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A partir de ese momento ya me di cuenta de que mi estancia en esa casa no podía continuar por mucho tiempo. Sin embargo, había algo que me dolía especialmente y era la cantidad de libros que iba a dejar de leer. Me planteé utilizar el dinero que me había dado mi padre para irme a Inglaterra. Podría comprar todos aquellos libros viejos. Sin embargo, no tenía cómo llevarlos. Entonces recordé algo que no sé si habré dicho ya, que me parece un invento maravilloso y que es precisamente que las maletas tengan ruedines. A  siempre me han interesado los ruedines. Cuando era pequeño muchos niños de la casa podían ir por el jardín con sus bicis de ruedines pero mi padre entendía que el hijo del portero debía tratar de convertirse en un niño invisible. No podía jugar con los otros niños de la casa. Ni siquiera tuve bici con ruedines. ¿Será ese el motivo por el que me impresionan tanto los ruedines de las maletas? Precisamente esa era mi gran idea: podría comprar otra maleta con ruedines y llenarla de libros. Desde luego sería un poco más incómodo llegar a Londres cargando con dos maletas, y especialmente una, teniendo en cuenta lo que pesan los libros. Me fastidiaría bastante pero también tendría una ventaja y es que podría ir leyendo y vendiéndolos así que en el fondo, sería una maleta cargada de diversión y dinero.
– Elena. ¿A ti te importaría que yo me llevase todos estos libros a Inglaterra que pensabas tirar y te fuera mandando el dinero a medida que los vendiese?
Elena me puso cara muy extraña y me volvió a repetir que en realidad yo debería olvidar definitivamente lo de irme a Inglaterra para hacerme agente secreto y que lo que debería intentar es conseguir un trabajo normal aprendiendo un oficio. ¿Había caído yo en la cuenta de que los ingleses tendrían tendencia a leer libros en inglés en vez de en español? Y sí, eso era muy humano. Pero yo insistía en que algún español habría en Londres y le daría una gran alegría poder comprar todos estos libros en su idioma. Sin embargo, ella me dijo que Londres era una ciudad muy grande en la que yo no pintaba nada y que seguramente habría muchos sitios donde comprar libros en distintos idiomas. Pero sobre todo, que me olvidase de ir por allí y que me buscase un trabajo. Eso me desanimó mucho.  Le expliqué que realmente había conocido muchos oficios ya porque para ocultarle a la gente lo de ser agente me había hecho pasar por cantidad de cosas. Sin embargo, a ella eso no la convenció mucho y lo que me vino decir es que por decir que era fontanero no me había convertido realmente en un fontanero.
– No sólo es eso, Elena, porque date cuenta de que cuando yo digo que soy fontanero, empiezo a pensar como un fontanero.
Pero ella me dijo que pensar como un fontanero no impediría que el agua saliese por todos aquellos tubos que yo no supiera empalmar y que para evitar inundaciones y poder desatascar cañerías, además de ponerme a pensar como yo creía que pensaba un fontanero, debería aprender el oficio, como todo el mundo hacía. Elena estaba guapa mientras me daba esas explicaciones, aunque la notaba un poco cansada ya de contarme estas cosas.
–  ¿Entonces tú crees que yo lo que debería hacer es convertirme en fontanero?
– No, Andrés, hombre, solo es un ejemplo. Pero deberías aprender algún trabajo. ¿Qué te gustaría hacer?
– Bueno, yo creo que he demostrado ser un buen vendedor de libros. ¿No te parece Elena?
– Sin duda, Andrés, lo haces muy bien. Pero vendiendo libros viejos sacas muy poco dinero y algún día los venderás todos. Y entonces ¿a qué te vas a dedicar? Sigue vendiendo los libros que quieras y, sobre todo, leyéndotelos, que es mucho más importante que los pocos euros que traes, pero tendrías que encontrar un trabajo.
Le propuse ayudar a Faustino en la óptica pero la idea no la convenció. También le propuse la posibilidad de que me ocupase de limpiarles el local porque mi padre también limpiaba como conserje así que yo también podía hacerlo, pero seguramente Elena se acordó de cuando tiré el expositor de gafas y no le pareció tampoco una buena propuesta. Entonces yo empecé a explicarle todas las cosas que hacía bien. Por ejemplo, me sabía hacer muy bien la raya del pelo. Quizás podría ser peluquero. Y así seguí diciendo uno tras otro todos los oficios que se me ocurrían basados en cosas que se me daban bien. ¡Y no eran pocas! Sabía silbar, lo malo es que no tenía muy buen oído para la música, pero sin embargo el ruidillo me salía así de bien, de modo que quizás podría dirigir un perro pastor de ovejas con mis silbidos. Buscar en los periódicos a ver si aparecía alguna oferta de trabajo para pastores. Mi abuela decía de : “este chico no vale más que para ver la televisión”.  Pero claro, eso no era ningún trabajo. La verdad es que no era nada fácil. Empecé a ponerme nervioso, cogí mis dos bolsas con nueve libros cada una y salí a vender.

¡Lo que a me hubiera gustado poder dedicarme a esto de los libros! Entonces pensé que, si a Elena le parecía que ganaba poco con eso, a lo mejor lo que debería hacer es tratar de ganar más sacando más euros por cada libro. Recordé a mi amigo Manolo, el del puesto en la Plaza Mayor. Siempre decía: “fíjate en , Andrés. Hay que ser agresivo para vender. La gente me compra más si siento que tengo perfectamente claro que van a comprar lo que les diga. Si el vendedor dice lo que hay y con seguridad, con su seguridad en sí mismo, al pobre cliente prácticamente no le queda más remedio que comprar. Y porque no le pido que me compre  más cosas que si no, a saber…”

Entonces decidí convertirme en un vendedor de libros, como ya era, pero más agresivo, como mi amigo Manolo. Se me puso ya la cara de muy serio y no la cambie así en todo el tiempo que me costó bajarme andando la Castellana con mis dos bolsas llenas. Si mantenía las cejas juntas mientras me bajaba toda la Castellana, seguro que arrasaría.

Cuando llegué a la Cuesta de Moyano fui directo a mi librero favorito de todos los días dispuesto a hablarle con mucha autoridad para que supiera con qué vendedor de libros estaba tratando el pobre y no le quedase más remedio que comprármelo todo y con buenos precios y punto.

Me acerque y le dije con mucha chulería:

-A ver, tío, que te traigo buena mercancía para que hagas grandes negocios. Ya puedes empezar a comprarme todo esto que si no, no voy a venir más por tu chiringuito y el negocio lo va a hacer cualquiera de estos otros que también tienen puesto en la cuesta.

Y entonces metí la mano en una de mis bolsas de plástico y saqué la primera obra que tenía que vender.

El librero seguía fumando como siempre y no me miraba pero sin embargo cuándo puse mis libros encima de los suyos, los que tenía puestos allí para vender, todos muy bien colocados, se cabreó mucho y dijo:

-Quita esa guarrería de encima de mis libros inmediatamente si no quieres que te meta una leche que vas a llegar volando al estanque del Retiro.

-Perdona hombre, tampoco es para ponerse así, yo solamente te los dejaba para que los vieras por si los querías comprar
– ¡Pero qué quieres que te compre! ¿Qué es esa mierda que me traes?  Yo vendo libros. ¡No basura! Eso lo tiras al cubo en tu casa.

Se refería a uno grande sin tapas muy bonito con muchas fotos de playas montañas y chicas que se titulaba “Pasa un verano maravilloso con Viajes Marco Polo”.

-¿Pero no ves que eso no es un libro, so merluzo? ¿No te das cuenta de que eso es un catálogo de viajes de hace 6 años? Y entonces él lo cogió y lo tiro al basurero que había en una farola. Eso hizo con mi libro “Pasa un verano maravilloso con Viajes Marco Polo. Ofertas verano 98″

-¡No lo tires! ¡Que es de Elena!

Lo cogió de la papelera que estaba en la farola y me lo volvió a dar:

-¡Toma! Pues te lo llevas de aquí y se lo das a la Elena esa. Ni siquiera sabes lo que es un libro.

Lo cogí, lo limpie…

-¡Lo has dejado todo sucio y arrugado!

-¿Pero no te das cuenta de que eso es propaganda de hace años? Puedes irte a cualquier agencia de viajes y te dan mil distintos de esos, pero al menos estarán vigentes, y se los regalas todos a tu Elena. ¿Quién te ha dicho que vendas eso? Le dices de mi parte que no se burle de ti.

Me quedé muy triste. El librero sí que era agresivo y no yo.

Cogí mi folleto de viajes, lo tiré a la papelera ante la risa burlona del librero y tomé mis bolsas de plástico y me fui a buscar un banco donde sentarme. De nuevo me sentía triste y cansado. Miré un edifico de los altos que se veían en la plaza de Colón y con la imaginación, vi salir a mi gigante detrás de él. Se acercó hasta la Plaza de Atocha y se agachó a mirar quién era el librero que tanto me chillaba. Lo miró con mala cara y tomó su caseta con el  índice y el pulgar, la arrancó del suelo y luego la dejó caer sobre el Parque del Retiro, como quien se asegura que no se le quedan pegadas un par de pelusas entre los dedos. El librero protestaba y el gigante le decía:

-¿Cómo serías tú de abusón si fueras un gigante como yo? No me gustas. Trata bien a mi amigo Andrés o la próxima vez te dejaré subido a la copa del árbol más alto del Retiro.

Luego el gigante se volvió hacia mí y me dijo con dureza.

-¿Y tú? ¿Cómo es que te dejas tratar así?

-Es que yo creía que a lo mejor los folletos viejos se podían vender.

El gigante sin nombre, Gi, se me quedó mirando sin decir nada y luego se fue con esos caminares que tenía, como de andar en la huerta tratando de no chafar nada. De pronto se volvió y me preguntó.

-¿Quién es el fruto de tu imaginación? ¿Tu librero o yo?

Y se fue caminando torpemente Castellana arriba.

continuará

Todos los capítulos de Mi viaje a Inglaterra

 

 

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Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.