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Para ilustrar esto que digo referiré alguna de sus escaramuzas. Se cuenta que, al pasar junto a una fortaleza convento budista, supo de una conducta indigna de los monjes y quiso remediar el entuerto. Los religiosos estaban acumulando alimentos para más tarde especular con ellos, quizás para venderlos al ejército real, fomentando así la hambruna. Por aquel tiempo, mitad del siglo XV, los preceptos budistas eran ya en muchos monasterios papel mojado, palabras huecas frente a la codicia insaciable de quienes las pronunciaban. Para castigar esta atrocidad, Hong Kil Dong se encaminó al cenobio disfrazado de monje, junto a un pelotón de bravos soldados. Tras atravesar la ciudad, prendieron fuego a una torre situada al otro extremo del punto donde estaban los silos. Cuando todas las fuerzas disponibles se dirigieron al lugar del suceso, el capitán del ejército de los pobres aprovechó para abrir las puertas al resto de sus tropas, apoderarse de los graneros y huir con el botín sin mayores problemas.
Mucho más llamativa resulta la estrategia que empleó tiempo más tarde para zafarse del cerco al que estaba siendo sometido, que ya le había costado una dolorosa derrota. Refugiado en unas montañas, sabía que no tardarían en dar con él y exterminar su fuerza. Cuando se veía ya vencido, la solución le vino dada por una noticia facilitada por uno de sus espías. Supo que el rey, decidido a acabar de una vez por todas con él, había ordenado formar un gran ejército que aunase los ocho que existían en cada una de las provincias de Joseon, que así era el nombre de Corea en ese tiempo. Esta imponente hueste debía iniciar una guerra sin cuartel contra los de Hong Kil Dong y no cesar hasta atrapar a su cabecilla. La noticia, que a cualquiera hubiera hundido en su situación, le sirvió al honorable bandido para hallar la solución a su ahogo: “Pues bien –pensó el comandante- si ellos forman un ejército de ocho provincias, para derrotarlos nosotros haremos lo contrario. Dividiremos el nuestro en ocho tropas que pasen por una sola y las distribuiremos por las ocho provincias al mando cada una de ellas de un falso Hong Kil Dong”.
Convencido de la eficacia de su genial intuición, escogió a siete hombre de parecida constitución a la suya y los puso al frente de otras tantas milicias, reservándose la octava para sí. Luego ordenó a los diferentes contingentes que se distribuyeran por las ocho regiones y se dejasen ver. En pocas semanas, este brillante plan logró dispersar y desmoralizar a la gran armada real, que, cuando estaba seguro de haber atrapado al proscrito en una esquina de Corea, recibía noticias de que el forajido había sido visto junto a su ejército en el otro extremo de la nación.

juanarcos

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