Harto estaba ya mi jefe de que llegara tarde al trabajo. Lo notaba en el hecho de que se abanicaba con los formularios de despido cada vez que me veía entrar por la puerta de la oficina con casi un par de vueltas de retraso en las agujas del reloj. Y a decir verdad, yo también estaba cansado porque uno no está para soportar sus resoplidos en la espalda, como un torero que no se da cuenta que tiene la lidia detrás.

Pero argumento a mi favor diciendo que no tengo yo la culpa, sino ese conductor de autobús, que se las da de puntual cuando todos sabemos que, en Barcelona, los autobuses nunca llegan a la hora; se retrasan lo suficiente para que puedas encender el cigarrillo y darle media calada antes de tener que tirarlo porque ya asoma por la esquina. Da la casualidad que esa esquina es la puerta de mi casa y, no sé cómo sucede, pero tan pronto mis zapatos tocan la acera, aparece en ese momento el endiablado conductor con su vehículo, tan lozano y orgulloso de llegar a su parada cuando toca.

Comprenderán que uno no es Jesse Owens, y corretear los sesenta metros que me separan hasta la parada del autobús se me hacen como una maratón agotadora que me deja sin aliento apenas he cruzado el bar donde después tomo mi café para consolarme de que otra vez he perdido el transporte y llegaré tarde a mi trabajo. Y luego toca, como ya digo, soportar los resoplidos de mi jefe en lugar de las frescas emanaciones del aire acondicionado.

¡Pero ya he tomado cartas en el asunto para terminar con este problema! ¡Sí, sí! Encontré por casualidad un anuncio en el periódico, de esos enmarcados con un soso recuadro negro para llamar la atención, que decía así: “¿Está harto de llegar tarde a su trabajo por culpa de un autobús puntual? ¿Su jefe se abanica con las hojas de despido cada vez que lo ve entrar por la puerta? ¿Desea librarse, de una vez, de sus resoplidos en la espalda? ¡Tenemos la solución para usted! Póngase en contacto con nosotros.” ¡Ni hecho a posta! ¡Parecía que lo hubieran escrito expresamente para mí!

La entidad en cuestión es una fábrica de inventos llamada ACME que, por lo visto, según me han dicho, es una marca muy conocida; mejor, si tiene fama es que debe de ser buena. Pero yo no soy ningún imprudente; no agarro el teléfono como un loco para comprar el primer cepillo de dientes a vapor que presentan en Teletienda. No, yo voy a lo seguro, acudiendo a las fuentes de información más fiables que existen sobre el planeta. Me estoy refiriendo a internet, claro. Me pongo, pues, a buscar las opiniones que otros usuarios puedan haber escrito sobre esta empresa.

En mi investigación me encuentro con un personaje cuya foto de perfil muestra a un tipo narigudo, de orejas puntiagudas, ojos saltones y pelaje marrón. Su nombre, un tanto curioso: “Coyote”. ¡Vaya manía la de poner nombres exóticos a la gente! Seguro que será de México o algún sitio así… Bueno, a lo que íbamos; parece que se trata del único cliente de la compañía pero, oye, se le ve muy asiduo comprando sus productos una y otra vez. Transcribo algunos de sus comentarios: “Este no me ha ido muy bien, pero no desisto; estoy seguro de que el siguiente me ayudará a lograr mis objetivos”; “hoy he estado a punto de alcanzar mi meta; lástima que se descompusiera justo cuando volaba sobre el precipicio”; “sus inventos son estupendos; creo que la culpa es que hay demasiadas rocas por aquí”. Debo decirlo: el entusiasmo de este individuo me ha convencido para probar suerte con uno de estos artilugios.

Marco el número de teléfono y una operadora, muy amable, me pide si deseo el envío normal, rápido o “extra-rápido”. Tengo prisa, por lo que elijo esta última opción. Justo en el momento en que aprieto la tecla, suena el timbre de mi casa. Al abrir, allí me aguarda mi paquete: una enorme caja de madera, con un letrero pegado que anuncia su remitente y una palanca de hierro para poder abrirla. ¡Esto sí que es eficacia!

Dentro encuentro un montón de piezas y un manual de instrucciones para su montaje. ¡Ningún miedo, que si he sido capaz de montar una cómoda de Ikea, digo yo que esto estará chupado! Una vez armado todo el cachivache, me quedo impresionado de su tecnología: parece un cohete, como los petardos de mi pueblo, que lanzan para la fiesta mayor, pero a lo bestia. Posee unas correas que lo sujetan a la espalda, como las mochilas del cole, y un mecanismo de encendido muy ingenioso, con el que no hay riesgo de quedarse sin pilas o que se fundan los plomos de la batería: una mecha dispuesta a ser encendida por un fósforo que regalan con su cajita y todo.

Al irme a la cama estoy tan emocionado que sueño que estoy persiguiendo al autobús por el desierto, con un cuchillo y un tenedor en la mano, mientras él se burla de mí sacando la lengua y bocinando “¡bip, bip!”  ¡Ay! ¡Quien me diera a conocer a Freud para saber si este sueño significa algo!

Al día siguiente me encuentro en mi esquina con el armatoste sobre mis lomos, esperando al autobús en posición de esquiador. Tengo que escuchar las risitas de cuatro colegialas y las murmuraciones de un par de ancianos que pasan por ahí; pero estoy dispuesto a soportarlo, con tal de ver la cara de mi jefe cuando se dé cuenta de que no he llegado tarde al trabajo. Y ahí aparece el vehículo, tan irritantemente puntual como de costumbre. ¡Esta vez no se me escapa!

Enciendo la cerilla, la acerco a la mecha y oigo un zumbido, como el de un abejorro pero del tamaño de un camión. Me siento lanzado en dirección al autobús, que ya está en su parada, a puntito de cerrar sus puertas. ¡Esta vez sí lo alcanzo, lo alcanzo! Pero en el último momento no consigo agarrarme, ni a la puerta, ni a la marquesina ni al árbol que casi me trago entero al pasar rozando entre sus ramas. ¡Me he pasado de largo! ¡Si es que esto va muy rápido! Intento girar pero no lo consigo. ¿Cómo se maneja esto? ¡Ni siquiera hay intermitentes! El trasto se eleva, da dos tirabuzones, una caída en picado, un vuelo rasante entre el tranvía que se dirige al zoo y el bus turístico, repleto de ingleses que aprovechan para hacerme fotos al grito de: “Very typical spanish!”; me vuelvo a elevar haciendo más eses que un borracho en las Ramblas de Cataluña… Si salgo de esta, creo que voy a escribir una sugerencia: ¡que le pongan un volante al invento cuando hagan una nueva versión!

La cosa es que veo un edificio de oficinas delante. ¡Estoy a punto de entrar por la ventana! ¿Alguien podría abrirla? Me han venido, de repente, unas extrañas ganas de sacar un letrero que diga “¡Ouch! Creo que esto va a doler, ¿no creen?” Y lo siguiente que recuerdo es un ruido ensordecedor, como de un estallido. ¡Si ya lo decía yo, que el cacharro este se parecía al chupinazo de las fiestas de mi pueblo! Observo las mesas incrustadas en las paredes, los ordenadores colgando de las persianas y las sorprendidas miradas de los trabajadores con su cara tiznada y los pelos de punta, como si hubieran visto a un fantasma… todo ello bajo una lluvia de papeles chamuscados que le da al conjunto un cierto aire como navideño. Mis ojos se detienen en el reloj de la pared y… ¡Fantástico! ¡He llegado puntual! Es más, con casi un cuarto de hora de antelación, suficiente para hincarle el diente al bocadillo antes de empezar la jornada. La lástima es que esta no es mi oficina. Me encuentro, tan solo, al otro lado de la ciudad. ¡Ahora debo patearme media Barcelona para poder sentarme en mi verdadero puesto, y otra vez tarde, para variar! Eso sí, antes de marchar aprovecho para dejar un currículum en esta oficina; aunque, por el aspecto en que ha quedado todo, no estoy muy seguro de que se lo vayan a mirar… Pero bueno, nunca se sabe; la esperanza es lo último que se pierde.

En fin, que otra vez tendré que soportar los resoplidos de mi jefe. Al final voy a tener que hacer otra cosa. ¡Ya sé! Programaré el despertador para que suene diez minutos antes y así podré coger ese autobús a tiempo. ¿Será verdad que nos complicamos mucho la vida cuando, a veces, la mejor solución resulta ser la más sencilla? Pero claro, tienen que comprenderlo… ¡Que a nadie le gusta tener que madrugar diez minutos más temprano!

 

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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