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Ya en su casa, Luis vio que eran las dos de la madrugada. No comprendía como había transcurrido el tiempo tan deprisa. Se duchó y tiró su ropa, que tenía muchas manchas de sangre a la basura, y pensó también en tirar la bolsa al contenedor, pero no lo hizo por si lo veía alguien que más tarde lo pudiera delatar. Por último se acostó, pero no podía dormir. Pensaba en como sería su vida de ahora en adelante si, a raíz de la imprudencia de esta noche, se descubrieran todos sus crímenes. Él era un hombre débil y si la policía lo atosigara a preguntas seguro que no podría resistir y acabaría confesando. Lo perdería todo, y lo que era peor, sufriría la humillación de que el mundo supiera que todo había sido por Laura, porque no había podido tenerla, porque Laura había preferido a un pelagatos que la había abandonado por la primera rubia que se había cruzado en su camino. Le estaba bien empleado a Laura, era a ella a quién debía haber matado esa noche. Se dio cuenta, por primera vez en tantos años, que cuando hacía daño a todas esas mujeres era a Laura a quién quería maltratar y por primera vez sintió un mínimo atisbo de compasión hacia ellas y eso le produjo una desagradable sensación, que trató de desterrar inmediatamente.

Se levantó a tomar otro coñac, ya había perdido la cuenta de los que había tomado. Creyó que le sentaría bien. Mientras lo apuraba de un trago volvió a pensar en lo que haría a la mañana siguiente. Se sentía demasiado confuso para ir a trabajar y su primera idea fue fingir que estaba enfermo, pero al instante la desechó, porque romper su rutina podría resultar sospechoso, y por primera vez, se dio cuenta de que esa nueva sensación de sentirse perseguido ya no lo iba a abandonar nunca. Lo mejor sería ir a trabajar con normalidad. Pero ¿Cómo iba a aparentar normalidad? Empezaba sentirse fastidiado con la situación, debía intentar serenarse y dormir, pues al día siguiente tendría que estar concentrado y dispuesto para su trabajo. Volvió a la cama, pero no paraba de dar vueltas. Su inquietud no hacia sino aumentar, y se le habían acabado las pastillas para dormir, por lo que no podía recurrir a ellas. Sin temer la resaca del día siguiente pensó que su única solución era una borrachera de las que casi hacen perder el sentido, al borde mismo del coma etílico. Recordó que tenía otra botella más de coñac y resolvió aplicarse a ello de la misma forma que un colegial se aplica a sus deberes. Bebió una copa tras otra, sentado en la butaca del salón, y cuando juzgó que ya era suficiente quiso volver a la cama, pero no podía moverse, y, sin darse cuenta se quedó dormido.

A la hora habitual sonó su radio despertador. Si, normalmente su estado al despertar, siempre era deplorable, el que presentaba en esa ocasión era absolutamente desolador. A causa de la borrachera había vomitado sin moverse de la butaca y se encontraba empapado en una repugnante mezcla de vómito y sudor. Tenía un insoportable dolor de cabeza, se sentía muy confuso y, de momento no recordaba nada de lo sucedido por la noche. Poco a poco fue volviendo en sí, las imágenes comenzaban a fluir lentamente, aunque por un momento creyó que todo era producto de su imaginación y que lo había soñado. Tardó todavía unos minutos en hacerse cargo de lo sucedido. En un primer momento, el malestar físico y la incomodidad por el estado de suciedad en que se encontraba fueron sus prioridades. Se duchó y volvió al salón limpiándolo y dejándolo todo en orden. Ya se sentía mejor, pero justo entonces, tuvo un sobresalto: todavía no había decidido lo que iba a hacer y ya era hora de tomar una decisión. Lo más sensato, sin duda, sería actuar como si nada hubiera pasado, e ir a trabajar con toda normalidad. De camino a su oficina, pararía en un contenedor, fuera de su barrio, y se desharía de la bolsa delatora. Además, así se encontraría lo más lejos posible para cuando fuera descubierto el cadáver.

Aquel día, Luis guardó las apariencias como buenamente pudo, ya que en el fondo se sentía muy desasosegado. Aunque había pasado por una situación similar otras veces, en esta ocasión se daban circunstancias que la agravaban. Por un lado, era la primera vez que tenía la certeza de que había matado, y por otro, no se trataba de una prostituta, sino de su vecina. Una mujer asesinada brutalmente en su propia casa. Eso haría que la policía se tomara un mayor interés por resolver el crimen. Mientras su mente divagaba con pensamientos parecidos, iba transcurriendo lentamente la jornada. Luis sentía un extraño desdoblamiento, era a la vez el eficiente e incansable trabajador de siempre, y al mismo tiempo no paraba de dar vueltas a la situación, maquinando la mejor forma de salir bien parado de ella. Pensaba que lo mejor sería volver tarde a casa, de forma que, cuando llegase, ya se hubieran calmado los ánimos, y, en parte también, para evitar a sus vecinos en la medida de lo posible.
De esta forma se las ingenió para conseguir que un pequeño grupito saliera a tomar una copa con él, al terminar el trabajo. Como se suele decir, una cosa llevó a la otra, y cuando se retiraron era la una pasada. Luis estaba rendido, pero se sentía satisfecho, todo iba saliendo según lo previsto. Había derrochado alegría y buen humor, nadie en su sano juicio lo consideraría sospechoso de tan horrible crimen, y se consideraba muy listo por haberse construido la coartada. Cuando alguien le diera la noticia, bien la misma policía o cualquier vecino se fingiría espantado y asunto concluido. Si encontraban sus huellas en casa de la mujer, hasta podía admitir que había ido a pedirle un poco de azúcar. Entre vecinos eso no tenía nada de particular. La solución era perfecta, y él un genio.

(Continuará…)

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Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitariotengo dos libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños", un libro de realtos "Y amanecerá otro día" y una novela "La luna en agosto". Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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