Cuando en su mente llena y atormentada únicamente cabía el silencio, esta era capaz de dejar espacio a la música. Ella era la única capaz de llevarle a un estadio superior donde la paz lo inundaba todo. Se relajaba y le sacaba del abismo interminable y negro en que que entraba más a menudo de lo que deseaba. Se emocionaba y podía sentir, en mayúsculas. Los pelos se le erizaban y era capaz de llorar sin ningún motivo. Nada más conseguía llevarlo a ese estado. La depresión desaparecía al compás de las melodías atmosféricas. Una emoción infinita que no era superada por ninguna otra, ni siquiera el amor si supiera de qué se trataba. La música le reconciliaba con el mundo , con la especie y con la existencia. Lo motivaba. Lo lanzaba al infinito, el único lugar donde no existía la ira, la maldad, la angustia, las obligaciones, la formas, la vergüenza , el ridículo… ni tan siquiera el día y la noche. En ese momento su cuerpo no pesaba y el único sentido que funcionaba era el oído. La mente se dejaba llevar por este y se declaraba en huelga para todos los demás. Era justo en ese instante cuando le llegaba la inspiración. Cualquier otro individuo la utilizaría para crear, para construir algo decente. Para él, esta sensación de bienestar suprema le hacía creerse inmortal, le servía tanto para recapitular como para planificar el siguiente crimen. En ese momento siempre pensaba en lo que le decían a sus padres cuando era pequeño y tenía un ataque de cólera y destrozaba a patadas todo lo que se le ponía por delante: «ponedle música que amansa a la fieras». Él sonreía ahora y se decía: «sí, lo suficiente para poder pensar con claridad cómo destripar a la siguiente víctima». Acto seguido y dejando que el reproductor siguiera sonando, limpiaba de forma obsesiva todos los utensilios de quirófano: bisturí, tijeras, pinzas, sierras, etc. Aunque no había recibido aviso alguno para realizar una intervención quirúrgica urgente, estaban ensangrentados.

¡Ya está hecho!

No hacía falta que los limpiaras hasta sacarles brillo…

Ya sabes lo pulcro que soy. Me gusta dejar los utensilios perfectos después de un procedimiento…

Sí , claro. Muy profesional.

Nunca se sabe cuando se tendrán que volver a utilizar y con qué urgencia…

Tu obsesión enfermiza no tiene límites.

Ni siquiera entre estos muros…gracias a ti.

¡Ten cuidado con lo que dices! Tu arrogancia aquí no impresiona a nadie.

¿Y qué me harás? Me necesitas…

Tengo muchos voluntarios para hacer tu trabajo.

Ahora uno menos.

Luis Eduardo Ruiz de Valdivia y Quiroga, era español y de buena familia, aunque en el país al que emigró eso poco importaba y resumieron ese nombre tan rimbombante y todo su linaje a un lacónico «Val». Se crío en el seno de una familia noble del norte de la península y fue educado en las mejores escuelas privadas. Ya desde pequeño demostró un enorme interés por desmontar y volver a montar cualquier aparato, juguete o muñeco que tuviera entre las manos. Se especializó en estos últimos gracias a la enorme cantidad que acaparaban sus tres hermanas mayores. Él era el único varón de los hijos que tuvo el Dr. Rigoberto Ruiz de Valdivia y Fernández de Hierro , médico rural, más por vocación que de profesión, pues no necesitaba trabajar para alimentarse ya que había heredado una inmensa fortuna.

Las hermanas lloraban desconsoladas cuando el niño amputaba, degollaba y rajaba todas su muñecas. Cuando ya las tenía todas descuartizadas , intentaba recomponerlas utilizando aguja e hilo o las colas naturales y de animales que se utilizaban en la época. En ese momento se las devolvía orgulloso de la hazaña que había realizado, pero no conseguía el efecto deseado sino uno muy terrorífico cuando las niñas observaban cómo unas dulces muñecas se había convertido en unos seres monstruosos y remendados.

Con esas habilidades a nadie extrañó que quisiera ser médico cirujano. Sus gustos por seccionar y trocear cualquier cosa le llevó a practicar con animales que podía cazar a golpe de piedra —para ello empleaba un tirachinas— o ponía trampas en los bosques cercanos a la mansión familiar. Dejó de ser un misterio el interior de ratas, conejos, liebres, perdices, canarios y hasta gatos asilvestrados. Cualquier bicho al alcance de su puntería, era candidato para saciar la curiosidad y ampliar los conocimientos científicos y anatómicos del pequeño Luis Eduardo.

Ahora en su celda rememoraba aquellos momentos de dicha y , a pesar de su crueldad, con cierta inocencia, como el único asidero al que podía acudir para reconfortarse y convencerse de que no siempre había sido el monstruo en que se había convertido. También recordó el día más feliz de su vida, el día en que dio el salto definitivo y evolucionó cualitativamente: el primer día de prácticas con un cuerpo humano en la universidad. A partir de ese instante ya no pudo parar. Se convirtió en una necesidad, en una obsesión. Buscaba la perfección y tenía que conocer hasta dominarlas por completo todas y cada una de las partes del cuerpo humano: músculos, huesos, vasos sanguíneos, nervios y en especial las vísceras , órganos y los diferentes tejidos que componen la naturaleza humana.

Ese día sintió por primera vez una excitación indescriptible y desconocida pero tremendamente placentera. La búsqueda permanente de esa emoción fue lo que le llevó, al cabo de muchos años, a estar encerrado entre aquellos muros a la espera de que le llegara el momento de cumplir la sentencia a muerte a la que había sido condenado.

Photo by r2hox

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

Últimos post porMeco (Ver todos)

Deja un comentario