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Para relajarme, salgo a la sabana. Me tiendo en el pasto. Disfruto del paisaje: una amplia llanura verde como las esmeraldas nativas del país. El  vientecillo helado contrasta con la luz brillante del sol de enero, las montañas circunvecinas ven descender lentamente la neblina sobre sus cúspides.

Soacha es un rinconcito amenazado por la vida urbana. Un territorio sagrado de los muiscas. Dicen que han encontrado un tesoro y como consecuencia la tierra fértil ha sido hollada por innumerables buscadores.

Un pozo profundo queda a lo lejos, cerca de las faldas del monte. Ahora está seco, lo que permite ver el trabajo arquitectónico de los antiguos pobladores. La cerrada pared de negros pedruscos se cubre de abundante musgo en el fondo,  indicio inequívoco de la humedad que aún contiene.

A lo lejos veo descender dos parapentes. Jóvenes intrépidos planean balanceados por el viento que corre entre las montañas. El santuario se ha convertido  en parque de diversión durante los fines de semana. El largo paisaje está dividido. Mojoneras marcan el sitio donde seguirá construyéndose el complejo habitacional.

No importan los hallazgos arqueológicos. La tierra ha sido vendida al mejor postor. Tres módulos se han erigido ya. En uno de ellos vive mi amiga. Se encuentra al fondo, cerca de la verde sabana. Las montañas se recortan tras el último edificio. El campo se encuentra a unos cuantos pasos de la entrada.

Llegar al espacio libre y transparente no me ha llevado ni cinco minutos. Me entristece pensar que pronto ya no existirá. Hoy todavía la gente goza del paisaje. Suben  y bajan por el camino entre las montañas. Ven con alegría el vuelo de esas mariposas humanas. Yo intento seguir el descenso pero pierdo la imagen cuando alguien me llama.

Mi amiga Mónica se complace en platicar sus vivencias en mi país y pasamos gran parte de la tarde con recuerdos y añoranzas. A no dudarlo, nuestras experiencias juntas en el Instituto, fueron gratificantes y benéficas para ambas. Me pierdo entre los recuerdos y el aroma límpido de la sabana.

Cierro los ojos e imagino a los indígenas en sus ceremonias luctuosas. ¿Será verdad que aquí era un cementerio muisca? Es un lugar tan plácido. Perfecto para descansar en paz, no para construir edificios gigantes repletos de minúsculos departamentos.

Ésta es una zona de humedales. Quiero pensar que quienes edificaron esta unidad habitacional realizaron todos los estudios de suelo necesarios para construir sin riesgo. Casi no tiembla pero ha llegado a suceder. Jugar con las probabilidades existiendo vidas de por medio no es opción.

Debajo de nosotras tal vez hay agua aún. El perenne verdor del campo lo demuestra. El ambiente en sí es húmedo y fresco. Las flores son minúsculas, el pasto alto en la mayor parte de la planicie y sólo en la zona de pastoreo se ve corta.

A lo lejos hay unas cuantas nopaleras. Aquí no comen esa cactácea. No saben de lo que se pierden. Mi amiga le pide a su hijo que regrese. Él ha estado jugando con un amigo más allá del pozo.

Grandes nubarrones cubren el cielo. De pronto nos hemos quedado solos. No hay parapentes ni gente en la falda de la montaña. Decidimos regresar para evitar la posible lluvia. Me pongo en pie deseosa de que un milagro se realice y este lugar se conserve como lo veo ahora, por siempre.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.