Para Mercedes, por supuesto.

Amalio Esquivel carecía de personalidad propia desde su nacimiento. Ésta peculiaridad había sido una gran ventaja para él, pues nunca tuvo que preocuparse de lo que pensaba. Descubrió desde muy niño que todo el tiempo que los demás invertían en ponerse de acuerdo consigo mismo, él lo podía dedicar a desarrollar su desbordante ingenio para el canto, la pintura y los amores prematuros.
Amalio se despertaba con la primera luz del día y antes de que su madre fuese a anunciar que el desayuno estaba listo en la pequeña mesa de roble antiguo de la cocina, ya había abierto la ventana de su cuarto y había desafiado a los ruiseñores de la mañana con arias de Verdi o canciones picaronas de las que se oían en el Folies Bergère de París. Su madre nunca le pregunto dónde había escuchado esas canciones. En parte por vergüenza propia, pues ella no distinguía La traviata de un cuplé y en parte por no apenar a su marido pues éste sabía que eran signos inequívocos de las fiebres de la sinrazón. Esas fiebres se habían llevado a su padre y a su abuelo y jamás salió una nota musical de la garganta de Octavio Esquivel ni siquiera con ocasión de un cumpleaños o de honrar el himno patrio en sus años de soldado. De saber que el niño cantaba, la pena de la certeza futura le habría ahogado el corazón. Amalio era el más listo de sus hijos.
– El único, Paulina, que puede que no sea bracero, campesino o criada – le solía decir a su mujer.
Octavio Esquivel se levantaba con los grillos de la madrugada y, armado de azada y mula laboraba el pequeño trozo de tierra que, en parte, sustentaba a su familia. Cuando el sol empezaba a erguirse por encima de las montañas del oeste, Octavio ataba la mula al tocón que señalaba el pozo y recorría a pie los dos kilómetros que le separaban de la hacienda de Don Enrique Lumbreras y Cifuentes en dónde hacía las labores de mozo de cuadra para así completar los exiguos ingresos que permitían a sus hijos morir en vida sin que se notara.
Acabada la jornada en la hacienda, volvía a recoger mula y azada para regresar a casa, cenar y languidecer en el catre hasta el día siguiente.
Octavio Esquivel nunca supo que Amalio le había salido cantor pues el niño, por consejo de su madre, sólo cantaba al alba, para envidia de gallos y malvaviscos. De modo que cuando lo hacía, su padre ya estaba lejos, arrancándole a la tierra un trozo de pan.
Octavio sólo era consciente del desbordante talento de su hijo Amalio, a través de las pinturas que adornaban cada pared de su casa en dónde el niño pintaba parajes ignotos y réplicas de monumentos que nunca vio. Sin duda, la casa de Octavio Esquivel era la más ornamentada y bella de las casas pobres del valle y era más bonita por dentro que algunas de las casas mejor servidas de todo el valle.
El niño lo mismo reproducía el Taj Mahal en la pared del pasillo que adornaban otra pared con un león a tamaño natural, cosa ésta que ya había causado más de un susto entre alguna visita ocasional, que al recorrer la cortina que defendía la entrada de la casa, se encontraba con un león con las fauces abiertas que miraba directamente a los ojos anunciando una muerte cierta.
Por lo demás, Amalio era un niño dócil y fácil de llevar. Su falta de personalidad hacia que se adaptase a la primera idea que sus amigos sugirieran. Daba igual el plan de juego que los chicos pergeñasen, que Amalio lo acogía de buen grado aunque, sin apercibirse de sus propias tendencias, lo impregnaba de su alma cándida. Si se trataba de matar renacuajos, siempre era el último. Cuando las razias de los chicos se destinaban a cazar pájaros o a quemar hormigueros también era el menos diestro, cosa ésta que siempre era objeto de burlas entre sus compañeros de aventuras y que a Amalio le producía la dulce sensación de estar en armonía con el mundo. A su madre solía contarle que el día que fuese el primero en éstas lides o habría crecido, o su corazón se había corrompido. Su madre le escuchaba como quien oye los consejos de un abuelo y hacía mucho que tenía asumido que al pequeño Amalio poco le podía enseñar y más bien era ella la que aprendía las enseñanzas de vida que Amalio le regalaba. A sus ocho años parecía más viejo y sabio que cualquier hombre adulto. Amalio le enseñó a leer torpemente y a escondidas de su marido, que opinaba que una mujer no necesitaba saber juntar letras pues nada bueno traía. Amalio, con esa visión de niño viejo, le decía que papá era un buen hombre, sólo que algunas cosas, dios no se las colocó en su sitio.
Una noche de canícula infernal los chicos decidieron ir al pantano a contar luciérnagas. Con el sigilo del amante emboscado se deslizaron de sus camas a la voz de la lechuza del campanario y todos en un lento goteo de infantes excitados por la transgresión, se fueron reuniendo bajo el viejo chopo del camino a Santa Cruz. Cuando todos hubieron llegado, el mayor y cabecilla del batallón de soldaditos de barro, dio la orden de partir al pantano. Por delante les quedaba una hora de caminata que aprovecharon para contar hazañas propias que ninguno de los otros había visto. Uno, lanzó un día una piedra tan lejos, que se perdió de vista. Otro, con su padre, había pescado un tiburón de agua dulce. El más audaz aseguraba haber besado en el cañaveral a Lupita, la nieta del viejo maestro de escuela. La niña más bella de todo el valle y por la que morían de amor blanco todos los zagales de su edad, Amalio también.
Ajeno al arranque explorador de su hijo, Octavio Esquivel ya se había puesto en camino a las tierras con su vieja mula, su remendada azada y un manto de estrellas al hombro.
No andaban los chicos muy lejos del pantano cuando uno de los muchachos reparó en algo que venía corriendo en dirección a ellos a gran velocidad. Una sombra que corría atravesando arados, setos y cañizos y que a medida que se acercaba parecía anunciar el juicio final. Al cabo estuvo tan cerca que la exigua luna acertó a iluminar la faz feroz de un perro del tamaño de un castillo que jadeaba babeando espuma de muerte al acercarse. No se apercibieron del peligro hasta que fue demasiado tarde. Uno de ellos gritó.
– ¡Corred! ¡Es un perro rabioso!
Pero era muy tarde. El miedo los paralizó y todos quedaron petrificados frente a la fiera aguardando su turno para morir.
Solo Amalio reaccionó con la inocencia de sentirse un ave de paso. Comenzó a cantar Nessun Dorma con tal arrojo y cristalina voz que el furioso can paró en seco su acometida brutal y comenzó a relajarse. Poco a poco comenzó a comportarse como un fiel amigo y empezó a menear el rabo en señal de contento. La mala baba que cubría su cuello y su alma de bestia del averno comenzó a secarse de inmediato y pronto se puso a corretear llamando con ladridos en un perfecto castellano al juego con los niños. Éstos, atónitos, perdieron todas las ganas de contar luciérnagas y convinieron en que habían asistido a un milagro. Regresaron en silencio, mirando de reojo para donde Amalio y el perro caminaban a la par, unos pasos por delante, de regreso a casa mientras conversaban relajados. El perro le contó que empezó a sentirse mal una noche que su dueño, a la sazón don Enrique, le había encerrado en el establo. Creía que el chupacabras rondaba la zona y ya habían aparecido alguna vaca y un par de ovejas degolladas y quiso que su perro más fuerte y poderoso cuidara sus preciados purasangres.
– Debió de morderte una rata o un murciélago mientras dormías – le dijo Amalio.
El perro, que dijo llamarse Formidable asintió, pues despertó después de notar un pinchazo en una pata y sólo pudo ver un ratón escabullirse por un agujero. Cuando empezó a babear y a sentir la rabia de mil amores contrariados dentro, fue inmisericordemente cazado a tiros. Para su suerte, la cuadrilla que trataba de matarlo, tenía más afición al orujo de flores que a la escopeta y sin ningún tiro que lo rozara, terminó escapando.
Esa noche los niños perdieron un verdugo y ganaron un amigo fiel.
Fue la misma noche que una mala coz de su mula postró a Octavio Esquivel a los pies de dios. Nunca supo del prodigio que su hijo había realizado. Lo despidieron al día siguiente como los pobres despiden a sus muertos: sin lágrimas, sin flores ni esquelas y casi sin público. En silencio, lo acompañaron su viuda, sus cinco hijas y sus dos hijos. Tan sólo se oía al cura farfullando una letanía perezosa en algo que aspiraba a ser latín.

Comments

      1. No sé a qué te refieres con lo de que pusiste “el corazón en vano”, pero si es por que no conseguiste algún objetivo (como que no fuera publicado, o ganara algún concurso o algo así), no es ningún intento en vano. Hace poco escuchaba en una entrevista que antes de conseguir publicar algo, hay que escribir muchas cosas que nunca saldrán a la luz, por lo que ni el peor de nuestros escritos es en vano.
        Y este, personalmente, lo encuentro muy interesante; con una prosa muy cuidada y una “chispa de magia” que es algo que me encanta encontrar en los relatos. A mí me gusta y me llama la atención.
        Sigue escribiendo porque tienes una gran capacidad para ello, te lo aseguro.

         

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