LA SESIÓN

Se dispuso a colocarlos sobre el fondo que había preparado. Estaba tan acostumbrado a fingir, que en ningún momento Jacobo sospechó que él y su futura mujer ya se conocían. La educación de Jean Claude era exquisita. Era hijo de un diplomático español y de una francesa que conoció su padre cuando estaba destinado al consulado de París. Se había formado en los mejores colegios españoles y franceses para poder ser el líder que su padre esperaba, pero su mente libre, carácter independiente y sus gustos poco convencionales le habían hecho renunciar a todos esos lujos y comodidades para seguir su propio camino o mejor dicho su propio instinto. Pero nunca perdió las buenas formas que mantuvo a lo largo de su vida y que le sirvieron para obtener sin esfuerzo la voluntad de todas las mujeres que conquistaba.

La iluminación era perfecta y los novios estaban dispuestos con una sonrisa forzada pero suficiente para engañar a la cámara. Nada más ponerse detrás de ella tuvo unas sensaciones diferentes. Le inquietaron porque era la primera vez que las tenía de ese modo. Comenzó el ritual para encortar el instante preciso, enfocaba y miraba a Olaya en busca de ese destello que conocía a la perfección y en su lugar encontró una mirada de socorro, que imploraba un rescate y anhelaba consuelo. Una mirada que exigía recompensa a esa ofrenda tan grande que estaba a punto de realizar. Una mirada impaciente por saciar una vez más el deseo al que estaba renunciando por un matrimonio no deseado.

Pero no fue eso lo que sorprendió a Jean Claude. Lo que le dejó helado fue comprobar que el fulgor, el áurea, el brillo, la profundidad, la candidez… en definitiva: la mirada desnuda , era la de Jacobo.

Jean Claude tenía muy claro sus gustos sexuales , pero esa observación le incomodó y le provocó que los pelos se le pusieran de punta a la vez que unas gotas de sudor frío le recorrían la espalda. Tuvo que pedir un receso para refrescarse y ordenar su mente. “¡No puede ser, No puede ser, solo funciona con las mujeres!“ , se repetía a sí mismo una y otra vez. Volvió al estudio y repitió la operación con el mismo resultado.

—Lo siento mucho pero hemos de dejarlo aquí, no me encuentro bien.

—¡Pero lo teníamos todo preparado para hoy! -replicó Olaya.

—Lo sé, pero no puedo continuar -contestó con la voz quebrada y la mirada perdida.

Olaya estaba indignada a la vez que preocupada porque nunca había visto así a Jean Claude, que brillaba precisamente por su seguridad y contundencia cuando hablaba. En cambio ahora esta dubitativo casi asustado. Por el contrario Jacobo parecía ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor, pero mantenía la pose elegante como esperando que el fotógrafo se recuperara. Parecía encontrar placer y tranquilidad allí frente a la Hasselblad.

Se refugió en su cuarto oscuro. Estaba tan acostumbrado a trabajar sin luz allí que nunca la utilizaba cuando estaba solo en la habitación. Se tumbó sobre la enorme cama y comenzó a repasar todo lo sucedido. Todavía notaba el ardor viril que le había ocasionado esa agitación. Estaba conmocionado porque ponía en duda todas las creencias sobre las que había construido su autoestima. De repente le abrumaban dudas que eran más propias de la adolescencia y se sentía extremadamente confuso y vulnerable. Sobre todo porque lo que vio era exactamente lo que había visto en la mayoría de las mujeres que había poseído. No había duda. O la máquina le estaba gastando una broma pesada o él había perdido la magia que tenía o lo que era peor: la había extendido a todos los géneros sin darse cuenta.

Alguien llamó a la puerta. Apesadumbrado se dirigió a ver quién era.

—¡Tú!

LA IDENTIFICACIÓN

—¿Sabemos ya de quién se trata? -volvió a preguntar el inspector Mendoza al otro lado del teléfono desde la comisaria donde tuvo que ir a despachar unos asuntos.

—Todavía no, pero…

—¿Pero qué? -cortó tajantemente. ¿Para qué sirve internet si no somos capaces de encontrar una fotografía del francés ese?

—Le iba decir, si no fuera tan impaciente, que sabemos que no es el fotógrafo. Tenemos la imagen de su web y no es él.

—¿Y sabemos su paradero?

—De momento no y no es relevante…

—¡Eso lo decidiré yo! -contestó molesto Mendoza.

—Lo que quería decirle… es que hay algo más y eso sí es importante…

—¿De qué se trata?

—¿Recuerda las fotografías que flotaban alrededor del cadáver? Pues hay algo inquietante en ellas.

—No me tenga en vilo, Fernández. Diga de una vez que se le pasa por la cabeza.

—Será mejor que venga y lo vea usted mismo.

—!Está bien! Despacho unos asuntos con el capitán y me presento allí. Mientras tanto a ver si avanzan con la identificación…

—Estamos esperando al forense, aún no ha llegado y no podemos tocar el cuerpo.

—¡Ah, otra cosa: busquen al francés!

Continuará…

 

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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