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El mar nos está esperando
A poco tiempo del sueño
Solo es cuestión de unos pasos
Esos que reprime el miedo
L.E.Aute

Tengo que rebobinar mi vida para saber cómo he podido terminar aquí. Y digo rebobinar, si, porque siempre he visto mi vida como una película. Mis actos serian, así, parte de una película, a veces de ciencia ficción, otras una tragedia.
Siempre he sido el típico soñador, fantaseando, esperando que tras una esquina aparezca aquel momento culminante que me convertiría en un héroe, que yo tendría el papel protagonista. Creo que todos los adolescentes, en mayor o menor medida, han pensado alguna vez encontrarse con una situación así. Lo mío era en grado superlativo.
Además hay que tener en cuenta un aspecto que a priori no debería afectar a la forma de ser de cada uno, a su interior, a su filosofía de la vida. Pero sí que influye. Y es el aspecto físico. Pensareis que no, pero cuando alguien es fisicamente, cuando menos, vulgar, su trato con la gente que le rodea cambia. Y con el trato, las relaciones, la forma de hablar…
Siempre he envidiado esa seguridad que demuestran muchas personas cuando saben que los demás están viendo, mientras les hablas, una cara bonita, un cuerpo atractivo, incluso una voz poderosa o dulce, distinguible de las demás.
Yo era el normal. Casi invisible. Difícilmente podría ser el protagonista de la película.
Así que de este cámbio en mi presente, hace un tiempo podría haberla culpado a ella, pero no habría sido justo.
Pero sí puedo saber ahora, pensando con la sabiduría que da el tiempo transcurrido, que ella fue la causa, no la culpable, de que mi vida haya dado un cambio tan drástico. Incluso yo he cambiado.
Al fin y al cabo, todo lo que he hecho, lo he hecho sin que nadie mi obligara.
Acaso me obligaron las circunstancias, mis propios miedos, esa forma de ser tan proclive a las ensoñaciones, ese pensar (quizá desear inconscientemente) que mi vida era una película.
Y sí que fue ella la causa última, ella.
Nadie me creería a mí si intentara contar como era ella realmente.
Todo el mundo la quería. Sobre todo, la tercera edad, como a ella le gustaba llamarlos mientras acariciaba con una dulzura exquisita a todos, uno a uno, sin excepción; con esa suavidad y ese cariño aparente, que se le daba tan bien.
Los mayores del pueblo, todos, eran su guardia pretoriana. Ella era un ángel, su ángel.
Incluso las madres de otras niñas de su edad la ponían como ejemplo. Y por supuesto, todas las madres de niños la querían como nuera.
Y es que realmente parecía un ángel. ¿Cómo no admirarla cuando la veías acercarse, con esa forma de caminar, lenta, con una elegancia de pasarela, cadenciosa, rítmica?
Su pelo, sin un mechón que osara separarse de su lánguida melena, castaña, perfecta, de terciopelo al reflejo del sol. Y debajo, esos ojos, puro contraste azul, blancos de azul, con ese brillo que hipnotizaba a quien tenía la suerte de que le sonrieran por un segundo, de ver sus ojos de cerca, maliciosamente inocentes.
La perfección de su nariz, la suavidad extrema de su piel que todos nos imaginábamos rozar un día, y solo ese pensamiento nos hacía sentir culpables. Rozarla. Ninguno de nosotros se sentía digno de tocar su piel.
Transpiraba sensualidad en cada movimiento, aunque la inocencia de su rostro contradecía el erotismo de su cuerpo. Era un sueño atisbar el blanco de su piel a través de los encajes de su exclusiva ropa interior, apenas levemente mostrada.
Cuando llegó, hace ya unos años de la capital, ya sabíamos que era especial. Cuestión de familia. Otra clase.
Sin embargo, al contrario de lo que parecía que iba a ser, (todos pensamos que sería una engreída altanera) enseguida hizo amigas. Era mucho más simpática, generosa y amable que cualquiera que hubiésemos conocido. A todos nos saludó tardo o temprano, aunque guardando las distancias, de forma muy agradable. Ese era su plan.
Cuando me habló aquella primera vez, estoy seguro que notó enseguida la simpleza de mi alma. Un recién ascendido de adolescente a joven, pero sin los galones que da la experiencia, sin haber salido del pueblo más que puntualmente. Una víctima propiciatoria.
Y no es que pudiera sacar algo de mí. Me refiero a algo tangible, algo material.
No, no le hacía falta nada, lo tenía todo.
Ella solo quería seguir aprendiendo, practicar sus artes. Divertirse.
¡Pero qué feliz fui durante aquella etapa, mientras duró! Ella fue la que me habló por primera vez, la que quiso ir juntos a la cafetería. La que incluso pagó la primera vez.
No lo podía creer. Cuando los amigos de la pandilla supieron que había salido con ella, sin haberles dicho ni contado nada, me insultaron, me felicitaron, me envidiaron.
Me separó de ellos. Pero si, fue culpa mía. También tenía ella esa virtud, la de hacerte sentir culpable.
Pero fue una época totalmente feliz y ajena a todo lo que no fuera ella, a su atención, a la infinita paciencia en los largos ratos de espera mientras se arreglaba para salir, soportables solo por la dulce esperanza de verla, de recibir su beso hambriento, increíblemente húmedo, experto, que nos dábamos poco antes de despedirnos. Su beso sabio, ella me lo enseñó, podía volverte loco. Podía conseguir de ti cualquier cosa por esperar ese beso. Endurecía sus tiernos labios y te exploraba, te envolvía la boca con ellos, con esa dulzura de melocotón maduro.
Yo me crecía cuando estaba con ella, caminaba casi en posición de firmes cuando alguien nos veía pasear juntos, algunas veces de la mano, y las comadres cotilleando con esa mirada llena de reprobación y envidia de nuestra juventud. Sentía un extraño orgullo por algún merito mío que yo desconocía, y pensaba que ese merito connatural mío había conseguido que el ángel me eligiera a mí.
Después eligió a muchos otros.
Cuando me dijo, así, simplemente, no voy a salir más, al principio no sabía de lo que hablaba, hasta que ella me lo explico. No voy a salir más, contigo.
-Pero yo te quiero, le dije.
-No te he dicho que me quieras.
Ella no me lo había dicho, no me había autorizado a quererla.
No puedo decir que la odiara entonces, ni mucho menos. Incluso sin su permiso yo la quería, no podía odiarla de un día para otro. Pero sí me rompió algo, dentro, a la vez que abría mis ojos a lo que los otros no veían en ella.
Sí que era de otra clase, y estaba preparándose para asumir su posición cuando llegara su hora, quería estar preparada para dominar a cualquier hombre fuera de la clase que fuera, moldeando sus sentimientos y a la vez dominando los suyos propios para, un día, alcanzar su destino, su status dentro del lugar, lejano, lujoso, glamuroso, que le correspondería tarde o temprano.
Ella intentaba preparar su futuro aislando los sentimientos, y así cambió el mio,mi futuro.
Después de eso, todos me miraban de otra forma. Yo era el personaje que ella había repudiado.
Todos comentaban que yo no era digno de su compañía, que quizá con algún engaño me había acercado a ella hasta convencerla de salir juntos, y así hasta que ella se había dado cuenta de que no era capaz de mantenerla, de que yo era solamente un oficial de un trabajo manual, tan menospreciado entre las clases superiores.
Incluso los que eran mis amigos tomaron partido por el ángel. No los culpo.
¿Qué me quedaba ya en el pueblo? Esa vergüenza incomprensible que sentía sin ningún motivo real achacable a mi conducta, pero sin nada que me consolara de mi propia estupidez.
Prácticamente desde mi infancia yo ya sabía que había nacido en el sitio inadecuado, o en el tiempo incorrecto. Seguía sin amoldarme al pueblo. Un pueblo sin futuro, sin esperanzas. Anclado en costumbres y formas de vida casi medievales. Como aquel pueblo blanco de Serrat, el pueblo dormía, sin ningún interés por despertar.

Photo by VV Nincic

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Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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