chapas amarillentas y pegajosas que se rompían fácilmente. El niño las sujetara con cuidado y las introducía en una orza de barro para llevarlas después a la casa de la bruja.

Andrea comprendió que la curandera estaba alimentando a su hijo con algún producto de la colmena. Sabía que Inesa usaba la miel desde hacía mucho tiempo y eso era posiblemente lo que le estaba dando al niño el lustre que no le había tenido nunca.  Lástima que sus otros niños no pudiesen beneficiarse del alimento mágico que estaba curando a Pablito.

Pasaba el tiempo, y los problemas de los jornaleros del campo no mejoraron, al contrario, la situación llegó hasta un punto casi insostenible por la tensión que se respiraba en todo el pueblo y  el resto de la provincia. Cada poco pasaban por el pueblo gente armada que reclutaban a jóvenes para unirlos a sus filas. Las revueltas iban en aumento y el descontento general se respiraba en el ambiente. Llegaron noticias de que los mineros del norte se habían sublevado siendo reprimidos brutalmente por la policía, aunque no estaba claro si se había conseguido sofocar la rebelión. A la quema de iglesias y conventos siguieron otros actos que no todos los partidarios de izquierdas aprobaban. Se recrudecieron los ataques y el gobierno no se vio con fuerzas para pacificar todos los conatos de rebelión que se producían. Acabó por declararse una guerra abierta entre el pueblo llano y los terratenientes, militares y religiosos.

Sucedió que, para el movimiento de tropas y material bélico se comenzó a reforzar el pequeño tranvía que unía el pueblo con la capital. Necesitaban trabajadores para ampliar el firme de la vía para que trenes de mayor anchura y capacidad pudiesen circular entre las poblaciones que el trenecillo recorría. Como era normal, los jornaleros se presentaban en la plaza a diario, y entre ellos Pepe que llevaba casi dos meses sin trabajo porque el capataz de la Veguilla no quería contratarlo. Después de que los jornaleros fueron seleccionados, los demás se quedaron como siempre a charlar un rato sobre la situación del país. Algunos se fijaron en un hombre de mediana edad vestido al estilo de la capital que subía por la cuesta que abocaba en la plaza.

Caminaba erguido, tieso como un palo a pesar de la inclinación de la calle. Se apoyaba sobre un bastón y vestía sombrero. Cuando llegó a la altura de los hombres que le observaban saludó con un gesto de cabeza y acto seguido preguntó:

—¿Alguien quiere quiere trabajar en el ferrocarril…?

Los trabajadores se miraron desconcertados. No habían escuchado nada de que el ferrocarril necesitase trabajadores.

—Será un trabajo de ocho horas, seis días a la semana y se cobrará a fin de mes, los días que hagáis en la vía.

Un murmullo desaprobatorio se escuchó entre los jornaleros. Ellos, como mucho, cobraban a la semana, pero lo normal era al día, cuando terminaban su jornada.

—Es demasiado tiempo sin ver el jornal…— dijo Pepe después de mirar a sus compañeros y comprobar que podía hablar en nombre de todos.

—El trabajo que os ofrezco no es como el campo— Aquí el que demuestre que tiene ganas de aprender y trabajar, tiene sueldo y trabajo asegurado para el tiempo que dure la obra.

Otro murmullo en la plaza, esta vez de sorpresa e incredulidad. A la mayoría de ellos jamás le habían ofrecido un empleo fijo y para largo. Estaba el problema del cobro del salario. La mayoría vivía al día y no se podía permitir estar todo el mes sin llevar dinero a casa.

Se hizo un corrillo. Hablaban acaloradamente, gesticulando con manos y cabeza en sentido afirmativo o negando con fuerza. El trajeado habló de nuevo:

—Si no queréis venir no pasa nada, me acercaré al siguiente pueblo.

Este comentario hizo callar a los hombres y se miraron unos a otros con preocupación. No estaban las cosas como para negarse a trabajar y que  la posible ganancia se la llevase el pueblo vecino.

Pepe fue el primero en aceptar. Dijo que le daba igual estar otro mes sin cobrar nada si al final le pagaban, de todas formas, el capataz de la Veguilla no le llevaría más a la finca. Otros le siguieron y algunos prefirieron esperar a que les avisasen del campo.

El contratante les dijo que podían comenzar inmediatamente pero antes tendrían que desplazarse en el pequeño tranvía hasta la estación de partida situada en la capital. Allí debían firmar un contrato de trabajo por el que ellos se comprometían a trabajar los seis días de la semana teniendo libre el domingo, y la empresa ferroviaria les pagaría un sueldo a final de mes. No iban muy convencidos, aunque no les quedaba más remedio puesto que sus familias se encontraban en bastantes malas condiciones.

Cuando Pepe volvió a casa por la tarde su mujer ya estaba preparando la cena: sopa de pan con un par de huevos que le habían dado en la casa a la que llevó la ropa limpia y planchada. Miró expectante a su marido pensando que quizá podría ir a la tienda a comprar algo más con el sueldo que le traía. Él se sentó a la mesa y le dijo:

—Me han contratado para el ferrocarril, pero no cobraremos hasta último de mes….

Andrea abrió los ojos como platos y se derrumbó sobre una silla secándose las manos con el delantal de forma nerviosa pues estaban limpias y sin una gota de agua.

—¿Has trabajado todo el día gratis….?

—Gratis no, mujer. Cobraré todo lo que trabaje desde hoy hasta el día treinta de golpe.

—¿Pero qué vamos a hacer  mientras tanto….? Ya debemos mucho dinero en la tienda y no me fían… Lo que yo gano da solo para pocas cosas… El pan que traen los chicos no es suficiente y a tu amigo Paco le debemos la leche de dos meses y ellos tampoco están muy bien de dinero….

—Ya lo sé… me lo dices todos los días… Has visto que el de la Veguilla no me ha dado un solo jornal y hoy se ha presentado esta oportunidad y la he aprovechado…

—¿Estás seguro de que te van a pagar todo a final de mes….?

—Espero que si… Hemos firmado un contrato entre la empresa y nosotros…

—O sea, que no has ido tu solo, por lo que dices…

—Mujer… hemos formado una cuadrilla tres compañeros más y yo. Vamos a trabajar levantando las traviesas viejas y agrandando la vía. ¿Sabes que amplían el trenecillo….? Lo necesitan para mover material de guerra….

—¡Ay, Dios…! ¿Te han reclutado para el ejército…? ¡Qué vamos a hacer si tu te vas a la guerra…! Ahora sí que no vamos a poder vivir…

Pepe se levantó dirigiéndose hacia su mujer que con las manos sobre la cara y  tapándose  con el delantal  comenzaba a llorar mientras repetía continuamente:

—Dios nos ampare… Dios nos ampare….

La alzó por los hombros y la abrazó con fuerza…

—Tranquilízate, mujer… no me han reclutado los militares. Esto es un trabajo civil, solo que no lo cobraré al día como se hace en el campo. Además, aquí ya ves que no tenemos militares, pasan de largo hacia otros sitios, de momento podemos estar tranquilos.

—Pero… —levantó la cara llena de lágrimas— pero…¿seguro que cobrarás…?

El hombre, ahogando sus dudas fijó la mirada en su esposa y con una seguridad que no sentía le dijo que sí. El día treinta le traería el sueldo íntegro y podrían comenzar a pagar las deudas y vivir un poco mejor, pues el trabajo era fijo y a largo plazo.

Las risas de los niños que en ese momento entraban de la calle, hizo que Andrea limpiase rápidamente las lágrimas que cubrían su rostro y separándose del marido recibió a sus hijos como si nada hubiese pasado. Venían acompañando a Pablito que acababa de volver de la casa de Inesa y le preguntaban cosas sobre lo que había estado haciendo. Sabían, además, que ese día  su  madre les daría la ración de sopa que su hermano no comería pues ya lo había hecho en casa de la bruja.

 

Nicole Regez

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