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– Pues ahora ¡inventemos un milagro!.La ventaja de que nos paguen tan poco y suframos por si nos ponen en la calle es que tal cosa nos agudiza la imaginación.
Rieron todos estrepitosamente.
– ¿Qué pasa ahí? ¿no ven que me estoy muriendo? ¡Socorro! -gritó Don Fernando-
Allí acudieron todos a ayudarle a poder sentarse nuevamente en ese sillón, en el que ya sólo le descansaba la cabeza en el lugar de las posaderas.
– No ven que estoy muy mal? La debilidad se apodera de mí y no puedo sostenerme.
– ¿Llamamos a un médico? , preguntó uno de los jóvenes malandrines.
– Prefiero a un confesor, suplicó Don Fernando entre sollozos,
– He pecado grandemente buscando saber lo que sólo el Cielo conoce y el destino nos depara. Y ahora….ya suenan los claros clarines.
– Ni en sus últimos momentos deja de ser pedante, comentó uno de los chicos empujando a otro con el codo.
-Esto se alarga y hoy tengo una cita- dijo Leo (Leopoldo, claro).
– ¿Con quien? Le preguntaron ansiosos mientras la curiosidad asomaba a sus pícaros ojos.
– Pues, con la chica de la pastelería de enfrente, me gusta más que cualquiera de sus productos.
– ¡No digas más! Interrumpió el asistente. Es la mujer que sorbe los sesos de mi jefe y ella nos puede ayudar.
– Oye, oye, cuidao. Esa morena es para mí.
– No digas tonterías, nadie te la va a quitar pero se me ocurre que un cable si que nos echaría ¡somos clientes!
– No sé qué pensar, dijo Leo, a lo mejor sería posible, pero sin tocar ¿eh?
– Vale, anda ya, vete y dile que es un caso de muerte porque casi la está palmando ¡tío tan histérico!
El dolente ya casi ni se quejaba, más bien parecía que estaba aceptando su próximo final y oraba por su salvación. Acertó a decir el pobre ¿viene el cura o no?
– Ya va, Don Fernando, en cuanto acabe la misa.
– Cuando llegó la Elenita ya tenían preparado el hábito que le pensaban poner. Era propiedad de la madre de uno de ellos y del que se había provisto hacía tiempo por si se moría a causa de una bronquitis que la tuvo postrada.
– Cuidad la ropa, dijo, no quiero enterrar a mi madre con algo que se note estrenao.
– ¿Tu madre? Pero si la vi entrar al bingo anoche con gafas de sol.
– Bueno, pa cuando toque.
– Dejémonos de tonterías, dijo el asistente. Tú, Elenita, ponte eso.
– ¿Eso? Pero si es para alguien muy gordo, me veré fatal.
– Oye, sin ofender, respondió el amante hijo.
El caso es que la Elenita, siguiendo el guión que acababan de preparar y con una linterna debajo del hábito entró en la estancia del afligido moribundo que, a causa de haber hecho desterrar la lámpara, se encontraba en total oscuridad.
– ¡Pardiez, la Elenita! dijo superando su debilidad, seguro que ya me he muerto.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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