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Después de haber escuchado a Popov y romper su “voto” de silencio le costó conciliar el sueño. En realidad no consiguió dormir más de una hora de tirón y acabó por despertar a su compañero de celda con tanto revolverse en la cama. Ocupaba la parte de abajo de la litera y se movía con tanta violencia que el de arriba tuvo que sujetarse al cabezal para no acabar sobre el frío suelo de la celda.

Ni cuando sufrí temporales infernales en el barco que me trajo aquí zozobré tanto como ahora. ¿Qué te pasa Gino?

Bassano no contestó y siguió ofuscado con los acontecimientos del día anterior. Su compañero ya estaba acostumbrado a sus silencios y los respetaba porque sabía que formaban parte de su forma de ser. Si por algo le llamaban «El escuchador» no solamente era por la actitud de confesor que adoptaba en patio de la cárcel, sino precisamente por ser un hombre de pocas palabras. Era introspectivo y cuando alguien insistía en preguntarle por qué no hablaba más, él contestaba: «tenemos dos orejas y una sola boca para escuchar el doble de lo que hablamos»

Pero no siempre fue así. Hasta que un día gris y lluvioso le cambió la vida , era lo que se podía llamar un triunfador. Tuvo una infancia feliz y plena desarrollándose plenamente como persona rodeado de amigos que lo apreciaban y unos padres que lo querían y le proporcionaron la educación y formación necesarias para ser un hombre inteligente y libre de pensamiento. En el colegio era uno de los líderes , tanto en el recreo como en clase y cuando llegó a la universidad continuó ejerciendo esa abrumadora capacidad de seducir que tenía a todo el mundo. Se licenció en ciencias empresariales y economía siendo unos de los primeros de su promoción.

No tuvo ningún problema para conseguir rápidamente un trabajo en una de las mejores consultorías y asesorías de la ciudad. La empresa “Lovemoney consulting” se nutría de los mejores estudiantes de las más prestigiosas universidades privadas para sus puestos de becario. Gino Bassano era uno de ellos y llevaba dos años de prácticas. Cuando finalizó sus estudios prosiguió de forma natural en la empresa como aspirante a socio y ocupándose poco a poco de clientes importantes.

Destacó rápidamente por su capacidad negociadora y sobre todo por la habilidad para gestionar personas y situaciones complejas y delicadas. De una forma fulgurante se fue convirtiendo en pieza fundamental en la estructura y a nadie extrañó que se hiciera imprescindible en cualquier gran negocio o acuerdo importante de la compañía. Ésta no solo tenía a grandes empresas entre de sus clientes , sino que contaba con un gran número de clientes al borde de la legalidad o directamente fuera de ella, aunque, como siempre ocurre, amparados y ocultados por negocios legales y formales.

Gracias a esa mano izquierda, sentido común , prudencia y discreción, Gino se fue haciendo cargo, sin el menor esfuerzo, de ese tipo de clientes. Se convirtió en un valioso consejero para los patrones de esas singulares sociedades. Lo valoraban tanto por sus consejos como por su carácter reservado. Nadie en su entorno sabía que tenía como clientes a algunos de los personajes más peligrosos de la ciudad y probablemente del planeta: mafiosos, banqueros, políticos, artistas con mecenas de dudosa reputación y deportistas muy ricos y famosos. Bassano siempre conseguía estar a la la sombra de todos ellos y por eso pasó inadvertido para curiosos, periodistas y , por supuesto, para la policía.

Su carrera avanzaba a una velocidad vertiginosa de la misma manera que aumentaban los riesgos y peligros que entrañaba la relación con esos delincuentes mal llamados de guante blanco. Todo transcurría mejor que lo había imaginado en sus mejores sueños, hasta aquella noche en que se vio envuelto, involuntariamente, en un truculento crimen, ordenado por unos de sus clientes y ejecutado por un sicario con el que Gino despachaba habitualmente. Lo que vio aquella noche lo llevó al lugar donde se encontraba ahora.

No te preocupes Taras. Un mal día, una mala noche.

Pero nunca te había visto así …

Los recuerdos del pasado que han venido a visitarme sin previo aviso.

Entiendo. Me callo. Seguiremos en silenció. Sólo quiero que sepas que puedes confiar en mí.

Aquello parecía imposible allí dentro. Lo que te mantenía con vida era precisamente no confiar absolutamente en nadie, sin excepción.

Taras Kozak , era un Ucraniano que había escapado siendo casi un crío del desastre nuclear de Chernóbil, cruzando media Europa hasta embarcarse, como polizón, en un barco rumbo a New York, afincándose en primera instancia en el sur de Broklyn, en Brighton Beach. No solo huía de la desolación que sufrió su ciudad, sino de una sociedad incapaz de comprender y admitir su singularidad. Como no podía ser de otra forma acabó con los años engrosando las filas de la mafia Rusa que después de la desintegración y el colapso económico y social de la Unión Soviética, proliferó y se hizo muy poderosa al amparo del vacío de poder, la corrupción generalizada y la delincuencia. Llegaron a ser tan importantes que la mayoría de los bancos llegaron a estar en sus manos y se extendieron por todo el mundo con rapidez. Taras Kozak no era un número importante dentro de la organización criminal de Miami. Se dedicaba a hacer de correo, a las pequeñas extorsiones a cambio de protección y a conducir porque era donde menos molestaba y donde se hacían menos visibles sus gustos sexuales.

Ahora era su compañero de celda y hasta el momento le había demostrado ser fiel y también discreto como él mismo. A pesar de ser un delincuente confeso, no tenía delitos de sangre en su haber y había sido encarcelado por un crimen que no había cometido. Era uno más de los muchos condenados que se habían ofrecido “voluntariamente” como sacrifico a uno de los jefes de su banda. Se autoinculpaban de los asesinatos de éstos a cambio de honor o simplemente para poder seguir viviendo aunque sea entre cuatro paredes. Taras no tenía familia, pero si la hubiera tenido , se suponía que también hubiera sido mantenida por la organización mientras duraba su cautiverio.

Dese el primer momento a Bassano le sorprendió que no tuviera un solo tatuaje en el cuerpo cuando éstos eran una parte importante de lenguaje de la «mafia roja» y era como el uniforme oficial de sus reclusos. Con los tatuajes se sabe el lugar que ocupaba cada uno en la cárcel. Así que el pobre Kozak debería ocupar el más bajo , el reservado a los «perros traidores», aunque en su caso no era así: le tenía pavor a las agujas. Parecía un buen hombre y sufría más que nadie la barbarie del resto de presos que pagaban con mucha frecuencia sus frustraciones con él, al que consideraban más débil por ser homosexual. Lo sodomizaban siempre entre varios energúmenos, violándolo e introduciéndole todo tipo de objetos cuando sus cipotes ya habían descargado todo lo que acumulaban sus testículos y ya no tenían fuerza suficiente para mantenerse erguidos. Gino Bassano había intervenido en alguna ocasión negociando con aquellos bárbaros perversos, para que lo dejaran en paz una vez que cada unos de ellos ya le había desgarrado el recto hasta dejarlo inconsciente. Con ello conseguía evitar unas lesiones irreparables y las posibles infecciones que la introducción de barras y otros utensilios asquerosos le podían provocar. Después de esos episodios tenía que pasar unos cuantos días en la enfermería del centro , donde recibía los cuidados del Dr. Ruiz de Valdivia, el temido «Val» para todos los que ocupaban las camillas de la sala de curas que estaba sorprendentemente aséptica en contraste con aquel infecto lugar. Muchos presos preferían desangrarse en sus celdas, antes que acabar en manos de Val. El doctor era muy meticuloso y como pago a su pericia y sus atenciones, antes de coserles las heridas, reconstruir huesos o colocar las vísceras en su sitio, les abría otras nuevas para poder realizar su trabajo con la perfección simétrica que un cirujano de prestigio debía tener.  Si algún desdichado tenía un pómulo fracturado y hundido, le rompía el otro para poder reconstruir los dos a la vez y poder mantener la armonía de la cara. Lo mismo hacía con los huesos de las extremidades o cualquier otro apéndice duplicado. Había dejado a más de uno sin orejas porque no se había encontrado el resto de una —arrancada de un mordisco en una reyerta— para coserla y había decidido extirpar la otra para mantener el equilibrio estético.

Nota: Este texto viene de aquí:

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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