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LOS PROMETIDOS

Eran tantas las mujeres casaderas que se habían expuesto ante él y su cámara, que cuando les llegaba el momento de contraer matrimonio, le contrataban a Jean Claude el reportaje fotográfico -siempre en el estudio porqué él no se rebajaba a hacer retratos costumbristas ni reportajes de la boda y del banquete- Era como una despedida. Un mensaje de que a partir de ese momento dejaban de ser sus modelos; dejaban de ser suyas.

La primera entrevista servía para conocer a los prometidos y analizar sus perfiles, sus rostros y comprobar como se reflejaba la luz en ellos. Hacían diferentes ensayos de poses , ángulos, composiciones y vestuario para que no fallara nada el día de la sesión fotográfica, que se concentraba únicamente en conseguir que la magia se revelara justo en el momento del disparo y ofreciera una instantánea inolvidable por su excepcionalidad. Se encontró delante a dos jóvenes agraciados que facilitarían su tarea aunque no mostraban mucho interés. Parecía ser un trámite más en la sucesión de pasos que se tenían que realizar para el gran evento. Naturalmente ya conocía a la mujer.

Olaya Conde era una joven de clase media extremadamente hermosa de rasgos exóticos. Sus padres viendo ese potencial, habían obviado la educación basada en el conocimiento, para formarla en el arte de encontrar y seducir a un marido, oportunamente solvente, que pudieran introducirlos en esa clase social donde el problema más importante consistía en lucir ostentosamente la diferencia económica. Habían emprendido desde hacía muchos años una carrera para conseguir la posición y los privilegios que su apellido les señalaba sin ningún éxito. Tenían el convencimiento de que la nobleza se adquiría por derecho o por llevar un apellido tan ilustre. Este, seguramente, fue fruto del humor negro de algún antepasado que todavía se debe estar retorciendo de risa en la tumba al ver como sus descendientes perdían la oportunidad de vivir relajadamente para obtener tan dudosa condición. Se hipotecaron de por vida para proporcionarle una educación disfrazada de cultura tan exquisita como repelente y en obtener una titulación de los mejores y más exclusivos colegios privados que certificaban lo contrario de lo que habían conseguido pagando. Pero tampoco tuvieron éxito en esa tarea, pues Olaya , que era soñadora, seguía imaginando un futuro lleno de aventuras, viajes y experiencias vitales donde no cabía ningún príncipe azul.

Como Olaya no mostraba mucho interés en ese tipo de instrucción y pretendía vivir como lo hacía cualquier joven de su edad, sus padres habían convenido el matrimonio con un joven prometedor y muy rico hijo de unos amigos del club náutico. Se llamaba Jacobo Villanueva y era el único hijo de un importante empresario naval. Era un chico tímido, educado y de aspecto un tanto delicado. No era muy alto aunque su porte era muy elegante. Sus intereses en la vida también estaban muy alejados de lo que sus padres hubieran deseado. Le gustaba el arte en todas sus variantes, aunque lo que más le apasionaba era la pintura y la fotografía artística. Se desenvolvía bien con los ordenadores y utilizaba muchas aplicaciones para sus creaciones. Su padre, un hombre orgulloso, quería hacer de él un digno heredero y se esforzó en formarlo para que un día lo sucediera. Pero Jacobo se inclinaba más por las bellas artes que por las finanzas y andaba siempre discutiendo con él.

De esta forma, tanto Olaya como Jacobo , que no tenían ningún interés en formar pareja ni entre ellos ni con ninguna otra, se vieron forzados a relacionarse para satisfacer los anhelos de sus padres. Al principio se lo tomaron un poco a broma, como un juego porque no les cabía en la cabeza que ellos pudieran hacer semejante tontería en pleno siglo XXI. Así que comenzaron a salir y a hacer cosas en común como ir al cine, al teatro, a cenar o simplemente pasear. Olaya se aburría soberanamente. De carácter inquieto y aventurero, tanta contemplación y pasividad le agriaba el carácter. Ella prefería viajar, practicar deportes de riesgo y salir de noche a divertirse hasta la madrugada. Le gustaba la música estridente y perder el sentido mientras bailaba. Tenían muy pocas cosas en común, salvo la obligación de ser amigos.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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