0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Éste era el momento de las dichas venturosas para Amalio y Lupita que aprovechaban para alejarse al cañaveral y amarse como sólo dos niños son capaces de hacer. Sus ratos en el paraíso los guardaba Formidable, el perro que hablaba castellano. Se regalaban flores y mariquitas, a las que contaban los puntos negros de su caparazón antes de dejar que volaran para darse tantos besos como marcas tuviera el coleóptero. Las flores servían para adornar el pelo de lupita pero la desazón se apoderaba de Amalio pues ninguna flor hacía justicia a los ojos miel de la niña. Fueron los días más felices que nunca nadie tuvo en el valle.
Amalio le pintó un lienzo secreto, solo para ella, que escondía con una sábana blanca en su habitación. Era un nogal lleno de pájaros. Por la mañana, cuando la niña venía acompañando a su abuelo, subía a la chambre y contemplaba el prodigio del vuelo. Al acercarse la niña al lienzo, los pájaros cobraban vida y revoloteaban por toda la habitación hasta encontrar la ventana abierta por donde se marchaban. Los pájaros regresaban puntualmente a la salida de las clases y se posaban de nuevo en el nogal para gozo de Lupita que comprendía que los pájaros danzaban para ella.
Para Lupita fue desolador tener la certeza de que Amalio no estaba destinado para ella ni para nadie de éste mundo y aceptó con naturalidad que sería en otra vida. La revelación se produjo una mañana en que las voces que provenían de fuera hicieron que don Ataulfo parase las clases y acompañado de todos los niños, saliese al exterior. Un caballo se había desbocado espantando al miedo a su paso en su alocada carrera. Una piedra en mal lugar hizo que tropezase, rompiéndose una pata delantera a los pies de la fuente versallesca. Se trataba del mejor alazán de carreras de don Enrique, que antes de sacrificar al animal, juraba en arameo tratando de buscar al culpable de la desgracia. Un mozo de cuadras le contaba entre sollozos que al sacarlo de las cuadras, una rata se cruzó a su paso provocando la estampida del corcel. Los niños y el maestro acudieron al lugar en donde yacía el caballo. Los ojos del animal se posaron en Amalio suplicando un consuelo ante la fatalidad que se cernía sobre él. Amalio, conmovido por la dulce mirada del purasangre comenzó a cantar Va pensiero con tal armonía que parecía un coro entero de serafines. Los presentes escucharon extasiados y con los ojos húmedos la belleza del canto, sin apercibirse que el caballo se había puesto de pie y caminaba al encuentro de Amalio. Cuando acabó su canto, el caballo relinchó agradecido y poniéndose de manos dio unas cortas carreras alrededor del grupo mientras meneaba la cabeza. Todos los presentes supieron que Amalio y su voz había vuelto a obrar un milagro, como cuando curó al perro rabioso.
Pronto los prodigios que la voz de Amalio obraba se supieron en todo el valle y más allá. Durante años la gente acudía a la hacienda de todas partes en busca de remedio a sus males. Amalio lo aceptaba como siempre había hecho, amoldándose a las circunstancias según fueran éstas viniendo. La voz de Amalio sanaba llagas, endulzaba el vino agriado o curaba fiebres perpetuas. Fueron años felices pues Amalio y Lupita tenían más tiempo para perderse en la fragancia almizclada del cañaveral, en donde fueron comprendiendo que las cosas no son eternas y que ellos mismos estaban dejando de ser niños.
Un día, después de haber probado el vuelo impetuoso de su reciente pubertad, Amalio Esquivel le dijo a Lupita con la naturalidad con la que sólo los elegidos pueden hacer, que sentía que había vivido y amado cien años y que por tanto ya nada le quedaba por hacer. Lupita supo al instante que su sitio no era de éste mundo y le dejó marchar cómo un niño hace cuanto bota su barquito de papel en un arroyo.
Al día siguiente, al despuntar la mañana, los mozos, criadas y sirvientes se arremolinaban alrededor de la fuente versallesca de doce caños. Algunos se persignaban arrodillados. Otros se quedaban perplejos mirando.
El muñón romo en donde un día hubo un caballo derribado por un rayo estaba ocupado ahora por la pétrea figura de un querubín alado al que todos reconocieron.
Amalio Esquivel nunca murió, simplemente se transformó.
Nadie dudó nunca en el valle que Amalio Esquivel siempre fue un ángel. Y así se lo han estado contando desde entonces a sus hijos y a los hijos de sus hijos.

Espero que te guste……………….algún día escribiré una novela que también te dedicaré.

G.G.M

Zipaquirá Mayo de 1944

Epílogo

Luisa cerró el cuaderno manuscrito. Sus hojas amarillentas olían a polvo del pasado y naftalina.
– ¿Y dices que esto es obra del famoso escritor? – le preguntó entre extrañada y reticente a su abuelo.
– Mira mi niña, esto nos lo encontramos tu abuela y yo cuando nos mudamos aquí. Estaba en un baúl olvidado en el desván y desde entonces lo hemos conservado como oro en paño y queremos que ahora lo tengas tú. Será nuestro regalo de bodas – le dijo a su nieta –. Tú sabrás apreciarlo – añadió.
– ¿Y estáis seguros de que es verdadero? ¡Podría valer una fortuna! – comentó Luisa un tanto excitada por la posibilidad de tener entre sus manos un manuscrito original de él.
Su abuelo, que llevaba preparando la respuesta años, le contó que algunos datos y otras cosas coincidían y que para ellos era verdadero, pero que nunca habían hecho que un experto lo comprobase por miedo al desencanto.
– Las certezas, como las ilusiones mi niña, se llevan en silencio muy dentro del corazón – sentenció.

FIN

Pdt: cuento escrito por la autora en Mayo de 2014

Comments

  1. Luisa, me encantan los cuentos de este estilo, y lo has escrito encantadoramente. Sigue escribiendo, para que podamos seguir disfrutando de tu talento. De verdad que vale muchísimo.
    Un saludo afectuoso.

     

Deja un comentario