Vuelvo al lugar que me vió jugar en sus calles, las mismas calles que me vieron crecer, y al fin, alejarme.

Vuelvo con una mezcla de sentimientos entre la pérdida y el reencuentro.

Treinta años son una vida, una vida lejos de mi pueblo. Una vida que ahora dejo atrás, y cuyas experiencias y desengaños me ayudarán en la vida que me queda.

No es fácil volver a empezar  a mis cincuenta años, pero no será un inicio, sino una reanudación.

Al menos no tendré problemas con la economía, tengo mis necesidades cubiertas y puedo permitirme algunos caprichos que se me antojen.

Ahora no se me antoja nada, solo quiero descansar; acostumbrarme otra vez a la que siempre había sido mi casa, tumbarme al sol que se filtra por el balcón y leer, y olvidar.

*

Hoy saldré, visitare los viejos rincones de mi pasado, donde soñaba. Los parques, las calles donde vivían mis amigos.

El parque de mi infancia es ahora algo muy distinto de lo que fue. Una gran estructura de barras de colores, toboganes en espiral y escaleras, como un laberinto, sustituye a los viejos elementos metálicos de mi niñez. muchas familias se acercan a estas horas a jugar. Los niños entonces veníamos solos, y nos marchábamos cuando nos llamaban a gritos, desde la puerta de casa, nuestras madres.

Una niña, de unos tres años, se cae de bruces sobre este suelo neumático e inofensivo. Su madre la levanta y la niña sigue andando como si tal cosa.

No reconozco a esa mujer. Ella debía tener diez años cuando me fui de aquí, ahora aparenta algo mas de treinta. Es preciosa. Su pelo, negrísimo como sus ojos, resalta una boca granate y sensual. Su cuerpo, rotundamente marcado bajo su ceñida ropa, es increíblemente atractivo. No se ha percatado de mis miradas. Debo ser invisible para las mujeres de su edad y belleza.

Al final del día, no he conseguido encontrar a nadie conocido, nadie queda de mis antiguos compañeros. Debo establecer una rutina nueva para continuar mi vida aquí. Duermo recordando  el pasado, sueño con esa chica.

*

Hoy debo visitar algún supermercado, llenar la nevera.

Al ir a pagar, me encuentro con esa muchacha. Se coloca delante de mi,observo su cuerpo desde mi posición. Unas caderas proporcionadas, sus hombros descubiertos, su piel blanca, su cuello.

Espío su compra. Artículos infantiles, poca cantidad de comida, quizá viva sola con su hija. ¿pero que me importa? me comporto como una vieja chismosa. Pero reconozco que esta chica me atrae. Mucho.

Consigo hablar con ella un segundo. Los productos de mi compra se mezclan con los suyos.

-No pasa nada, culpa mia, perdona. Me dice. Sonríe.

Su voz es grave, y con mucho acento de la comarca. Consigo verla de frente, muy cerca.

Otra tarde en el parque, y allí esta ella. Me siento en su mismo banco; considero que puedo hablar con ella, ya que nos conocemos del super.

-¿Es tu hija? pregunto, señalando a la niña que vi ayer.

-Si, es mi bichillo. Contesta.

Vaya, quizá también sea simpática.

Me alcanza su perfume. Hablamos de casi todo y de nada importante. Se está muy bien con ella.

-Podríamos quedar mañana, después de la compra, y tomar un café. Le digo casi sin pensar.

-Si. Me viene bien. Hasta mañana.

¡Me ha dicho que si! No se que pasa con esta edad mía, pero el resto del día lo he pasado como un adolescente, contento y asustado.

*

Hoy no necesitaba comprar nada, por lo que he hecho un largo recorrido por el supermercado, haciendo tiempo, hasta que la he visto llegar. Por no salir sin nada he comprado caprichos dulces, también como un adolescente. Justo una cafetería frente al supermercado.

Si, esta separada. le gusta la moda, la música y la charla con las amigas, que desde su separación no son muchas. compartimos la experiencia del divorcio, aunque el mio mucho menos traumático que el suyo.

Es un placer verla reír. Me acompaña en una retahíla de chistes, una pequeña batalla, que gana ella. El tiempo pasa rápidamente junto a su risa, y mi mirada deambula continuamente entre su boca y su escote. Tiene un lunar muy llamativo junto a uno de sus pechos. Consigue ponerme nervioso.

Tengo que invitarla a cenar. Pone muchas excusas: la niña, el que dirán, su situación etc. pero al fin cede.

Nos llamaremos cuando a ella le sea posible. Me ilusiono como un principiante.

*

Al fin ha llamado.

-¿Hoy te viene bien? puedo dejar a la niña con los abuelos

-Me viene bien. Quedamos en el restaurante.

El resto del día pasa muy lentamente. No debería darle tantas vueltas a la cabeza. Es solo una cena con una nueva amiga.

Casi no la reconozco. Se ve radiante. Su falda, ni demasiado corta ni muy larga, está diseñada con un corte vertical que muestra parte de su muslo. Su blusa muestra un escote no muy grande, pero si sugerente. Y se ha maquillado de manera especial, quiero pensar que para mí.

Comemos, bebemos, charlamos, reímos. Definitivamente me siento muy bien a su lado, y el efecto del vino aviva mi deseo por ella, que me guardo de mostrar.

Desde el restaurante iremos a tomar una copa. sus ojos tienen un brillo que encadena a los míos, y consigue que brillen con su reflejo. Me atrevo a llevarla agarrada de la cintura, su cuerpo junto al mio.

En la penumbra de este local no contamos chistes. Compartimos confidencias. Los porqués de nuestras respectivas separaciones, los sueños que no se han visto satisfechos, la falta de felicidad.

el volumen de la música obliga a acercar nuestras cabezas para poder oírnos. Su boca habla a milímetros de la mía. La beso. Profundamente. Ella reacciona acariciando mi cara, y me responde con el sabor de su boca, que yo ya había soñado. Un beso largo, húmedo, extenuante.

Cojo su bolso, nos vamos, con prisa, con deseo.

*

Contemplo en mi dormitorio su figura, como una diosa griega. No la permito desnudarse, quiero hacerlo yo.

Me acerco a ella por la espalda, acaricio sus brazos y deposito un solitario beso en su cuello. Recorro sus formas con un suave roce. Luego la miro de frente, beso su cara, su cuello, su boca, pero ahora despacio, saboreando cada pliegue, mientras mis manos desabrochan su camisa, que dejo resbalar por sus hombros.

La luz de su piel blanca y suave, contrasta con el color de su ropa interior, de un encaje rosa y liviano, que deja traslucir el botón de sus pechos. Recorro su estómago con mil besos hasta que la falda cae a sus pies. Me desvisto rápida y torpemente. La abrazo sintiendo todo su cuerpo rozándose con el mio.

Me empuja hacia atrás hasta que caigo sobre la cama y ella cae sobre mi. Un sudor aromático nos envuelve, mientras nuestras bocas no se separan ni un minuto. Ella dirige esta primera experiencia nuestra, hasta que un placer intenso y olvidado la hace reír y tumbarse a mi lado y volvemos a besarnos, y a acariciarnos como enamorados primerizos.

Pero no puede quedarse esta noche conmigo, debe irse. Me permite vestirla igual que la desvestí, pero con mas besos, y mas dulces.

Yo quiero mas. Yo quiero ir de la mano con ella por la calle, quiero que viva conmigo, ella y su hijita, empezar mi nueva vida aquí con ella.

Mientras tanto vivo esta nueva juventud que ella me da, esta sangre nueva que siento al verla, al besar ese lunar de su pecho.

He regresado, en cuerpo y alma.

Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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