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La alta penumbra que reflejaban los plataneros en el paseo central formando una sombra involuntaria con aquellas ramas que enjaretaban unas a otras, hacían contraste con el colorido de la plaza, que con sus parterres de colores y la gran fuente, urdían las delicias de los paseantes y las constantes risas de los niños que corrían jugando al pilla pilla. Las niñeras con sus largos delantales blancos, y sus cofias perfectamente almidonadas permanecían sentadas en los bancos de hierro repujado, atentas siempre a las andanzas de los chiquillos.
A través del cristal escuchaba el griterío que refleja la niñez, mientras mis manos ya viejas, doloridas y repletas de manchas sujetaban la taza de té aromático que hacía las delicias de mis mañanas. Apenas podía sostener aquel tazón de porcelana china, que trajo mi hijo de unos de sus viajes. Los temblores hicieron que derramara parte del líquido sobre mi falda de paño. Ni siquiera mi inmuté, sería el último que tomaría en mi casa, en la que había vivido más de sesenta años.
Parkinson le llaman a estos temblores con los que viviré los pocos años que me quedan de vida en un centro dónde cuidarán de mí. Personas especializadas las llaman, aunque no por eso van dejar de existir, ni lograrán quitarme esta pena que me come el alma desde que mis hijos me comunicarán su decisión.
Cerrarán mi casa, nadie la quiere, terminarán por venderla lo sé, y con ello han subastado mi vida al mejor postor. Personas especializadas les llaman, creo que eso ya lo dije, mi memoria me traiciona a veces.
Llaman, son ellos… Tengo que irme.

soledad palao

Soledad Palao Sirés Vive en Villar del Olmo.( Madrid.) Casada. 4 Hijos, 4 nietos. Estudios: Enfermería. Estado actual: Vividora. Aficciones: Escribir por escribir. Frase favorita: Lo mejor está por llegar. Peli favorita: El padrino. Libro favorito: Los pilares de la tierra.

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