Un pueblo que acababa donde finalizaba la calle principal. Y a lo ancho otro par de calles. Para mí todas eran calles sin salida, sin una salida profesional, ni ningún otro estimulo que fuera un acicate para mi imaginación y me salvara de la rutina diaria. Acudir al bar los domingos con la pandilla, al cine en verano, paseos interminables en las cálidas noches por la única calle medianamente iluminada. Y desde hacía un tiempo, solo en casa.
No. Nada me ataba ya al pueblo. ¿Pero qué podía hacer?
Quizá en mi inocencia hice un mundo terrible de una situación más normal de lo que yo creía entonces. Mi exacerbada capacidad de sentir, por otra parte, no ayudaba a pensar con frialdad. Aunque no hubiera aparecido ella, hacía tiempo que me sentía ajeno a ese pueblo.
Hasta que se me hizo la luz. En una de esos recurrentes episodios de fantasía cinematográfica vital, lo vi.
El mar, había que ir al mar.
Si el mar dio la vida, también podría ayudarme a renovar la mía. Además: “Y si te toca llorar, es mejor junto al mar”
Lenta, calladamente, comencé a preparar mi huida. Porque era una huida, no un traslado ni mudanza, era una huida.
Conseguí reunir el escaso dinero que había ganado con mi humilde trabajo manual, y hasta pedí a mis amigos que me devolvieran las escasas cantidades que algún día les presté.
Mis amigos, probablemente fueron los únicos en preocuparse por mi desaparición. Sobre todo José, el más serio de los cuatro, el que nos pedía formalidad en esas noches de juerga y nos decía que bebíamos mucho. Nuestra madre José, como lo llamábamos cariñosamente, y para hacerlo rabiar. También ellos me olvidarían.
Ya solo me quedaba el problema de cómo hacer el largo viaje. Y no era pequeño el problema.
No iba a coger un autobús, con tanta gente mirando, y seguramente teniendo que responder las preguntas de algún conocido sobre mi destino. No, nadie se enteraría de mi partida hasta que quizá alguien, por algún motivo, me echara de menos.
Entonces vi el coche aparcado. Esto si sería como una película.
Yo había arreglado más de una vez el coche a Matías, el del bar.
Matías, un personaje brusco, demasiado antipático para tener un bar, que sin embargo funcionaba. Era mucho más indulgente con los clientes de su generación que con nosotros los jóvenes, por supuesto. Una voz más alta que otra, una risa algo descontrolada, suponía la expulsión del local para ti y tus amigos, aunque pronto se le olvidaba y al día siguiente te daba un pescozón y una tapa extra gratis. Derrochaba tanta personalidad como kilos de más en su enorme y bondadoso cuerpo.
Claro que su coche era un cacharro de los años 70, por supuesto que se podría romper en cualquier momento. Al menos yo pensaba que no duraría 50 km. a velocidad de crucero en autovía. Pero no pensaba viajar por autovías.
Tenía los elevalunas rotos, aunque lo disimulara sujetando los cristales con una madera. Y la llave de contacto siempre dentro del cenicero. Matías hacía mucho tiempo que no fumaba, bastante había fumado sin querer en el bar.
Estuve sopesando la idea de robarlo. No podría volver al pueblo nunca, no podría llegar lejos, lo justo hasta que se acabara la gasolina. ¿Qué pensarían de mi mis conocidos? Como idea para una película si era tentador. Huir, huir como un rebelde acosado injustamente por la ley. Definitivamente, algún día mi mente fantasiosa me ocasionará problemas. Pero aun no.
La decisión estaba tomada. Una tarde Matías se sorprendió al verme a aquellas horas en su bar.
Fue bastante comprensivo, más de lo que yo esperaba. También el fue joven, me dijo. Y mucho más sabio de lo que yo pensaba, o de lo que él daba a entender normalmente. Resulta que Matías se había dado cuenta de todo, no tuve que explicarle nada que él no hubiera notado, para mi sorpresa. En un momento me vendió aquel cacharro que solo le estorbaba en la calle, según él. Pero yo se que le tenía cariño. Realmente creo que hice lo correcto con aquella decisión, visto desde detrás de la ventana del tiempo. ¿Qué hubiera pasado si? ¿Como sería mi vida si no hubiera hecho tal cosa? Es como pensar en viajar en el tiempo e intentar comprender las paradojas que se producirían. Lo que tiene que pasar, pasará.
Esa noche me quedé con él hasta que cerró. Lo vi mirarme varias veces con complicidad, mientras limpiaba las mesas con la eficacia de la experiencia y la rutina, sudoroso, cansado.
De madrugada abrí la puerta del coche, arrojé en el interior el escueto petate y el coche arranco con un pequeño quejido de decrepitud. Todo sería fácil. Pero nada más cruzar la esquina, el corazón se me aceleró como nunca lo había sentido. ¿Qué hacia la guardia civil a esas horas en la esquina que da al colegio? Los dos únicos guardias del pueblo, casi vecinos de toda la vida, vieron pasar el renqueante coche justo a su lado. Seguro que pensaron cualquier cosa, y ninguna buena.
Sabían que quien conducía no era Matías, aunque no supieran quien era el piloto, pues el cuerpo de Matías sentado en su coche era inconfundible, todo masa y volumen. Quizá esperaron a seguirme mientras discutían si Matías le habría dejado el coche a algún conocido. Un robo de vehículo en el pueblo era inconcebible, pero no obstante decidieron seguirme para preguntar y averiguarlo, aunque solo fuera por tener algo que chismorrear, seguramente.
Vi las luces por el retrovisor, azules, escandalosamente alarmantes. Pensé en acelerar, pero eso no era fácil conduciendo al abuelo de todos los coches del pueblo. Así que opté por parar en el arcén. No me creían cuando les expliqué que Matías me había vendido el coche con el que todos lo conocían en el pueblo desde siempre. Menos mal que llevaba el papel conmigo. Mi primer susto, guion aventura, de mi huida.
Bueno, conociendo a estos dos representantes del benemérito cuerpo, estaba claro que al día siguiente todo el pueblo sabría que me había marchado.
Comencé mi periplo con más tranquilidad, con la radio, que eso si funcionaba bien, emitiendo los programas de madrugada para solitarios que suelen poner, y mejor música que a horas más comerciales, por suerte.
Solo hacia unas horas de mi huida, solo una noche fuera del pueblo, pero me pareció que todo aquello ya había pasado hacia mucho tiempo. Sentí una tranquilidad inmensa, una sensación de libertad se unió a la luz del amanecer. Sentí abrírseme el pecho y respiré muy profundamente, sonreía sin saber porqué. Pensé que había decidido bien. Por una vez me había salido bien.
Mi camino ahora era hacia el sur. No tenía ningún plan, nada preparado por si surgía una contingencia inesperada. Solo una ruta y unas etapas no demasiado rígidas para cumplir. Este viaje iniciático al mar, sería también unas vacaciones, una experiencia bohemia y algo hippy.
Las montañas me separaban del mar. Esas montañas que miraba sin ningún cariño tan solo 24 horas antes.
Ahora que me adentraba en ellas con la idea de no volver a verlas, sabía que las iba a echar de menos. Miraba a un lado y a otro como en una despedida multitudinaria, diciendo adiós a las rocas, las flores, la tímida luz del sol en los riscos más elevados…
Al final de la serpenteante línea de plata que parecía la carretera a esas horas, estaba el pueblo vecino, aun más pequeño que el mío. Pasaría como un fantasma.
Más allá, el territorio ignoto. Nunca había pasado por esa carretera que cruzaba todo el sistema montañoso que partía la provincia en dos. Prácticamente nadie utilizaba esa ruta desde la construcción de la autovía. Mejor para mí. Aunque tendría que ir despacio si quería que soportara la subida el pobre abuelete a motor.
Cuando ya el sol que amanecía me deslumbraba, pare por fin en un bar de carretera, aun sobreviviente a la creación de la autovía gracias a su posición en un cruce de carreteras, aunque solitario a esas horas. Recordé mucho tiempo después esa sensación de estar en un lugar desconocido, y darte cuenta, sin conocerlos, solo por su actitud, por su aspecto cansado, de que los clientes de esas horas eran buena gente. Trabajadores. Probablemente empezaban su intempestiva jornada. Me produjo cierta ternura darme cuenta de mi ignorancia de los trabajos que con toda seguridad iban a realizar aquellas gentes, por su apariencia labradores o hortelanos. Mi desconocimiento de las labores del campo era vergonzoso.
Dormí un rato en el coche, incluso después de beber el fuerte café, y consulté el mapa. Siempre me gustaron los mapas, ese andar con el dedo por encima de carreteras, cruzar ríos, atravesar las vías del tren, y mientras imaginar cómo serian esos paisajes lejanos, qué gentes vivían allí, que acento distintivo y desconocido tendrían.
Mi camino iba hacia abajo. Contemplé el paisaje que se abría siguiendo la estrecha carretera, a lo lejos otra cadena de montañas de menor envergadura, y detrás, pensaba yo, el mar.
No tardé mucho en parar. Un problema inesperado con mi coche “clásico” me haría detenerme en un pueblo, no recuerdo el nombre, algo mayor que los que había cruzado hasta entonces.
Y me sucedió un hecho increíble, o a mi me lo pareció. Tan solo dos horas de charla mientras se reparaba la avería, a solo 80 kilómetros de lo que había sido mi casa, podría haberme quedado trabajando con el mecánico del pueblo. Un hombre serio, mayor ya, muy dicharachero, con su permanente cigarrillo en la boca y un aire de cierta picardía. No paramos de hablar mientras arreglaba mi coche, y entonces, me lo ofreció: “quédate aquí y me echas una mano en el taller”.

Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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