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Eladio Gancel se sentó junto al hombre oscuro y malhumorado que vigilaba como un perro de presa a su familia. Sabía que su presencia en el compartimento le molestaba profundamente pero estaba acostumbrado a tales recibimientos por parte de sus víctimas. Aquel mameluco hacía bien en sentir miedo. Ni siquiera podía sospechar lo que les esperaba a él y a su hermosa mujer, sin menospreciar al pequeño que en realidad era el que más le interesaba.

—¿Van para Bilbao…?— preguntó Eladio sin esperar contestación— ¿Quizás en busca de trabajo…?

Manuel se removió inquieto a su lado

—En estos tiempos viene mucha gente del  campo en busca de un empleo —continuó como si su pregunta hubiese sido contestada afirmativamente — Yo mismo necesito alguien para emplear en mi casa, aunque no es fácil encontrar un matrimonio dispuesto a vivir alejado de la capital.

Manuel se relajó ante los comentarios del desconocido y Eladio percibió su interés.

—Me llamo Eladio Gancel y necesito un ama de llaves para mi residencia de Neguri, además de un hombre que se ocupe del jardín y el huerto. Tendría que realizar pequeños arreglos de carpintería y mantenimiento en la vivienda.

Volteó la cabeza hacia su compañero de viaje que intuyó visiblemente interesado y le preguntó directamente:

—¿No les interesaría a usted y su mujer ejercer de domésticos para mi…?

Manuel descubrió que la mirada del elegante había cambiado. Sus ojos parecían amables y risueños, muy diferentes a las pupilas negras y frías que le asustaron al principio.

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Un movimiento en el asiento de enfrente hizo que los hombres mirasen al mismo tiempo. El niño había despertado y buscaba el pecho de su mamá para comer. Rosa en un movimiento instintivo y con los ojos aún cerrados, desabrochó la blusa y un seno níveo, coronado por un botón rosado, apareció ante los ojos de los hombres. El crío, con un gruñido de placer abrió la boca y sujetando el pecho de su madre con las manitas empezó a succionar con avidez.

Eladio permaneció estático ante la imagen que estaba observando, pero en su interior un fuego intenso se había iniciado… Manuel lo escrutaba buscando alguna señal que le produjese desconfianza, pero no la encontró.

La mujer, despertándose, acomodó al niño en su regazo. A advertir la presencia del desconocido, se incorporó al instante provocando la salida del pecho fuera de la boca del bebé. Éste al no entender porque su fuente de alimentación se había esfumado, comenzó a llorar desconsoladamente. Rosa calmó al niño poniéndolo de nuevo a lactar y cubrió su desnudez con el pañuelo que llevaba al cuello, tapando también la cabeza de su hijo.


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Nicole Regez

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