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Mientras pensaba en todo ello, Luis había tomado unas cuantas copas y se encontraba, ya, bastante borracho. Tenía la mente embotada y no conseguía razonar con un mínimo de claridad. El alcohol, en lugar de mitigar su despecho por el mundo, no hacía sino acrecentarlo. A las mujeres, las culpaba de no haber sabido amarlo. Y a cada momento que pasaba sentía crecer en su corazón una rabia inusitada. No recordaba haberse sentido así ni en sus peores momentos, ni si quiera aquella primera vez en que pegó a una prostituta. Se sentía una víctima, él mismo por increíble que pareciese, por delante, incluso, de todas esas desgraciadas que había ido apaleando a lo largo de los años. De repente su mente se abrió. Por qué limitarse solo a las prostitutas, acaso no eran todas las mujeres igual de culpables. Poco a poco esa posibilidad se fue materializando en su pensamiento. Recordó que tenía una nueva vecina, se llamaba Ana o tal vez Marta… No se acordaba bien. Era joven, guapa y vivía sola. Se habían cruzado alguna vez en el descansillo y no parecía mirarlo mal, incluso, creía que le inspiraba cierta confianza. Además, aún era temprano, tan solo las once de la noche, podría ir a su casa con cualquier pretexto.

Luis no lo pensó más. Cogió un vaso vacío pensando pedirle un poco de azúcar. Le pareció una excusa muy verosímil: ya se sabe un hombre que vive solo y trabaja todo el día no tiene mucho tiempo para hacer la compra, pero por otro lado, el café sin azúcar está tan malo… ¿Cómo no iba a atender su petición? Luis actuaba como un autómata. Salió de su casa, cruzó el rellano, y llamó al timbre de Marta, que así es como se llamaba su vecina, blandiendo el vaso en la mano. Esta miro por la mirilla y al ver que era su vecino abrió confiada la puerta. Pero tan pronto Luis hubo franqueado el umbral, se dio cuenta de su error. De repente, su apacible vecino se transformó en un energúmeno borracho de ojos desencajados que embistió contra ella sin mediar palabra. Marta, aterrorizada, no se movía, ni intentaba defenderse y Luis azuzado por su pasividad se encolerizaba más y más y golpeaba sin cesar a la pobre mujer, que no alcanzaba sino a gemir débilmente, emitiendo un soniquete a todas luces insuficiente para llamar la atención del resto de los vecinos. Todo acabó en un instante. Marta se desplomó de golpe, y esto hizo que Luis recobrara algo de su perdida conciencia. A pesar del azoramiento que sentía por haber perdido el control de esa manera, se daba cuenta de lo que había hecho. Marta estaba en el suelo hecha un guiñapo, como una muñeca de trapo rota. La cabeza ensangrentada y la cara hinchada y llena de moratones le daban un aspecto inquietante. Luis la miró y en ese momento fue consciente de que la había matado. No obstante, se agachó para comprobarlo. En efecto, no le encontró pulso. El corazón de Marta se había detenido para siempre.

Pasada la tormenta, una aparente calma se apoderó de Luis. Esta vez si que la había hecho buena. Estaba al lado de su propia casa y seguro que había dejado huellas por todas partes. No tendría escapatoria. Se había dejado llevar y ahora temía las consecuencias, pero no se arrepentía de haberla matado, solamente de no haber sido cuidadoso y previsor. Decidió que lo mejor sería irse a su casa y allí pensar lo que haría.

(Continuará…)

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitariotengo dos libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños", un libro de realtos "Y amanecerá otro día" y una novela "La luna en agosto". Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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