En las oficinas de DataCod, Cindy ilustraba a Víctor sobre la importancia de prevenir y evitar que los hijos no se descarriaran y la responsabilidad que implicaba para los padres el enseñarles que el sexo (o palabra de cuatro letras) sólo había sido creado para que el hombre pudiese perpetuar la especie. Por alguna razón Víctor tuvo la necesidad de discutirle… ¿por qué el sexo fue creado para eso y es mal visto? ¿por qué es algo inmundo y es tan necesario? ¿por qué…? Pero tenía la sensación de que esa plática ya había tenido lugar, no necesariamente con ella, ni con él. Como decía un viejo chiste, “debían haber sido otros dos”. Además, no tenía las ganas ni el deseo de ponerse a Cindy en contra.

—Bueno, necesito que me ayudes a rezar —pidió Víctor, aprovechando que ella llegó a esa sección de su cátedra.

—¿Para qué? —preguntó graciosamente la chica.

—Es una computadora que necesito reparar, pero no lo he logrado —mintió—. Marcos y yo la necesitamos para terminar un proyecto. Creo que solo rezar me ayudará.

—Me alegra —consintió ella— que pienses que Dios puede ayudarte siempre. Así tienes gran parte del cielo ganado.

—Gracias —sin mucho convencimiento, Víctor se dirigió a la máquina en cuestión, las tapas estaban fuera y todas sus entrañas de circuitos, tarjetas y cables al descubierto—. Esto es lo que no sirve —anunció.

—Haz lo que yo hago —pidió ella.

La chica inclinó su cabeza, se arrodilló frente a la mesa y juntó las manos en posición de rezo. Cerró los ojos y comenzó a pronunciar “Padre Nuestro, que estás en los cielos…”, lo repitió tres veces y continuó con otras tantas “avemarías”. Víctor parafraseó cada una de las letanías.

Para su desilusión, sobre el artefacto destripado no apareció una luz azulosa con decenas de puntitos luminosos, como en Baterías No Incluidas, que hacían que los cables y tarjetas se repararan con metamorfosis a la vista, acompañada de una música de hadas. La chica abrió sus enormes ojos y musitó: “eso es suficiente”. Se incorporó y se sentó en el sillón ejecutivo, como si estuviese fatigada.

Víctor habló con cautela.

—Eehh… perdón, Cindy… ¿cómo sabes que eso es suficiente?

—Es parte de mi talento ¿sabías?

—¿Sí, pero, quiero decir, como mides la cantidad de rezos para cualquier finalidad?

—Supongo que es algo innato. Lo percibo, simplemente.

—Lo percibes.

—Sí, he notado que para las cosas materiales se requiere menor cantidad de rezos. Para los problemas humanos, se debe utilizar mayor cantidad y variedad.
Víctor se preguntó si alguien habría escrito un libro sobre el tema.

—Bien, ¿y ahora qué?

—Esperamos unos minutos —la abejita se levantó del asiento y se dirigió al escritorio de la recepción—. Ven conmigo, dejemos que el poder de Dios haga lo suyo.

—Pero…

—Normalmente no le gusta que miren.

Víctor obedeció y siguió a Cindy. No se atrevió a preguntar si con “no le gusta que miren” se refería a Dios o a su poder.

Cuando era pequeño, se preguntaba por qué Santa Claus no se dejaba ver cuando entregaba los juguetes a los niños. Debían irse a dormir y al despertar a la mañana siguiente, los regalos ya estaban ahí. Este caso tenía una semejanza, pero con un dejo terrorífico que no podía digerir. Imaginó una especie de ángeles oscuros, siniestros, reparando el equipo mientras él estaba con la chica en otra habitación. Lo que en otro tiempo le habría parecido una fantasía, aquí era perfectamente plausible, por lo que no se atrevió a volver antes de tiempo.

—Ustedes tienen una amiga que se llama Marcia, ¿verdad? —inquirió Cindy repentinamente, como tratando de distraer a Víctor de la curiosidad que le había provocado.

—Así es… ¿la conoces?

—No, pero Marcos me habló de ella. Pobre muchacha, necesita corrección urgente. Esa chica está perdiéndose en la degradación de su cuerpo y de su alma. Y si no la atendemos pronto, va a arrastrar a tu amiga Wendy con ella.

—Lo imagino. Pobre Wendy.

—¿Sabes dónde está Marcia, Víctor?

—Negativo. Se separó de nosotros hace rato. Pero creo que volverá. No puede ir muy lejos sola.

—¿Y por qué se separó?

—Pues, estaba harta de… —Víctor se detuvo un momento. Estaba claro que Cindy no comprendería la razón del hartazgo de Marcia como lo veían él y el resto de los ocho— estaba harta de nosotros.

—Hay que ayudarla, Víctor.

—¿Por qué te interesa tanto?

—Cada vez que salvo un alma de la corrupción, gano puntos para un mejor puesto en el Cielo. Con dedicación, tal vez me gane el puesto de asistente personal de la Señorita Ernestina Beltrán en su proyecto, así en la Tierra como en el Cielo, por toda la eternidad.

—¿Cuál es su proyecto?

—Es un poco largo de explicar, pero todas mis colegas quisieran trabajar para ella.

¡Qué trabajo tan miserable! pensó Víctor. Ser asistente de la infame mujer. Aunque, viéndolo con perspectiva, en ese mundo era un honor, si bien no entendía por qué la ambiciosa chica no llegaba al grado de desear llegar al mismo rango de Ernestina, en lugar de conformarse con un simple puesto secundario. Ese hecho le estaba diciendo algo, pero no sabía exactamente qué.

—Entonces, conoces a doña Ernestina —preguntó afirmando, a pesar de saber la respuesta.

—La he visto en persona, pero no he hablado con ella. Víctor, por favor, en nuestro medio, ¿quién no la conoce? Es una heroína de nuestro tiempo. Ella es una santa, como pocas mujeres han existido.

—Sí, claro, es una santa. Bien, vamos a buscar a Marcia para ponerla en tus manos, se lo diré a Marcos y Wendy cuando vuelvan por nosotros.

Víctor ya había entendido que por mucha vara alta que tuviesen estos seres con el Orden Divino, no se les había dado el don de la suspicacia, y menos el de leer las mentes. Se les podía engañar simplemente mostrando buenas intenciones. Cindy puso expresión de satisfacción y dijo, como si le hubiese llegado un mensaje, precisamente telepático.

—Ya debe estar, Vic. Vamos a ver la máquina.

—Oye, pero… ¡no han pasado ni dos minutos!

La abejita ignoró la incredulidad y se dirigió a la otra pieza. Víctor quedó estupefacto. Las piernas le temblaron y en el estómago sintió un nudo de aprehensión. Algo muy extraño estaba ocurriendo. Si toda esta aventura ya era de por sí fuera de lo común, esto ya sobrepasaba los límites de la nueva normalidad a la que apenas estaba habituándose. Podía sentir el tejido de la realidad desgarrándose, casi podía escuchar la tela haciéndose mil pedazos.

La computadora que hacía un rato había dejado, toda desbaratada e inservible, se erguía reluciente en la mesa de trabajo. Estaba reparada. Como si la hubiesen sustituido por una de fábrica. Víctor sintió un mareo repentino y tuvo que sentarse en la silla que tenía a la mano. ¿Qué habría pasado si se hubiese atrevido a volver antes que Cindy diera el visto bueno? ¿Habría sorprendido al artefacto metamorfoseándose a su nuevo estado, emulando las escenas del cine de fantasía? ¿O un ser que no podía concebir estaría ejecutando la mutación, enfadándose con él, con una reacción negativa que no quería imaginarse, debido a la afirmación de su amiguita de “no le gusta que miren”?

—¿Qué pasa, Vic? ¿Te ha impresionado el poder de mis rezos? Se diría que nunca habías visto un milagro así.

“Esto está poniéndose peor”. Víctor no sabía qué le causaba más temor, si el no haber presenciado el cómo de la reparación milagrosa o el hecho de que esta nueva existencia ya estaba dando paso a una naturaleza más compleja y agresiva.

—No… bueno, sí… una vez, sí —ya no estaba tan seguro de que no podría haber telepatía.

—Entonces, ¿qué esperas? ¡Enciéndela!

Mecánicamente, y apabullado por conocer de antemano el resultado de la prueba, conectó la máquina a la corriente eléctrica, pulsó el botón de encendido y ni siquiera se sorprendió —incluso esbozó una sonrisa de ironía— cuando en la pantalla apareció el logotipo de “Heaven Windows”. Cindy se aplaudió a sí misma y mientras el sistema operativo hecho en el Cielo iniciaba, comenzó una de sus cápsulas ilustrativas:

—¿Sabías que originalmente se llamaría Hell Windows? Por suerte pudo detenerse, se derrocó al señor Gates y la Santa Iglesia Católica tomó el control de Microsoft. Imagina cuántas almas se salvaron con eso. Ganamos una excelente herramienta y ahora es usada para la salvación de la humanidad.

—Sí, por supuesto —Víctor simuló estar enterado—, porque Bill Gates es el Anticristo ¿no?

—¡Así es! Bravo, Vic, vas que vuelas para tu salvación. ¿Sabías que el 95, el que pretendía imponer a todo el mundo el año pasado, en código ASCII da como resultado 666? ¡No quiero ni pensar qué habría ocurrido de haber tenido éxito en su misión!

—Sí, lo imagino.

Por fin, Heaven Windows terminó de cargarse y Víctor, derrotado, jugueteó con la interfaz. Esto era demasiado.

—¡Me da gusto que haya funcionado, Vic! Oye, ¿me permites hacer una llamada?

—Sí, en el teléfono de la recepción… presiona el cero para llamadas al exterior.

—Gracias, ¡eres un amor! Revisa si está funcionando todo bien, si quedó algún problema, con un rezo bastará.

La entusiasta chica se alejó hacia los dominios de Lolita y dejó a Víctor hecho un mar de dudas y reflexiones.

En primer lugar, todo apuntaba a que este Todo no era un universo alterno. No podía serlo. La anécdota de Bill Gates como el Anticristo era una leyenda popular, y no concebía un universo, por más infinitos que fuesen, que embonasen perfectamente en el marco de referencia de la esquizofrenia de una mujer con creencias medievales obsoletas. La idea de “infinito” aplicada a las posibilidades de desarrollo de una existencia organizada lo hacía teóricamente viable y, sin embargo, ahí estaba su mente rechazándolo por el más elemental sentido común. El Efecto Mariposa no podía ser tan preciso y aleatorio. No viajas al pasado y matas al primer renacentista, consiguiendo así el diseño exacto que planeaste en tus mórbidos sueños de pureza. Inclusive Isaac Asimov propuso en una de sus ficciones que puedes lograr el resultado máximo deseado con sólo ejecutar el cambio mínimo necesario, pero para ello necesitarías un extensivo proceso de análisis históricos y vastos cálculos de causalidad para poder encontrar el lugar y el momento exactos. No, no tenía lógica.

Aunque si desechaba esa teoría, por múltiples razones más, la próxima hipótesis que le venía a la mente era la siniestra teoría de Marcia. ¿Estaban… muertos? ¿Era esto un limbo? Más que limbo, debía ser un castigo. Todos ellos odian a la venerable anciana tía de Wendy. Todos ellos, directa o indirectamente, la desafían, se ponen en su contra abiertamente y de repente, el grupo fallece en un accidente. Como consecuencia de tal evento, son responsables colectivamente de todas las muertes. Ahora, están en un limbo o en un purgatorio, por no decir en un infierno, consistente en torturarles por toda la eternidad en un escenario hecho a la medida de las ideas punitivas de su inquisidora.

Todo esto tenía mucho sentido, no podía negarlo, si no fuese por un pequeño detalle. Víctor, siendo el humanista secular que era, cientifista de afición, programador ya de profesión, amante de todo lo geek y la ciencia-ficción, no podía aceptar que existiese una estructura tan sofisticada de castigos divinos. Automáticamente rechazaba la idea de un Dios monárquico y autoritario, un anciano de barba blanca sentado entre las nubes, no dedicado a otra cosa más que a vigilar a su creación como un Todo y a cada ente individual por separado en cada momento de su existencia. Si tenía que creer en algo divino, prefería emular a Einstein y creer en el dios de Baruch Spinoza, “idéntico al orden matemático del universo”. Bajo esta visión, no podía aceptar que alguien ahí arriba estuviese tan preocupado por darles una lección, armando todo un tinglado con escenografía, actores y tecnología incluidos, para demostrarles que una anciana loca tenía razón.

En eso estaba, hasta que un nuevo evento le sacó de sus reflexiones. El centro de control del sistema de vigilancia mostraba un pequeño led rojo que parpadeaba intermitentemente, acompañado de un escasamente audible pitido en etapas que llamó su atención. Eso indicaba que una de las cámaras había detectado movimiento y exigía atención. Encendió el monitor CRT conectado al sistema. No tardó mucho en aparecer la señal, y Víctor contempló una escena que hizo que su mandíbula se estrellase contra el suelo y un escalofrío recorriese su cuerpo y se concentrara en la boca de su estómago, similar al vértigo de una bajada súbita en una montaña rusa.

(La acción de la novela transcurre en México, a mediados de los años 90. De ahí las referencias a las computadoras y sistemas operativos antiguos. El extracto corresponde al capítulo 24: El Limbo.)

Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.

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