LA SORPRESA 

Lo que realmente fastidiaba a Olaya no era la humillación, sino que había estado a punto de sacrificar todo su presente -incluidos los devaneos lujuriosos con Jean Claude- y su futuro por una farsa superior a aquel matrimonio de conveniencia. Que tenía que renunciar a sus sueños y aceptar una vida vacía de emociones pero llena de riqueza material. Que por complacer a sus padres iba a hacer una ofrenda de todo su ser y no solo el físico que no le molestaba demasiado, sino de todas sus ilusiones, proyectos y sorpresas que el destino le tuviera preparado.

Pasados unos días sin noticas de Jean Claude, decidió presentarse por sorpresa en su estudio. Como antigua usuaria de la cámara del placer, tenía una llave. Todas las esclavas poseían una porque el juego sexual que practicaban necesitaba de mucha preparación y parafernalia. Así que muchas veces ellas se anticipaban y se preparaban convenientemente siguiendo las instrucciones de su amo. Jean Claude cuando tenía una mujer dominada no se recreaba con otras. Paradójicamente mostraba fidelidad mientras ellas aguantaban las prácticas y el ritmo. Cuando desaparecían de su vida, porque finalmente aceptaban que él nunca cambiaría ni formaría un familia convencional, sustituía la cerradura. Cada nueva inquilina estrenaba una. Era como el primer acto de la iniciación. Con Olaya todavía no le había dado tiempo de hacerlo, así que no tuvo ninguna dificultad en abrir la puerta.

—¿Pero qué coño está ocurriendo aquí? ¿Qué haces tú aquí?

—Verás Olaya…tengo algo que decirte.

Con los ojos inyectados en sangre, la mente nublada y la vista también por la escasa luz del cuarto cogió unas tijeras que encontró sobre la mesa de trabajo y mientras gritaba: “¡hijo de puta renegado!”, le asestaba tantas puñaladas como sus fuerzas aguantaron. Cuando no pudo más cayó sentada sobre el suelo ensangrentado y percibió un gran número de fotografías que se habían desparramado durante el forcejeo. Las miró una y otra vez. No podía creer lo que veía. Comenzó a llorar desconsoladamente mientras escuchó como la puerta se cerraba de golpe.

ALMA

—Está bien, vamos a ver qué es eso tan relevante -se mofó Mendoza.

—Mire detenidamente todas estas fotografías. Son todas de la misma persona y deducimos que son la últimas que reveló el francés. ¿No ve nada extraño?

—Pues que son todas de una mujer joven y bella. Angelical diría yo.

—¿Y nada más?

—¡Coño! Sí, que se parece mucho al muerto.

—¡Exacto!

—Pero no puede ser , estas son de una delicada mujer.

—Y el cadáver también -contestó el forense, que por fin había llegado, desde el otro lado del cuarto-. Pertenece a una mujer joven de unos veinticuatro años. Herida mortalmente por un número indeterminado de puñaladas realizadas con casi total seguridad con una tijeras.

—¡Fernández!, esto cambia la linea de investigación.

—¿Qué linea si no teníamos ninguna abierta?

—No se haga el gracioso. Me refiero a que el fotógrafo pasa de víctima a sospechoso.

—Lo estamos buscando, pero tengo la intuición de que él no ha sido.

—¡No me venga con intuiciones femeninas! a ver si también usted va a cambiar de sexo -soltó una socarrona carcajada pensado que le había devuelto de golpe todas sus tomaduras de pelo.

—No descarte lo que dice el agente Fernandez. La profundidad de las puñaladas indica poca fuerza -sugirió el forense.

—Además -interpeló Fernandez—, la disposición del cuerpo después de tan cruel asesinato, indica arrepentimiento y una sensibilidad, más propia de una mujer, para no dejar expuesta su intimidad. Como le decía antes parece que la peinaron y la arreglaron lo mejor posible. Como quien cuida hasta el último detalle antes de salir de casa.

—Está bien, busquen al tal Jean Claude, identifiquen de un puñetera vez el cadáver e investiguen con quién se relacionaba.

Rodolfo Villanueva era un empresario naval de éxito hecho a sí mismo y a la antigua usanza: lo controlaba absolutamente todo. Se dedicaba en cuerpo y alma a su empresa, mejor dicho a su trabajo porque era el primero en llegar y el último en salir. No sabía delegar ni falta que le hacía porque parecía estar tocado por el don de la ubicuidad y estaba en todas partes a la vez. Comenzó como marino mercante. Adoraba la mar y le apasionaba la aventura de navegar durante meses por todos los océanos y conocer nuevas culturas y continentes. Nunca dejó de hacerlo. Cuando pudo fundar su propia compañía siguió capitaneando uno de sus barcos. Pasaba la mayor parte del año fuera de casa y , naturalmente, era ajeno a casi todo lo que allí sucedía. De ello se encargaba su mujer. Carmen había aceptado desde el primer día las condiciones de casarse con un marino que estaba ausente casi siempre. Era abnegada y estaba profundamente enamorada de Rodolfo. Hubiera hecho cualquier cosa por satisfacerlo.

Rodolfo anhelaba tener un descendiente varón que siguiera sus pasos. Un hijo a quien pudiera enseñarle la profesión y el mundo entero si era necesario para poder heredar dignamente su pequeño imperio. Eran tan pocos los días que se encontraba en tierra, que cuando llegaba a casa se encerraba en la habitación con su mujer durante dos días enteros. Solo salía para acudir a la nevera en busca de víveres que le permitieran seguir con el desahogo.

Cuando nació Jacobo la noticia le sorprendió navegando por el Océano Pacífico cerca de Japón. Aunque estaba muy lejos los gritos de alegría casi se escucharon en su casa. En ningún momento durante el embarazo se le pasó por la cabeza que pudiera ser una una niña. Siempre se refería a la criatura que llevaba dentro Carmen como si fuera un niño , incluso ya le había puesto el nombre. Era tanta la subordinación de Carmen y tan grande el miedo a defraudarlo, que cuando supo que era un niña lo que llevaba en sus entrañas no se lo dijo. Así que cuando nació trató de ocultar desde el primer momento el sexo e hizo creer a todo el mundo que se trataba de un varón. Dos meses antes había decorado la habitación de color azul e incluso de forma exagerada para que no quedara ninguna duda. La vestía, la peinaba y la hacía jugar como si fuera un niño y así mantuvo la farsa hasta que la niña comenzó a hacer preguntas.

—¿Cuál es mi nombre en realidad?

—Te llamas Alma. Un nombre tan bonito como tú

La madre le explicó que eligió ese nombre porque por mucho que se camuflara bajo el aspecto de un hombre, su alma siempre sería femenina. Ella se lo tomó como un juego y siguió con la mentira hasta que conoció a Jean Claude. Rodolfo nunca llegó a sospechar nada aunque sí le molestaba la falta de rudeza que demostraba su hijo.

Continuará…

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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