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Al día siguiente del entierro, por la mañana, un coche llegó a la casa con un estruendo impropio y algo que ofrecer. Hacía ocho años desde que se vio el último automóvil en la aldea. En aquella ocasión, eran funcionarios de la compañía de ferrocarriles que anunciaban noticias siniestras. La vía del tren iba a pasar justo por el centro de la aldea y la mayoría de casas iban a ser derribadas. Como los terrenos pertenecían, por alguna turbia escritura de cesión gubernamental, a la compañía de ferrocarriles, estos conminaron a todo el pueblo a marchar o a perecer bajo los escombros. Sin embargo, la vía debía atravesar el pantanal y por motivos técnicos que no explicaron desistieron del trayecto desviándolo por las montañas del oeste. Otro funcionario de la compañía les vino a anunciar meses después la buena nueva. Fue un 20 de Mayo, el mismo día que nació Amalio Esquivel. El día en que nacen los ángeles dijeron en la aldea.
Una señora distinguida con un vestido marfil crudo, pamela y sombrilla a juego, bajó del coche y se acercó a la entrada de la casa de la viuda. Se trataba de la esposa de Don Enrique Lumbreras y Cifuentes. Paulina quiso evitar un soponcio seguro a la Condesa, que así se la conocía, y apartó la cortina antes de que la señora se topase de bruces con el león. Paulina saludó con la sumisión del perrillo faldero y la invitó a pasar a su humilde casa advirtiéndole que no se dejase impresionar por el león pintado que custodiaba la entrada. Pero la condesa ya venía impresionada de casa y eran las hazañas que contaban del pequeño Amalio las que la habían traído allí. La condesa saludó con un escueto – Buenos días – sin tan siquiera dar el pésame a la viuda. A cambio preguntó por qué no tenían puerta de entrada y sólo disponían de una gruesa cortina de lona de un color incierto como el futuro. Pensaba la condesa que así les podrían robar fácilmente. Paulina la tranquilizó diciéndole que a quién nada tiene, nada pueden robar y, de todas las formas, lo único de valor que podían tener, unas pocas gallinas, estaban cerradas en el corral junto con la mula asesina. Sólo entonces debió caer en la cuenta la condesa que se encontraba en una casa en duelo.
– Es verdad querida. Una gran pérdida para todos. Usted pierde a su hombre y yo mi mejor mozo de cuadras – dijo desnudando su mezquindad.
La condesa fue recorriendo toda la casa sin ser invitada a ello. Admiró en silencio todos los frescos pintados por Amalio Esquivel. El Belvedere, el Taj Mahal, las cataratas del Niagara y el león de la entrada entre otras pinturas más pequeñas.
–Tiene mucho talento ese chico suyo – concedió con aparente desgana.
A oídos de la condesa había llegado el milagro que el niño hizo con el perro con tal lujo de detalles que lo creyó a pies juntillas. También había oído hablar de la habilidad del niño con los pinceles. Su oferta era tan justa como hiriente pues sabía de las necesidades de aquella familia y de lo poco que se podían oponer. Ella reinaba en el valle. La Condesa se haría cargo de la educación de Amalio y a cambio, Don Enrique Lumbreras y Cifuentes en “su inmensa generosidad ” accedía a pagarles el sueldo íntegro del marido muerto todos los meses mientras el niño viviera con ellos. Además, el niño podía visitarlos un domingo al mes. Y así fue como Amalio Esquivel pasó a vivir en la hacienda del valle, rodeado de lujos indecentes y de Formidable, su amigo el perro.
El mismo coche de la condesa lo recogió dos días después en su casa muy de mañana. Su madre le dio un beso por todo equipaje y él cogió algunas cosas que empaquetó en una caja grande sujeta con cuerdas. Amalio Esquivel llegó a la hacienda un jueves y se vio conmovido por la tétrica fuente de la entrada a la hacienda. Una magnifica fuente versallesca de doce caños pero coronada por un muñón romo que no la hacía justicia.
– Era la peana de un caballo rampante, pero un rayo lo destruyó hace nueve años – le explicó el chófer.
El niño pronto se dio cuenta que su familia de acogida estaba más interesada en los posibles prodigios que pudiera realizar y en los réditos que de ello pudiesen sacar, que en hacer de él un hombre de provecho. Sin embargo, su proverbial capacidad de adaptarse a la dirección en que soplaran los vientos, hizo que ya desde el primer día se sintiera como en casa. La condesa, acompañada por un sirviente, le enseño la que sería su habitación desde entonces. A Amalio le llamó la atención que la condesa se refiriera a su habitación como la chambre y, pensando que La Condesa hablaba francés, contestó – Merci beaucoup – en un perfecto francés que la condesa no entendió, a tenor de la cara que puso.
La primera mañana, al despuntar el alba, abrió la ventana de su habitación y comenzó a gorjear O mio babbino caro, de Puccini como tantas veces había hecho en su casa, sorprendiendo a los trabajadores que ya se ocupaban de sus quehaceres y que maravillados por la belleza del canto comenzaron a derramar lágrimas agradecidas. Sin embargo, a don Enrique no le gustó tanto pues no estaba acostumbrado a despertar tan temprano y pronto supo Amalio Esquivel que sus días de cantos mañaneros habían concluido. Siguió cantando en lo sucesivo en las fiestas que Don Enrique Lumbreras y Cifuentes daba los viernes en la noche, que no era cuestión de desperdiciar el talento del muchacho, sino de educar sus extemporáneos horarios. Amalio era consciente desde que salió de su casa que su vida iba a consistir en complacer los caprichos de la Condesa. Pintaba lienzos para ella aunque echaba de menos hacerlo en las paredes desnudas. Sin embargo, lo aceptaba sin pena pues su familia vivía de ello. Además, gracias a vivir en la hacienda conoció a Lupita, la nieta del viejo maestro.
Todos los días, de lunes a viernes, Don Ataulfo Quiñones, se llegaba hasta la hacienda para desasnar, como gustaba decir, a los cuatro hijos de La Condesa y a su propia nieta. Y a éste grupo se añadió Amalio desde que llegó a la hacienda.
Desde que le miró a los ojos y vio en ellos el poso celeste de la sabiduría antigua, el viejo profesor supo que Amalio era un prodigio de dios pues en su cabeza estaban ya todos los conocimientos instalados y sólo por pudor nunca confesó que nada podía enseñarle. Y desde el primer momento Amalio y Lupita supieron que su historia era tan grande que no podía ceñirse a una vida. Así que se prometieron buscarse en la otra vida si algo les pasaba en ésta. Fue amor a primera vista pues cuando dos almas destinadas a amarse se encuentran no es necesario gastar el tiempo en confesarlo.
Así pudo intimar con la niña más bella que sus ojos habían visto y pudo saborear el dulzor salado del primer beso de amor. Todos los martes, don Enrique Lumbreras y Cifuentes hacía que niña y abuelo se quedaran a comer. Después de los postres, los dos hombres pasaban al salón de té, en donde los aromas del café se enredaban con los de buenos habanos para dibujar una sobremesa densa en la que el viejo maestro desgranaba los pocos avances que los hijos de Don Enrique eran capaces de sumar y en donde solían acabar ambos muy animados por el licor lánguido del banano, arreglando el mundo.

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