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Orlando apareció de la nada, como los héroes intemporales de las películas americanas, el mismo día en que ella se mudó a un piso de estudiantes en el extrarradio, una tarde calurosa de septiembre.
Carmen llegó de su ciudad natal con la maleta cargada de libros e ilusiones dispuesta a licenciarse en biología. El tiempo acabaría por doctorarla en los sinsabores de la vida y arruinando sus sueños de trabajar en un zoológico cuidando monitos y ornitorrincos.
Llegó la primera de cuatro chicas que habían de arribar desde las cuatro esquinas del país y, sin nada en la nevera, decidió bajar a la tienda de la esquina a por algo para cenar. Unos mozalbetes escuálidos pero armados de navajas mayores que sus reparos la arrinconaron en su mismo portal. Le pidieron el dinero y alguno, incluso se atrevió a solicitar algún favor dos tallas mayor que su propia hombría. Orlando Zanetti regresaba a casa y se los quitó de encima a manotazo limpio y a golpes de su cazadora con la facilidad del que está espantando moscas. Era corpulento, de tez morena y rostro despierto coronado por unos rizos prietos dorados y rojos como el sol del atardecer y unos ojos brillantes del verde del mar de los sargazos. A Carmen, la rara mezcla de caracteres le pareció la conjunción perfecta del cielo y la tierra y quedó a merced del aura salvaje que emanaba ese hombre joven de sangre vieja.
Aquella noche cenó en su casa, durmió en su cama y cambió su vida. Fue la primera vez que conoció en el fondo de sus entrañas la virilidad desatada de un hombre y aquella experiencia la trasladó a un estado de hipnosis voluntaria. Después de hacer el amor, Orlando le contó cosas que yo ya conocía de su biografía. Cosas de sus ancestros, mezcla de gringos, africanos e indios que enredaron por siglos un árbol genealógico en sus noches de cánticos, vino fácil y risas carnales. Le contó cosas de su Puerto Rico natal, que apenas conoció, pero que percibió siempre cercano en boca de su madre a través de los relatos que ella le contaba y de las leyendas inventadas de pájaros con dos cabezas y dioses sedientos de sangre.
Carmen siempre supo que aquella noche, Orlando le robó la niñez y la convirtió en la mujer que sería. Se enamoró hasta los huesos de ese indiano y Orlando Zanetti jugó con ella durante casi un año una partida con la crueldad innata del jugador de ventaja. A tal punto la cautivó, que Carmen no fue consciente de ir perdiéndolo todo a medida que creía conquistar fronteras y derribar muros imaginarios que hasta entonces estaban fuera de su pequeño mundo.

– En pocas semanas transformó mi vida para siempre – dijo con la mirada más triste que nunca vi mientras trinchaba la lubina que nos sirvieron en segundo lugar –. En unos meses aciagos comencé a beber, fumar, a conocer las drogas y malgastar mi vida en fiestas y orgías, sólo por complacerlo. Abandoné los libros primero y mi futura carrera después.

Carmen relataba arrancándose la piel a tiras. Bajo aquella fachada de mujer fatal se escondía la memoria de una niña asustada a la que todo se lo robaron mientras jugaban con ella a ser mayor. Me contó con más detalle del que me hubiera gustado conocer aquellos meses locos de sexo, alcohol y drogas y cómo su futuro se fue yendo por el desagüe sin darse cuenta.
Al terminar el postre, se levantó de la mesa excusándose, pues tenía que ir al baño.

– Pídeme un café amargo y una copa de bourbon. Y pídete tú otra si me vas a pedir que me acueste contigo, te hará falta – me susurró al oído al pasar junto a mí. Nunca supe si por deseo propio o por la costumbre de ser tratada así por los hombres, pues mi parco arrojo sólo me alcanzó para pedir lo suyo y un café para mí.
Al volver de componerse, dos cafés y una copa de bourbon esperaban en la mesa. Carmen me miró, y con la tierna sonrisa del amargor del pasado, me dijo que quizás fuese verdad que había hombres buenos y que su problema era no haber dado con alguien que, como yo, aún creía en la ingenuidad.
Un abuelo que acababa de entrar al café Candelas se nos acercó en ese momento.

– Están ustedes sentados en mi mesa – nos espetó sin ánimo de ofender pues antes de que pudiese articular palabra se llevó el dedo a la boca para que nada dijera.
Una rosa roja que lucía en la solapa de su americana, así como sus modales le conferían el aire de un romántico del siglo XIX.
– Parmenio Villar para servirles – se presentó y, sacando la rosa de su ojal, me la dio con su mejor sonrisa –. Se lo perdonaré porque se nota que están ustedes enamorados, así que le voy a dar ésta flor a condición de que se la dé a la señorita. En su pelo lucirá mejor que en la pechera de éste viejo – sugirió el abuelo, que se despidió con una sonrisa.
Me quedé con la rosa en la mano. Me conmovió su fragancia que evocaba dolor y ausencias. Ensimismado quise entender su historia hasta que Carmen me sacó del trance.
– Hágale caso y deme la flor. Cuando sea vieja me gustaría que mi hombre fuera como él – me dijo llena de sombras.
– Me hablaba de su relación con Orlando – le recordé mientras le di la flor que prendió con una horquilla a un lado de la cabeza realzando aún más si cabe su belleza salvaje.

Ella me fue desgranando durante una sobremesa, que se llevó alguna copa de bourbon más y lágrimas reprimidas con determinación estoica, cómo por amor había llegado a no quererse y cómo había tirado a la basura sus ilusiones y la de sus padres, a los que nunca volvió a ver pues de pura vergüenza nunca volvió a su pueblo salvo para asistir a sus funerales después de que un brasero mal apagado les proporcionase una muerte más dulce que la vida que llevaron. Orlando Zanetti, mi querido amigo de la infancia y juventud, en realidad fue un ser despreciable, capaz de hundir la vida de una niña a medio cocinar. De arrastrarla a los peores escenarios de drogas y alcohol y de obligarla a fornicar con desconocidos sólo por el enfermo placer de contemplarla.
Tuve la curiosa impresión de conocer mejor a aquella extraña que desnudaba su alma para mí que al amigo de toda una vida. Y no sé si, prendido por el fulgor de sus ojos azabache, me atreví a preguntar cuánto tiempo llevaba con esa historia atravesada en la garganta.
– Más años de los que tengo – me dijo con la sinceridad cruda de quien lleva una losa en vida.
Carmen parecía apurar su historia como hacía con su copa, en tragos lentos y dolorosos.
El mazazo final ocurrió, me contó entre sensaciones olvidadas, cuando quedó embarazada. Nunca se explicó cómo ocurrió pues creía tomar todas las medidas oportunas. Amargamente añadió que quizás olvidó las más elementales. Aquellas que concernían a su dignidad.
Orlando la sedujo y la envolvió de tal forma que decidió por ella y la hizo creer que ella misma tomaba la decisión de pasar por la clínica a solventar el problema.

– Nunca me lo perdoné – me confesó mientras una lágrima furtiva y solitaria resbaló por su mejilla –. Orlando lo hizo todo, lo decidió todo, yo sólo era una niña asustada que llevaba muchos meses jugando a peligrosos juegos de adultos – me contaba mientras jugaba con sus manos a acariciar la copa.
La tarde avanzaba al ritmo de la historia de Carmen y ésta me hizo ver que necesitaba un segundo bourbon para continuar.
– Él eligió la clínica y me convenció de que era lo mejor. Me hizo creer que era yo quien manejaba las riendas de mi propia vida. Que un futuro espléndido me esperaba. Que iba a ser la bióloga más bonita del mundo y que las fieras del zoo se enamorarían de mí al pasar volviéndose dóciles – me decía con un tono en la voz que reflejaba el desdén y la mentira con las que Orlando pagó la lealtad de la niña burlada, mientras sus lágrimas seguían luchando por no brotar.
Por ello supe que aún lo quería. Al preguntárselo, ella me respondió con una pregunta que aún resuena en mi mente.
– ¿Se puede amar a quién odias con tanta saña cómo para quererlo matar?
– Son un mismo sentimiento – le dije convencido.

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