La justicia social ha sido en la historia de Corea tan escasa como en la del resto del Mundo. La riqueza de muy pocos, ya se sabe, se asienta sobre sólidas bases y medra voraz e inmisericorde a costa de la miseria y la muerte de la inmensa mayoría. Pero este estado rara vez es combatido con éxito. Son excepcionales las personas que se ven lo suficientemente fuertes o capaces para hacer frente y vencer a esta criminalidad institucionalizada. Pero siempre hay espíritus audaces que consagran su vida y extraordinarias actitudes a robar a los ricos para socorrer a los pobres: Espartaco en Roma, Robin Hood en Inglaterra, Dulcino de Novara en Italia o en España el bandolero Diego Corriente o, más recientemente, Lucio Urtubia, albañil anarquista capaz de estafar al Citibank 20 millones de dólares en los años 70, y Enric Duran, activista catalán que en 2008 anunció que había “expropiado” medio millón de euros a diferentes bancos para luchar contra el “depredador sistema capitalista”.
En Corea también existió uno de esos personajes. Se llamó Hong Kil Dong. Como en el caso de Robin Hood, su figura cabalga entre la leyenda (que le atribuye capacidades sobrehumanas) y ciertos documentos y vestigios arqueológicos que apuntan a que fue un personaje real que vivió entre mitad del siglo XV y principios del XVI. Y, como suele suceder, su toma de conciencia nació fruto de una injusticia personal.
Kil Dong nació en la provincia de Cholla del Sur, en el extremo meridional de Corea, hijo natural del señor Hong, un importante noble que llegó a ser ministro, y una humilde concubina. Las convenciones de la época equiparaban a un bastardo de baja extracción al mismo nivel que un siervo. Hasta el punto de que se les prohibía llamar padre a su progenitor, permitiéndoseles solo dirigirse a él como excelencia. Pero Kil Dong no estaba dispuesto a vivir la vida de esclavo a la que estaba destinado. Fuerte pero sobre todo extremadamente inteligente, encontró maestros que comprendieron su enorme potencial y le apoyaron para optar a unas oposiciones a funcionario que le hubieran abierto las puertas hacia una prometedora carrera. Pese a todo, sólo pudo realizar un simulacro de examen, pues su candidatura fue rechazada por defecto de forma.
Esta manifiesta injusticia le llenó de resentimiento hacia el poder que tan estúpidamente le negaba prosperar y le arrastró a la marginación. Amenazada su vida, huyó a la montaña, donde conoció a un monje que enseguida lo reconoció como un extraordinario discípulo. En un apartado rincón, lo adiestró tanto para dominar las armas y las artes marciales, como para templar y fortalecer su levantisco carácter. Seguramente, supo también encauzar su deseo personal de venganza hacia un sentimiento más amplio y generoso que podríamos muy bien llamar revolucionario. Con este pensamiento sólidamente arraigado en su mente decidió echarse a los caminos y no dejar impune ninguna injusticia con la que tropezase. Con esta nueva perspectiva, el daño infringido contra los poderosos sería mucho más efectivo que si persiguiese únicamente su venganza personal.

Photo by aljuarez

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juanarcos

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